30
Esta noche he descansado mucho mejor. Será porque no me he levantado tantas veces como ayer y también porque estaba más cansada. Por lo menos, mi niña no ha tenido fiebre y hemos dormido tranquilas. A ver qué tal pasa el día, que hoy sí va al colegio.
El mal tiempo nos ha dado una tregua; hasta parece que el sol tiene más fuerza. Espero que eso quiera decir que voy a tener un buen día.
—¿Cómo está la niña? —me pregunta Bruno en cuanto me ve en el recreo.
—Pues ayer no tuvo fiebre en todo el día y ha pasado buena noche; con lo cual, la he llevado al cole —le cuento.
—Me alegro, parece que se va recuperando.
—Me tienes que decir que lleva la sopa que me hiciste el otro día en tu casa para hacérsela a las niñas, estaba buenísima —le pido, sonriendo.
—Pues no sé si podré, tendría que hablarlo con mi madre. Ya sabes que los cocineros no pueden revelar sus secretos… —Me guiña un ojo.
—¿Y si consigo la receta invitándote a comer hoy? —propongo de repente.
—No sé, eso suena a chantaje, aunque… depende de a qué me invites —advierte, riéndose—. El marisco me encanta.
—Entonces la receta va a tener que esperar, porque mi presupuesto da para pocos crustáceos.
—Me conformaré con una buena ensalada —acepta, siguiéndome el rollo.
Suena el timbre y volvemos a nuestras clases. Hemos quedado en el aparcamiento a las dos de la tarde y estoy un poco nerviosa. No es que piense que vamos a tener una cita o algo así, es porque voy a hacer algo que se sale de lo habitual.
—¡Qué original! —observa Bruno, observando a su alrededor.
—La verdad es que no se ven muchos sitios así. Lo descubrí un día paseando con las niñas. Entramos a tomarnos un batido y me pareció que tenía una decoración muy poco vista —explico con una sonrisa, esa que solo él sabe sacarme.
—Por la carta yo diría que es más bien cocina vegetariana —dice Bruno, levantando la vista de lo que está leyendo.
—Si te digo la verdad, cuando entré con las niñas no me fijé. Ya te digo que solo merendamos y nos fuimos, pero el sitio es de lo más acogedor, ¿verdad?
—Sí. A mí me gusta todo tipo de comida, aunque prefiero la que sea más saludable.
—A mí me gustaría empezar a comer mejor, pero es que con el estrés que llevo, siempre como rápido y sé que no está bien, que lo suyo es masticar despacio los alimentos, pero voy tan acelerada que no tengo tiempo de hacerlo como es debido.
—Pues hoy, como no tienes prisa hasta que vayas a buscar a las niñas al colegio, te vas a permitir el lujo de comer con tranquilidad. Dedícate un buen momento a ti misma; tu cuerpo lo agradecerá —habla con tanta naturalidad que me hace sentir cada vez más a gusto.
—De acuerdo, ¿por qué no? Hoy puede ser un día perfecto para empezar a alimentarme como debo.
También me gustaría comenzar a practicar deporte y no es porque me sobren kilos, que ya sé yo que no es mi caso, pero desde hace un tiempo la idea me ronda por la cabeza.
—Por no decirle que quiero hacer ejercicio desde que lo conozco.
—El deporte no es solo para adelgazar, te lo aseguro. También sirve para aumentar la masa muscular, ganar fuerza, sentirse bien con uno mismo, subir la autoestima… Ya sabes que puedes contar conmigo cuando quieras empezar —se ofrece.
—Lo sé, Bruno, y no sabes cómo agradezco saber que estás aquí, te has portado tan bien conmigo que no sé cómo voy a poder devolvértelo.
Le miro sincera y me entran ganas de abrazarlo para agradecerle de verdad todo lo que está haciendo por mí, pero quizá parezca un poco desesperada por sentir calor humano…
—Y yo no sé cómo decirte que no tienes que darme las gracias por nada, que ya me siento pagado por tenerte a mi lado. —Se queda un par de segundos en silencio—. Como amiga, me refiero.
Sus palabras me dejan muda, no solo por lo que me ha dicho, sino también por la forma en la que lo ha hecho. Justo todo lo contrario que me pasa con Ángel.
Sé que soy muy afortunada por poder contar con él.
Aunque, en el fondo, me he sentido un poco decepcionada, no sé si decepcionada es la palabra con la que debo expresarlo, pero en alguna ocasión he podido pensar que entre los dos había algo más.
No es que quiera decir que nos hayamos enamorado, ni mucho menos, pero que me diga que me tiene como amiga me ha dejado un poco con las ilusiones por los tobillos.
¡Qué tonterías estoy pensando! Con la que tengo ahora liada con Ángel, como para montarme películas con alguien que solo me ve como a una amiga, y eso que hace unos días hubiera jurado que se sentía atraído por mí…
pero hoy me ha dejado claro, con sus palabras, sus intenciones conmigo.
Voy a dejar de darle vueltas al tema, que bastante tengo con lo que tengo.
—A veces me da la sensación de que te aburres conmigo —dice de repente.
—¿Y eso? —Me río.
—Porque en medio de una conversación te quedas callada y como que tu cabeza se va por ahí a pensar y deja tu cuerpo aquí para disimular —explica, riendo también, y consiguiendo que mis carcajadas sean más fuertes.
—Para que luego diga que no sé meditar.
—Ya me dirás cómo lo haces, porque yo estoy empezando y, la verdad, me cuesta bastante dejar la mente en blanco.
—Pues en eso no te puedo ayudar porque, en realidad, mi cabeza va en un Ferrari de pensamientos —le confieso y cambio de tema—: Nunca había comido una ensalada con fruta, está buenísima.
—Yo suelo hacer así las ensaladas, aunque no con tanta fruta, pero es algo que nunca falta en mi comida de cada día y me encanta. Para mí la fruta es como las gominolas para los niños. —Su último comentario me vuelve a hacer reír.
—¿Ves? Pues es algo que debo mejorar también en mi dieta. Tengo tantas cosas para mejorar en mi vida que no sé ni por dónde empezar —digo justo cuando el camarero nos trae unas espinacas a la catalana para él y unas berenjenas rellenas de atún para mí.
—¿Quieres que compartamos nuestros platos? Así probamos los dos y vemos cuál está mejor —propone.
—¡Qué buena idea! Tus espinacas tienen una pinta estupenda, ¿lo que está al lado de los piñones es manzana? —pregunto sorprendida.
—Ahora te digo. —Se mete un pedazo en la boca y lo mastica con tranquilidad mientras mis ojos se quedan fijos en el movimiento de sus labios—. Así es, ¿ves? Otra forma de comer fruta, aparte de en las ensaladas o de postre.
—¡Cuánto estoy aprendiendo hoy! No hay nada como salir un poco de nuestra rutina para descubrir la de cosas que hay ahí fuera —comento en plan filosófico, acompañándome de un pequeño suspiro.
—A mí me lo vas a decir que nunca había salido de mi pueblo hasta que vine a Madrid. Bueno, nunca es una forma de hablar, pero he salido bastante poco —dice, riéndose de nuevo.
—¿Y soy muy indiscreta si te pregunto qué fue lo que te movió a irte de allí? —pregunto con una sonrisa.
—Prefiero contártelo en otra ocasión, ahora estamos aquí disfrutando de nuestras risas y de esta comida tan rica. Pero te prometo que en otro momento te lo cuento.
—Vale, te tomo la palabra. Yo también quería contarte mi cita con el abogado del otro día, pero sería romper el buen ambiente que hay ahora mismo —aseguro, sincera.
—Pues dejemos esas conversaciones para otro día y sigamos riéndonos como si en vez de agua estuviéramos tomando vino sin parar.
Me encanta su sentido del humor, siempre me hace reír.
Hacía mucho que no comía tan relajada ni me sentía tan bien en otra compañía.
Vivir siempre de esta manera tiene que ser maravilloso.
¿Habrá alguien que disfrute así, de manera continua, de su día a día?
Sí, imagino que la gente que tenga mucho dinero y tiempo libre.
Debe ser genial. También influye mucho la compañía, lo tengo claro, y Bruno es un tío estupendo.
Con él me siento como si no existiera ningún problema fuera, como si todo se hubiera arreglado ya y, de momento, solo he solucionado mi cita gratuita con el abogado. Aún me queda mucho por resolver.
—¿Ves? Otra vez te has ido dejando tu cuerpo aquí haciéndome compañía —me reprocha con una sonrisa.
—Perdona, es que estoy acostumbrada a tener la cabeza siempre en funcionamiento y se me acumulan los pensamientos sin querer.
—No sé si me han gustado más las espinacas o las berenjenas, ¿tú por cuál te decantarías? —pregunta, volviendo a sacar el tema de la comida.
—Pues, aunque pensé que nunca lo diría, elijo las espinacas, sobre todo por el toque que les da la manzana. Me han encantado así. Debería hacérselas un día a mis niñas, a ver si así las comen, porque son más malas para comer verdura…
—Hay muchas formas para que los niños las coman, hay que innovar en la cocina y hacérselas de maneras diferentes.
—¿También eres nutricionista? —Levanto las cejas.
—Bueno, no tengo el título como tal, pero tengo varios cursos sobre el tema y sé un poco sobre nutrición —explica con un tono modesto.
—Entonces, cada vez tengo más claro que quiero ponerme en tus manos.
Quiero decir que necesito que me asesores para comer mejor y para hacer deporte, a eso me refería, y contigo tengo el pack perfecto.
—No sé qué le he podido decir. Me he puesto nerviosa con lo de «ponerme en tus manos» y ya he ido patinando—. ¿Pedimos algo de postre?
—No soy de tomarlo, pero sí, aún tengo hueco para algo más. —Su sonrisa no le abandona.
—A ver… —Miro la carta—. ¿Te apetece que compartamos una tarta de mango? Así habremos comido fruta en cada plato.
—Por mí, perfecto —acepta, riéndose por mi ocurrencia.
Seguimos hablando entre risas. Nos estamos conociendo cada día un poquito más y eso me gusta. Por fin salgo un poco de mi rutina diaria. Aunque quedé en invitarle yo, no me deja y al final —tras amenazarlo con un par de tonterías— decidimos pagar a medias.
Me paso por casa para hacerles la merienda a las niñas y recoger sus mochilas con la ropa de las extraescolares. Por lo que he visto en la cocina, Ángel no ha ido a comer. Supongo que ya se ha dado cuenta de que no le voy a preparar su comida más.
Mientras las niñas están en sus clases, yo aprovecho, como siempre, para hacer mis cosas del instituto en la cafetería del polideportivo.
Me siento bien, una sensación de buen rollo me invade.