29
Me despierto muy cansada, apenas he dormido en toda la noche.
Me he levantado varias veces para tomarle a Blanca la temperatura; no le ha subido mucho la fiebre, pero la pobre tampoco ha podido dormir bien.
Me meto en la ducha, a ver si consigo despejarme para afrontar todo el día que me espera.
Despierto a las niñas y vamos a desayunar a la cocina.
Ángel se acaba de ir al taller, de manera que en casa reina la tranquilidad.
Se nota toda la energía negativa que transmite; antes no era así.
Salimos más temprano porque tengo que ir hasta la casa de mis suegros para llevar a Blanca.
Rosa baja a recogerla al coche, dice que así no me entretengo y no llegamos tarde; la buena mujer piensa en todo.
En cuanto llego al instituto, veo a Bruno en el aparcamiento. Hoy viste un chándal gris, a juego conmigo, que también estoy gris, además de cansada y dolida.
—Buenos días, Flora, ¿cómo está Blanca? —pregunta, preocupado.
—Buenos días. Bueno, ha pasado la noche un poco regular, pero no le ha subido mucho la fiebre. La he dejado en casa de mis suegros.
—¿Y la cita con el abogado fue bien? No te quise preguntar delante de las niñas.
—Fue bien, aunque, claro, como era gratis, pues poco te explican. Pero lo básico ya sé cómo va —le cuento y cambio de tema—. Por cierto, me tienes que decir dónde compras ese pan de semillas tan rico que ayer le encantó a Delia.
—Sí que le gusto, sí. Aunque tenía mis dudas antes de hacérselo, pero como no tenía otro en casa, decidí correr el riesgo —dice, riéndose, y consigue que me ría con él.
—Vino diciendo que le había gustado mucho la merienda que le preparaste. —De pronto me pongo seria—. Y ya después lo remató contándole a su padre que habías ido a buscarla al cole y la habías llevado al polideportivo en tu coche. No te imaginas cómo le sentó. ¡Qué harta estoy, Bruno!
—Una separación nunca es fácil, siempre hay una parte que lo lleva peor que la otra y sé de lo que hablo…
La conversación se interrumpe por el timbre que marca la entrada a clase y nos despedimos en el pasillo.
En cuanto llega la hora del recreo, llamo a Rosa para ver cómo está la niña.
Me quedo más tranquila sabiendo que no ha tenido fiebre en lo que va de mañana.
Le aseguro que en cuanto salga de trabajar iré a recogerla, pero me dice que, si quiero, vaya después de recoger a Delia del colegio y la ven un ratito también.
—¿Cómo estás, cielo? ¿Estás mejor? —le pregunto a Blanca en cuanto llegamos a casa de mis suegros.
—No he tenido fiebre en todo el día, pero estoy un poco cansada —explica, dándome un beso.
—Normal, cuando uno tiene fiebre se encuentra con menos fuerzas —interviene Rosa con cariño—. Delia, la próxima vez que vengas me tienes que traer un dibujo para ponerlo en la nevera; hoy tu hermana nos ha hecho uno muy bonito.
—Vale, abuela, pero a mí no me salen como a mi hermana, yo no dibujo tan bien.
Eso es otra cosa en la que no se parecen mis niñas; Delia no ha sido llamada para el arte, como digo yo.
—Eso es lo de menos, cada persona tiene habilidades distintas, y no por ser gemelas tenéis que hacer las cosas iguales —añade su abuela.
—Toma, Rosa, te he traído los táperes que nos diste la última vez que estuvimos —le digo a mi suegra, dejándoselos en la encimera.
—A ver con qué puedo llenarlos... —Abre el horno y saca una bandeja de dentro.
—¡Galletas! —grita Delia.
—Las he preparado hace un rato, tu hermana me ha ayudado —le cuenta la abuela a la nieta.
Continuamos un rato más charlando animadamente las cuatro.
El abuelo ha vuelto al sofá después de saludarnos a Delia y a mí.
Cuando nos despedimos, Rosa me pregunta bajito cómo estoy, para que no le oigan las niñas, y yo le digo que bien y le sonrío.
Sé que para ella tampoco es una situación agradable, pero agradezco mucho su complicidad.
Llegamos a casa merendadas y con un táper repleto de galletas.
Estoy tan llena que no pienso en la cena, aunque algo tendré que hacer, por lo menos para las niñas.
Quizá fría unas salchichas, pero no creo que tampoco ellas tengan muchas ganas.
Delia le dice a Blanca los deberes que les han puesto hoy y se ponen a ello en el salón mientras yo limpio el cuarto de baño.
Las niñas se acaban de duchar cuando llega Ángel y echo todo el paquete de salchichas en la sartén. Sí, sé que soy tonta, pero es que en el fondo me da pena.
—¡Papi! He hecho galletas con la abuela —le cuenta Blanca a su padre.
—¿Con la abuela? —pregunta extrañado.
—Sí, me ha cuidado hoy mientras mami trabajaba —le explica con inocencia.
—Y después también he ido yo —dice Delia, dándole un beso.
—¿Ya no tienes fiebre? —le pregunta a Blanca.
—No he tenido en todo el día, hasta he hecho los deberes.
—Venga, id a cenad que voy a darme una ducha.
Les sirvo un plato con salchichas y puré de patata a cada una para que cenen. Yo no tengo apetito. Después entra Ángel en la cocina y se come las salchichas que quedan. Apenas habla con las niñas, le noto triste. Tampoco creo que ahora sea el momento de contarle lo que me dijo el abogado.