28 #2
Me alegro de que venga tan contenta. Eso es señal de que entre ella y Bruno hay buen rollo, y no es para menos, él es una persona muy agradable con quien da gusto estar.
Mientras ayudo a su hermana a ponerse el pijama, ella se mete en la ducha y después se pone a hacer los pocos deberes que les han puesto.
Para cenar tengo crema de calabacín que hice el sábado.
Espero que Blanca coma un poquito. No creo que sea buena idea que vaya mañana al colegio estando así.
Al menos debería quedarse en casa un día.
Si sigue con fiebre, entonces la llevaré al pediatra.
Pero Delia sí que tiene que ir a clase y yo tampoco debería faltar al trabajo; por lo tanto, la única opción viable que se me ocurre, ya que no puedo contar con mi marido para nada, es llamar a mi suegra y pedirle ayuda.
En cuanto le explico lo que le pasa a Blanca, se ofrece sin que tenga ni que preguntárselo. Lo único que me pide es que se la lleve a su casa en vez de venir ella hasta aquí.
Sobre las ocho y media de la tarde entra Ángel por la puerta. Debo contarle lo que me ha dicho el abogado, aunque no tengo ganas.
—¿Dónde están mis niñas favoritas? —pregunta tan normal, como si todo fuera como siempre.
—¡Papi! No grites mucho, Blanca está en el sofá —le dice Delia, igual que yo hice con ella cuando llegó con Bruno.
—¿Y qué hace en el sofá? ¿Sigue mala? —pregunta, mirándome.
—Sí, está con fiebre —respondo y entro en la cocina.
—Papi, ¿sabes qué? He montado en un coche de esos chulos que te gustan a ti.
Escucharla decir eso desde la cocina hace que mi cuerpo se ponga tenso. Ya sé lo que viene a continuación.
—¿Y eso? ¿Con quién? —pregunta, intrigado.
—Pues con mi profe de gimnasia. Vino a buscarme al colegio y después me llevó al polideportivo. —Sin saberlo, acaba de destapar la caja de los truenos.
—¿Que ese tío te ha recogido del colegio y te ha llevado por ahí? ¿Y tu madre se puede saber dónde estaba? —pregunta, enfadado, levantando la voz. Delia se va corriendo a su cuarto.
—Su madre estaba aquí en casa cuidando de Blanca —contesto, valiente, saliendo de la cocina.
—Entonces ¿qué pasa, ya es oficial que sois novios? ¡Anda que no te has dado prisa! —Sus palabras están cargadas de mala leche.
—No digas tonterías, Ángel. No tenía nadie con quien contar y él se ofreció sabiendo que Blanca estaba con fiebre —le explico con toda la tranquilidad que puedo. No tengo ganas de discutir otra vez con él.
—A mí no me vengas con rollos. A las niñas las puedes engañar, pero a mí ya no. Por eso quieres separarte, ¿verdad? Veo que no pierdes el tiempo.
—Me da igual lo que creas. Somos amigos y me ha hecho un gran favor.
—Claro, seguro que tú se los haces a él en la cama —suelta sin ningún tipo de pudor.
—No te permito que me digas esas cosas y menos delante de las niñas —protesto tan enfadada que nunca me había oído gritar así.
—Tú ya no eres quien para permitirme o no permitirme, que te quede claro. —Y dicho esto, se va a la ducha.
Siempre tiene que terminar las discusiones saliendo por la puerta.
Sus palabras me vuelven a hacer daño, y no es solo lo que me dice, sino también cómo me lo dice.
Y más, delante de las niñas. Delia está en su habitación, pero seguro que ha oído las voces que hemos pegado, y Blanca está medio adormilada en el sofá.
Me acerco a ella y le vuelvo a poner mis labios en su frente.
Según el termómetro, tiene la misma temperatura que antes.
¡Qué agobio tengo! Entre lo que acaba de pasar con Ángel, la visita al abogado esta tarde, Blanca con fiebre, Delia que se fue corriendo a su cuarto…
Pero no puedo venirme abajo ahora mismo, sobre todo por mis niñas, con lo cual, voy a buscar a Delia allí.
No está llorando, pero sé que lo ha hecho; aún tiene los ojos rojos.
—No me gusta que papi te grite así —susurra con pena.
—A mí tampoco, cielo, pero es que a veces los mayores, sin darnos cuenta, hacemos cosas que no están bien —le explico—. Venga, vamos a cenar, que hay crema de calabacín de esa que te gusta tanto.
—¡Qué bien! —exclama un poco más contenta o, al menos, lo parece.
Cuando llegamos al salón, recogemos a Blanca y nos vamos juntas a la cocina. Pongo tres platos de crema, uno para cada una. Yo no tengo apetito. Después de lo que acaba de pasar con Ángel, se me han quitado las ganas de comer otra vez. Pero, para no preocupar a las niñas, hago un esfuerzo.
—Mami, está muy buena, pero es que tengo poca hambre —comenta Blanca, intentando comer.
—No pasa nada, cómete lo que te apetezca, después te daré la medicina para que duermas bien esta noche. Mañana te dejaré en casa de los abuelos para que la abuela Rosa te cuide, después iré a buscarte.
—¡Qué suerte! ¿Y yo tengo que ir al cole? A mí también me está doliendo la garganta —finge Delia, haciéndonos reír.
Ángel entra en la cocina cortándonos la risa de golpe, mira nuestros platos y pone mala cara en cuanto ve que hoy también tenemos crema para cenar, pero no dice nada.
Mejor así; yo creo que antes ya ha dicho bastante.
Acabamos las tres de cenar; al final, con la risa que nos ha hecho el comentario de Delia, parece que me he relajado un poco.
Ella se come un yogur de postre, Blanca y yo no tomamos nada.
Dejo los platos en el fregadero y voy con ellas a lavarnos los dientes.
Después de darle la medicina a Blanca y de acostarlas, me vuelvo a la cocina.
Ángel está en la mesa comiendo un trozo de queso; como nunca ha tenido ningún interés en la cocina, no sabe qué comer ni qué prepararse.
No sé qué habrá comido hoy al mediodía, porque ya no preparo comida; imagino que un poco de arroz con tomate que me dejé ayer y que no he visto en la nevera.
Se termina el queso, se tumba en el sofá y termino de recoger.
Espero que mañana estén las aguas más calmadas y poderle contar lo que me ha dicho el abogado, aunque seguro que va a dar lugar a otra discusión; con él ya siempre es así.