Eres la razón de mi sonrisa 28
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Me levanto contenta y nerviosa a la vez, pues he quedado con el abogado a las tres y media de la tarde.

Espero que todo lo que tenga que decirme sea beneficioso para los dos.

Me ducho rápido, como todos los días, y despierto a las niñas.

Blanca parece que tiene mala cara y se queja de que le duele la garganta.

—En cuanto desayunes, te doy el antiinflamatorio. —Le doy un beso en la frente para comprobar su temperatura.

—¿Tengo fiebre, mami?

—No, cariño. De todas formas, si te encuentras peor, le dices a tu profesora que me llame.

De camino al colegio parece que le veo la carita más animada.

En el instituto estoy todo el día pendiente del teléfono; temo que en cualquier momento me llamen para que vaya a buscarla. Me encuentro con Bruno en el recreo; también hoy le toca guardia como a mí.

—Hola, ¿qué tal? —pregunto, acercándome a él.

—Hola, Flora, muy bien. ¿Y tú cómo estás?

—Pues, por un lado, más tranquila porque he podido hablar con mi marido; pero, por otro, me encuentro mal porque creo que no vamos a tener una separación muy amistosa que digamos —le confieso, bajando la mirada.

—Ya sabes que puedes contar conmigo para lo que sea. —Se vuelve a ofrecer.

—Lo sé, y te lo agradezco mucho, de verdad. —Sonrío—. Después he quedado con un abogado para que me asesore un poquito, a ver cuál es el siguiente paso.

—Si necesitas que te acompañe…

—Gracias por la intención, pero prefiero ir sola. —Sonrío de nuevo, qué fácil aparece la sonrisa en mi cara cuando estoy cerca de él—. Ya te contaré qué tal me ha ido.

A falta de unos pocos minutos para las dos de la tarde, me llama la profesora de las niñas para decirme que vaya a buscar a Blanca. Por lo visto tiene fiebre. Hablo con la directora del instituto, para explicarle el problema, y me voy a recoger a Blanca sin demorarme mucho.

Cuando llego a casa, está Ángel metido en la cocina, revolviéndome todo de nuevo.

—¿Qué haces aquí tan pronto hoy? —pregunta de malas formas y se calla de golpe en cuanto ve que Blanca está conmigo.

—Me llamaron del colegio, Blanca está con fiebre —contesto mientras me quito el abrigo.

—¿Qué le pasa a mi niña? —Le da un beso.

—Me duele mucho la garganta y la cabeza, y tengo mucho sueño —contesta sin ganas.

—Pues tendrás que llevarla al médico —dice con su tono autoritario.

—No la voy a llevar a su pediatra por llevar una hora con fiebre, lo que tenga no dará la cara hasta pasadas veinticuatro horas; llevarla ahora es una pérdida de tiempo —le explico.

—Claro, y tú no tienes tiempo que perder, ¡menuda madre! —me escupe las palabras a la cara.

Pensaba que no podía hacerme más daño, pero ha vuelto a conseguirlo; cada vez se supera más. Sé que no lleva razón en lo que dice, pero utiliza un tono tan dañino que consigue herirme bien. Nunca hubiera esperado algo así de él.

Blanca se tumba en el sofá y enseguida se queda dormida. No está tan caliente como antes; el termómetro dice que tiene 37,3 ºC, pero será mejor que descanse un ratito y que el medicamento siga haciéndole efecto. De repente, me acuerdo de que en un rato tengo la cita con el abogado.

—Ángel, necesito que te quedes una hora con la niña —le pido de buenas formas.

—¿Pero es que no sabes que me tengo que ir al taller?

—Lo sé, pero he quedado con un abogado para que me explique qué es lo que tenemos que hacer y no puedo dejarle colgado —comento sincera.

—¿Que quieres que yo no vaya al taller para que tú te reúnas con un abogado y joderme la vida? —Sus palabras me dejan helada.

Me arrepiento en el acto de haberle dicho la verdad; tenía que haberme inventado otra cosa, pero me prometí a mí misma no volver a mentir y he cumplido mi palabra.

Se pone el abrigo y sale por la puerta como si no le importara nada más que él mismo.

Blanca sigue en el sofá durmiendo y yo sigo teniendo la cita con el abogado.

No sé qué hacer. No puedo irme y dejarla aquí sola, pero tampoco puedo llevármela conmigo estando como está.

Bruno aparece en mi cabeza en forma de solución.

—Hola, Bruno, perdona que te moleste, pero es que necesito un favor urgente —le digo en cuanto descuelga el teléfono.

—Claro, Flora, dime, ¿qué pasa? —solicita con voz preocupada.

—Resulta que tengo la cita con el abogado a las tres y media, y tengo a Blanca en casa con fiebre. Mi marido se ha ido a trabajar, pasando de todo, y no tengo con quien dejar a la niña —explico bastante apurada.

—¿Prefieres que vaya yo a tu casa? —propone, dando a entender que me va a ayudar—. Te lo digo porque, si está con fiebre, supongo que no querrás moverla de allí.

—¿No te importaría venir un ratito a quedarte con ella? —pregunto aliviada por la rapidez de su respuesta—. Si tuviera otra persona con la que contar, no te hubiera molestado, de verdad.

En unos diez minutos se presenta en casa.

—¡Qué pronto has llegado! —exclamo, abriéndole la puerta de casa.

—Es que no estaba muy lejos —aclara, sonriendo—. Venga, vete tranquila.

—Muchas gracias, no sabes el gran favor que me haces.

Salgo corriendo hacia el coche para no llegar tarde. El bufete no queda muy lejos, con lo cual, no tardo mucho. Menos mal que he podido contar con Bruno; si no, tendría que haber anulado la cita y conseguir que te asesoren gratis es difícil.

A los treinta minutos salgo de allí con las ideas bastante claras, aunque todo sería más fácil si Ángel colaborara.

Pero ya me ha dejado claro que no puedo contar para nada con él.

Conduzco un poco más rápido de lo normal; no quiero abusar más rato de Bruno, seguro que tendrá cosas que hacer.

Cuando abro la puerta, los oigo riendo en el salón; eso es señal de que Blanca se encuentra mejor.

—Hola, cielo, ¿cómo estás? —pregunto a mi niña, dándole un beso.

—Estoy bien, mami, ya no me duele tanto la cabeza —contesta, sonriendo.

—Hola, Bruno, muchas gracias por quedarte con ella.

—Nos lo hemos pasado muy bien. No sabía yo que era una niña tan creativa. —Me enseña unos dibujos que han hecho entre los dos y coge su abrigo—. Bueno, si no me necesitas más, me marcho. En un rato tengo que ir al polideportivo a dar clases.

—Es verdad, hoy es martes, con tanto lío ni me acordaba. No creo que Delia vaya hoy a gimnasia; no puedo dejar a Blanca sola estando así.

—Si quieres paso yo a buscarla al colegio y se viene conmigo al polideportivo —propone—. Después, cuando terminemos la clase, la traigo a casa.

—Yo creo que ya he abusado bastante de ti por hoy…

—Los amigos estamos para esto, Flora —afirma sincero—. Lo único que tienes que hacer es darme la dirección del colegio y decirme dónde la esperas tú cada día, así no nos liaremos ninguno de los dos. Quédate tranquila.

Le apunto en un trozo de papel la dirección del colegio, le doy la mochila con la ropa de gimnasia y le explico más o menos dónde me suelo poner en doble fila para esperar a las niñas a la salida.

Antes de marcharse, me dice que esté pendiente del teléfono por si surge algún contratiempo, aunque espero que no pase nada.

A los diez minutos de que se vaya, me doy cuenta de que me he olvidado de darle la merienda de mi hija; por lo tanto, le mando un mensaje.

Me acabo de acordar de que no te he

dado la merienda de Delia, ¡qué cabeza la mía!

Tranquila, ya le preparo yo algo.

Gracias, te debo otra.

A Blanca le empieza a entrar apetito. Eso es buena señal, pues no ha comido nada desde que desayunó en casa, ni siquiera se ha tomado la fruta que les he puesto hoy para el recreo.

Le doy un vaso de leche caliente con miel, le irá bien para el dolor de garganta.

Espero que lo de la fiebre sea puntual; desde que le di el antitérmico no ha vuelto a tener.

Después de tomarse la leche, se pone a hacer los pocos deberes que trae hoy, y yo me siento a su lado para preparar lo que necesito para el instituto.

Intento concentrarme en lo que estoy haciendo, pero mi cabeza se va hasta el despacho del abogado y a todo lo que me ha dicho, y también a Delia y a Bruno. Espero que no pase nada.

Diez minutos pasadas las cinco de la tarde, recibo un mensaje de voz del teléfono de Bruno:

—Hola, mami, ya me ha dicho Bruno que Blanca está con fiebre y que por eso no has venido. También me ha dicho que me va a llevar al polideportivo y después a casa. Hoy no tengo casi deberes. Te quiero mucho, mami.

Le mando otro para decirle que se porte bien y que haga caso en todo a Bruno.

Sobre las seis y media, noto que Blanca vuelve a tener mala carita. Le pongo el termómetro y veo que le está empezando a subir la fiebre de nuevo.

Casi media hora después llegan Bruno y Delia.

—Mami, ¡qué ganas tenía de verte! —exclama Delia, abrazándome.

—No grites mucho, tu hermana se acaba de dormir —digo, bajito—. Le ha vuelto a subir la fiebre.

—¿Necesitas alguna cosa o que vaya a la farmacia? —Se vuelve a ofrecer Bruno.

—No, gracias, tengo el botiquín lleno. Cuando hay niños en casa no pueden faltar los medicamentos —explico con cara de circunstancias—. Muchísimas gracias por todo, de verdad, no sé qué hubiera hecho hoy sin ti.

—No tienes nada que agradecerme, ya te he dicho que para eso estamos los amigos. Además, me lo he pasado fenomenal con ellas por separado, parece mentira lo distintas que son. —Se ríe.

—Pues sí, aunque por fuera parezcan dos gotas de agua —digo, contagiándome de su risa.

—Bueno, si no quieres nada más, me voy. Tengo que pasarme por el supermercado antes de ir a casa, si no, no tendré cena hoy.

—Gracias de nuevo, Bruno. —Le acompaño a la puerta, aunque no me importaría que se quedara más rato, me gusta mucho su compañía.

Miro a Blanca y la veo moverse en el sofá. Voy a aprovechar para ponerle el pijama. No quiero que duerma mucho ahora; si no, esta noche me tocará estar de guardia.

—Mami, ¡no veas qué bocadillo más rico me ha hecho Bruno! —comenta Delia muy contenta.

—Ah, ¿sí? ¿Y de qué te lo ha hecho?

—De salmón ahumado y queso de untar, pero es que el pan tenía como semillas y estaba buenísimo —cuenta mientras se le hace la boca agua.

—Le preguntaré qué pan es para comprarlo y haceros los bocatas con él —aseguro con una sonrisa.