Eres la razón de mi sonrisa 27
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Me levanto sintiéndome como más ligera. Debe ser por el gran peso que me quité ayer de encima después de haber hablado con Ángel.

Al final sí que vino a dormir, pero no sé a qué hora llegó porque yo ya estaba dormida.

Cuando me he levantado de la cama, estaba a mi lado.

Espero que dure poco esta incómoda situación.

En el instituto parece que todo sigue igual, claro, ¿qué iba a cambiar?

La que ha cambiado algo de su vida he sido yo, aunque de momento las cosas estén aún un poco en el aire.

Mañana por la tarde tengo cita con un abogado que encontré ayer en Internet, cuya primera cita es gratis, a ver si me asesora un poco.

La primera clase a la que entro es a 1.º B, donde les reparto el examen corregido que hicieron la semana anterior.

La mayoría ha aprobado, excepto los dos de siempre, que tienen malas notas en todas las asignaturas.

Estoy convencida de que no aprueban porque no le ponen ni un poco de interés.

Si atendieran durante las explicaciones y participaran más, les serviría, al menos, para aprobar.

La siguiente hora la tengo libre porque el grupo que me tocaba se ha ido al teatro, con lo cual, voy a la sala de profesores.

Allí están dos compañeros hablando del partido de fútbol de anoche; por lo que oigo cada uno es de un equipo y no están muy de acuerdo con el arbitraje.

No hay ni rastro de Bruno. De hecho, no lo veo en todo el día; no hemos coincidido ni en el pasillo ni en el recreo.

A las tres de la tarde regreso a casa. Ayer no hice comida para hoy; he decidido no volverla a hacer.

Quiero que Ángel se vaya de casa y, si sigue teniendo el plato de comida preparado, no se irá.

Bueno, en realidad tampoco sé si la que se tiene que ir soy yo, ni siquiera he pensado en eso.

La casa es tanto suya como mía. La diferencia es que él se podría ir con sus padres, de momento, y yo no tengo a dónde ir.

Pensar en la separación hace que me encuentre mal y que se me vuelva a cerrar el estómago, pero me obligo a comer un poco.

Entro en la cocina y veo que está toda revuelta.

Parece que haya pasado un huracán; en este caso, el huracán se llama Ángel.

Seguro que ha venido a comer y, al ver que no había comida preparada, se ha puesto a revolver por todos los sitios hasta encontrar algo.

Esto no puedo consentirlo. Esta noche hablaré con él.

Ya no me pone tan nerviosa pensar en hacerlo; es más, creo que hasta me alivia, aun sabiendo sus respuestas.

Me como, sin muchas ganas, un poco de arroz con tomate que sobró de la comida de ayer, recojo la cocina y después me pongo con mis cosas del instituto hasta que voy a buscar a las gemelas al colegio.

—Mis amigas han alucinado con la mochila, sobre todo Valeria —grita Delia con orgullo en cuanto se monta en el coche.

—Ah, ¿sí? Cuánto me alegro, cielo.

—Mami, me duele la tripa —dice Blanca con mala cara.

—¿Qué teníais para comer hoy en el comedor?

—Sopa y filetes de pollo empanados —contesta Delia—. Pero la sopa estaba malísima.

—A lo mejor te ha podido sentar mal. En cuanto lleguemos a casa, te hago una infusión de manzanilla, verás que rápido te recuperas.

Pasan la tarde haciendo deberes. Hoy dispongo de mucho más tiempo para ayudarlas con ellos, ya que no tengo que preparar la comida del día siguiente. Parece mentira, pero la tarde se me hace larguísima cuando antes siempre se me quedaba corta para terminar todo lo que tenía pendiente.

Mientras estamos cenando, llega Ángel. Las niñas no saben muy bien qué hacer. Es la primera vez que le ven después de que supieran lo de nuestra separación. Con disimulo, les hago una seña para que vayan a saludarlo. Sé que él en estos momentos también necesita del cariño de sus hijas.

—¿Ya habéis cenado? —pregunta, dándoles un beso.

—Estamos casi acabando —contesta Delia.

—Pues terminad, que voy a ducharme. —Y se va al cuarto de baño sin saludarme.

Terminamos las tres de cenar y vamos a lavarnos los dientes.

Después charlan un rato con su padre; no es que tengan muchas ganas, pero les he dicho que fueran a contarle qué tal les había ido el día.

Al rato, oigo cómo se despiden de él y se van a la cama, y aprovecho para aclarar lo que ha pasado allí al mediodía.

—Ángel, te pido, por favor, que recojas todo lo que uses. No me parece bien que hayas dejado la cocina como me la he encontrado hoy. —Trato de usar un tono agradable.

—Es que no has dejado nada para comer, así que he tenido que buscar algo que echarme a la boca —sermonea un poco borde.

—No voy a volver a hacerte la comida. En lo que a mí respecta, esta relación se ha terminado, no tengo ninguna obligación contigo —le replico en el mismo tono.

—Pues si no piensas hacerme más la comida, ya va siendo hora de que te vayas de esta casa —espeta con odio.

—Tú no eres el que decide quién se queda y quién se va. La casa es de los dos, por lo tanto, será un juez el que nos lo diga. —Intento no levantar mucho la voz, no me apetece que las niñas nos oigan.

—A mí no me va a decir nadie donde tengo que vivir, que te quede bien claro.

—¿Pero no te das cuenta de que esto no es bueno para ninguno?

—Tú eres la que ha decidido separarse, así que tú eres la que se tiene que ir. —Y sale de aquí dejando su plato sin recoger.

Limpio la cocina mientras se me caen algunas lágrimas, pero no son de pena, son de impotencia. Lo llevo claro si creo que vamos a tener una separación amistosa. Con este hombre va a ser imposible.

Cuando termino, le veo en el salón, fumando.

No es la primera vez que lo hace, aun sabiendo que no está bien, sobre todo por las niñas.

Antes, al menos, salía al balcón para no dejar humo en casa; ahora parece que le da igual.

Sé que lo hace por sacarme de quicio, por molestarme, pero debería pensar en sus hijas, en el mal que les hace a ellas.

Me voy a la cama con mal sabor de boca, decepcionada por las reacciones de un hombre que, hasta hace algunos meses, creía que era el amor de mi vida.

Ahora he aprendido el poco valor que tiene el «para siempre»: nada es para siempre, aunque antes creyera que mi matrimonio con Ángel así sería.

Si en los primeros años que estuve con él me llegan a decir que esto se acabaría en algún momento, habría pensado que me estaban gastando una broma.

Sé que las personas cambiamos, que algunas circunstancias nos hacen cambiar, pero es que Ángel ya no es ni parecido a lo que era ni a lo que me enamoró.