Eres la razón de mi sonrisa 26 #2
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—Nos hemos tomado un vaso enorme de zumo de naranja —cuenta Blanca—. No era de botella, nos lo ha exprimido Bruno.

—Y mira qué chula ha quedado mi mochila —dice Delia, enseñándomela—. Bruno me ha ayudado para que parezca otra y así no tenerla igual que Valeria.

—Yo no la he pintado, mami. A mí me gusta así como está —opina Blanca.

—Espero que no te moleste. Es que me ha dicho que la tenía igual que una niña de su clase y que eso le «jorobaba un montón», así que hemos cogido unos cuantos rotuladores y una pelota de ping-pong y mira el resultado. —Me enseña la mochila sosteniéndola en alto y dándole vueltas.

—Os ha quedado genial —reconozco al ver lo bonita que está—. Bueno, niñas, será mejor que nos vayamos ya. Id recogiendo.

—¿Todo bien? —me pregunta Bruno bajito mientras las niñas guardan sus cosas.

—Sí, pero creo que lo duro empieza ahora. No sé ni por dónde empezar —le confieso.

—Pues ya has empezado dando el primer paso. Lo siguiente es hablar con un abogado y que te asesore. No te voy a volver a decir que cuentes conmigo cuando necesites algo, porque ya lo sabes. —Se vuelve a ofrecer con esa sonrisa en la que me sumergiría en estos momentos, bueno, y en otros también.

—Gracias, Bruno, de momento hoy ya me has ayudado bastante —agradezco, devolviéndole la sonrisa—. Me preocupan mucho las niñas. Mi marido no me lo va a poner nada fácil, le conozco.

—No estás sola, ¿vale?

Sus palabras me llegan muy dentro; es lo mejor que me ha podido decir en estos momentos. ¡Me hace tanta falta sentirme apoyada!

—Mami, ya tenemos todo —avisa Blanca cortando nuestra conversación.

—Gracias, profe —le dice Delia señalando la mochila—. Verás mañana cuando la vea Valeria en el cole.

—Gracias a vosotras por la buena compañía que me habéis hecho esta mañana, os espero otro día para pasárnoslo igual o mejor —afirma, revolviéndoles el pelo.

Nos acompaña hasta el coche y nos despedimos levantando la mano y mostrando una sonrisa en nuestras caras, aunque la suya es espectacular se mire por donde se mire. Menos mal que he podido dejarle las niñas, si no, no sé cuándo habría podido hablar con Ángel, y retrasarlo más hubiera sido un error.

—Mami, ¿ya habéis hecho papi y tú todas las cosas? —pregunta Blanca.

—¿Qué cosas, cielo? —respondo, mirándola por el retrovisor.

—Nos dijiste que teníamos que quedarnos con mi profe mientras papá y tú hacíais unas cosas —interviene Delia con inocencia.

—Ah, sí, es verdad, cariño, estaba despistada. Si tenemos un ratito a solas hoy me gustaría hablar con vosotras. —No quiero tener que mentirles más—. ¿Habéis terminado todos los deberes?

—Sí, mi profe nos ha ayudado a terminarlos —contesta Delia.

—¿De verdad que podemos ir otro día a su casa? —pregunta Blanca muy contenta.

—Claro, pero siempre y cuando él os invite; no es de buena educación presentarse en la casa de alguien sin avisar.

Cuando regresamos, no hay ni rastro de Ángel; ni siquiera sé si vendrá a comer o no, aunque tampoco me importa mucho. Me cambio de ropa y me meto en la cocina a hacer un arroz con tomate que sé que a las niñas les encanta.

—¿Papi está en el taller? —pregunta Blanca mientras ponen la mesa.

—No lo sé, cariño. —Tengo que hablar con ellas ya mismo—. A ver, sentaos, tengo algo que deciros.

Con mucha delicadeza, mucha sonrisa y mucho cariño trato de aclararles el asunto en cuestión. Espero no hacerles mucho daño.

—Vuestro padre y yo discutimos mucho —comienzo con la explicación.

—Eso ya lo sabemos, mami —dice Delia, los niños se dan cuenta de todo aunque los mayores pensemos lo contrario.

—Y he decidido que lo mejor es que no vivamos juntos y así no nos pelearemos tanto. —Por su cara veo que no les parece algo tan extraño.

—¿Eso es que os vais a separar? —pregunta Blanca con naturalidad, dejándome perpleja.

—Así es, cielo.

—Los papás de Valeria también están separados —cuenta Delia de la misma forma que me acaba de hablar su hermana, como si fuera algo de lo más normal.

—¿Entonces no os parece mal? —pregunto, observándolas con atención.

—Pues no, hay más niños de mi clase que no viven con sus dos padres y no les pasa nada —continúa Delia—. Si nos seguís queriendo los dos, entonces os dejamos separaros.

Su respuesta me hace reír, y con las carcajadas suelto toda la tensión acumulada.

Tengo dos hijas bastante maduras para su edad; o eso o que tener padres separados es algo más habitual de lo que yo pensaba.

El caso es que me lo han puesto tan fácil que aún no puedo creerlo.

Yo pensaba que iba a ser un auténtico drama por parte de las dos, sobre todo por Blanca, que es más sensible que su hermana, pero, por más que las miro, no veo en ellas ni un ápice de tristeza o malestar.

Terminamos de comer y, como no está su padre en casa, en vez de irse a su habitación a ver una película, se quedan en el sofá. Yo recojo la cocina y me siento con ellas. En medio de la película suena el teléfono; entonces me levanto y lo descuelgo.

—Flora, ¿cómo estás? —pregunta mi suegra con voz de preocupación.

—Hola, Rosa. Bien, estoy bien —respondo un poco extrañada por su tono.

—Te llamo para decirte que Ángel está aquí, vino hace un rato medio borracho contándonos que le has dejado —explica la buena mujer.

—Es largo de contar, pero digamos que sí, Rosa. Me quiero separar de tu hijo, no puedo más y, al final, nos vamos a hacer mucho daño, y eso es lo que no quiero para ninguno de los dos —resumo; tampoco me apetece entrar en detalles.

—Demasiado has aguantado, hija. Ojalá yo hubiera tomado hace años con su padre la misma decisión que tú; de tal palo, tal astilla.

Solo te llamaba para saber si estás bien o si necesitas algo.

Por lo demás, no tengo nada que decirte.

Si vas a ser feliz, me alegro mucho por ti, de verdad. —Sus palabras me emocionan.

—Gracias. Quiero hacer las cosas bien, sobre todo por las niñas, y no sé si tu hijo va a dejar que se hagan así, pero no quiero que nadie sufra por esto. Con ellas he hablado hace un rato y se lo he explicado.

—¿Y qué han dicho? ¿Están bien?

—Si te digo la verdad, están mejor que yo. —Me río para que vea que estoy bien—. En su clase hay varios niños cuyos padres están separados, por lo tanto, lo han visto con mucha normalidad.

—Es que las mujeres de ahora hacéis muy bien.

Antes aguantábamos mucho por el qué dirán o por los hijos o por el bienestar económico...

—Se calla un par de segundos—. Bueno, no te entretengo más.

Lo dicho, si necesitas algo me llamas. Y que sepas que, aunque ya no vayas a ser mi nuera, te voy a seguir queriendo como si fueras mi hija, como siempre lo he hecho.

Cuando cuelgo el teléfono, me voy al cuarto de baño a llorar; sus palabras me han emocionado mucho.

Rosa siempre me ha tratado muy bien, aunque tampoco me esperaba una reacción así por su parte.

Menos mal que el día está yendo mejor de lo que yo esperaba al levantarme.

Estoy más tranquila y, por fin, he podido quitarme ese gran peso de encima: poder hablar con Ángel y hacerle partícipe de mi decisión.

Además, las niñas ya están al corriente de lo que pasa y hasta mis suegros lo saben. Me lavo la cara y me vuelvo al sofá con las niñas, donde seguimos viendo la película.

—¿Papi no va a venir más? —quiere saber Blanca en cuanto acaba lo que estamos viendo.

—Claro que sí, aquí tiene su ropa y todas sus cosas. Ha ido a casa de los abuelos a verlos un rato —les cuento.

—¿Y eso de separarse es a partir de mañana? —pregunta de nuevo.

—Pues eso no sé cómo va, tengo que hablar con alguien que sepa mucho de estas cosas y que me diga lo que tenemos que hacer.

—¿Pero vamos a vivir con papi o contigo?

—Pues tampoco lo sé, imagino que viviréis un tiempo con cada uno.

—Pero es que yo solo quiero vivir contigo. —Empieza a sollozar. En un principio creía que se lo había tomado bien, pero ahora no me lo parece tanto.

—No seas niña, Blanca. Valeria vive una semana con su madre y otra con su padre, así tiene a los dos por igual —le explica Delia a su hermana como si fuera mucho mayor que ella.

—Bueno, eso ahora no os tiene que preocupar, ya nos dirán cómo tenemos que hacerlo. Vosotras solo tenéis que saber que tanto vuestro padre como yo os queremos como a nada en el mundo y nos merecemos vuestra compañía por igual —les digo, abrazándolas.

Para cenar se me ocurre pedir una pizza para sorprenderlas.

Cuando se acuestan, aprovecho para mirar en Internet abogados cercanos a casa y que no me cuesten mucho dinero. Con la cabeza llena de datos —y de recuerdos— me voy a la cama, Ángel no sé si vendrá a dormir.