26
Me he pasado toda la noche dándole vueltas para encontrar un momento a solas con Ángel y hablar hoy con él, y aún no he dado con la solución.
He pensado en llevar a las gemelas a casa de sus abuelos, pero haría que ellos se preocuparan y no quiero ser yo quien les dé explicaciones.
También he pensado en llevarlas a jugar a casa de Valeria, pero tampoco quiero molestar a su familia un domingo.
Con lo cual, la única solución que se me ocurre es pedirle a Bruno que se lleve a las niñas un rato por ahí, pero a ver cómo lo hago para que Ángel no se niegue en redondo.
No sé cómo hacerlo, y el tiempo va pasando.
Me he levantado temprano y me he dado una buena ducha, hoy es el único día de la semana en el que puedo hacerlo sin prisas.
Estoy tan nerviosa por la conversación que voy a tener con mi marido que solo me entra el café con leche sin más acompañamiento.
Las niñas se levantan juntas y vienen a la cocina, su padre sigue durmiendo.
—¿Os apetecería estar con Bruno un ratito esta mañana? Es que mamá y papá tienen cosas que hacer —les pregunto después de darles los buenos días y unas cuantas vueltas a mi cabeza.
—¡Sí! ¡Sí! —gritan las dos tan contentas.
—Pues voy a llamarle, a ver si no tiene ningún plan —digo, más bien para mí que para ellas, cogiendo el móvil.
Después de tres tonos me coge el teléfono.
—¿Flora? —pregunta con voz de sueño.
—Buenos días, Bruno, ¿estabas durmiendo?
—Me he despertado justo antes de que sonara el móvil. ¿Estás bien? —Su tono de voz cambia a preocupación.
—Necesito que me hagas un favor, no tengo a nadie a quien pedírselo.
—Claro, dime, ya te dije que aquí estoy para lo que necesites.
—¿Podría llevarte a las niñas a tu casa durante un par de horas o así? Es que tengo que hablar con mi marido hoy sin falta, ya no puedo esperar más.
—Por supuesto, tráemelas ahora mismo si quieres.
—Se llevarían los deberes, así las tendrás entretenidas. —Cojo aire—. No sabes cuánto te lo agradezco.
—No tienes que agradecerme nada, seguro que yo me lo paso mejor con ellas que ellas conmigo.
Las niñas se visten, les digo que cojan sus mochilas para aprovechar a terminar los deberes que les quedan. Ellas están tan contentas, y yo estoy nerviosa perdida. Me tiemblan tanto las manos que me cuesta sujetar el volante del coche.
—Mami, la crema de calabaza de anoche estaba deliciosa —salta Blanca de pronto.
—Es verdad, mami, estaba riquísima, no sé cómo papi pudo decir que tú no eras buena cocinera —apunta Delia.
—A vuestro padre no le gustan ni las cremas ni los purés, será por eso. —Trato de quitarle hierro al asunto.
Y yo que pensaba que apenas si se habían dado cuenta de lo que pasó en la cocina… Quizá debería haberme callado sabiendo que estaban ellas delante, pero lo hecho, hecho está. Llegamos a casa de Bruno y él sale a la puerta a recibirnos.
—¡Pero qué buena visita tengo hoy! —les saluda, sonriendo.
—Profe, hemos traído deberes —dice Delia.
—Pues venga, vamos a hacerlos. Si los termináis pronto, podemos jugar después en el jardín de atrás —las anima mientras las niñas entran en su casa.
—Gracias, Bruno, espero no tardar mucho —aviso con cara de circunstancias.
—Tarda lo que tengas que tardar, no tengo nada que hacer en todo el día, de verdad, vete tranquila, Flora.
Viendo la sonrisa que me acaba de poner, creo que nada puede salirme mal; por lo menos, me ha dado fuerza para enfrentarme a lo que me espera en casa después.
—Niñas, portaos bien, que vea Bruno que sois unas niñas muy buenas —me despido de ellas asomándome a la puerta.
—¡Vale! —contestan las dos a la vez, haciéndole reír.
De camino a casa voy ensayando la conversación.
No sé si servirá de algo, pero es que no tengo claro cómo empezar a hablar con él, no sé cómo se lo va a tomar, aunque, en realidad, ¿qué más me da si yo ya he tomado una decisión?
Qué fácil es pensar y qué difícil actuar.
Aparco el coche y respiro profundamente antes de abrir la puerta.
Mis pulmones se llenan de aire y parece que me relajo un poquito.
En cuanto entro, le escucho en la cocina.
Huele a tostadas, debe de estar desayunando; qué raro que se haya hecho algo para acompañar su café.
—Hola, Ángel —saludo, entrando en la cocina y quitándome el abrigo.
Mi voz suena temblorosa.
—¿Y las niñas? —Ni siquiera me saluda.
—Las niñas están con un compañero del instituto.
—¿Y se puede saber por qué? —pregunta algo crispado y da un mordisco a su tostada.
—Necesito hablar contigo y no quiero que las niñas estén delante —contesto tranquila, pero envalentonándome.
—Pues haber elegido otro momento, ve a buscarlas ahora mismo —ordena en tono autoritario, como si fuera mi jefe.
—Las niñas se van a quedar donde están hasta que escuches lo que te tengo que decir. Puedes estar tranquilo; están en buenas manos. —No sé de dónde saco la fuerza, pero, ahora mismo, cuanto peor es la forma en la que me habla, más fuerte me siento.
—Déjate de rollos, que no tengo tiempo que perder —ruge, terminándose el café. Parece que no tiene ningún interés en escucharme, pero a mí me da igual, ha llegado el momento de decírselo.
—Me enamoré de ti y me casé contigo aun sabiendo que eso podía provocar la ruptura con mis padres, pero no me importó; aposté todo por ti y por nuestra relación. Me casé convencida de que iba a ser para toda la vida, pero… ya no soy feliz —suelto mucho más tranquila de lo que esperaba.
—A ver, Flora, no sé qué me quieres decir, ¿te ha bajado la regla o qué?
—¿Ves? A esto me refiero, no puedo seguir viviendo con alguien que no me toma en serio y que no me respeta en absoluto.
Para ti solo soy la persona que te limpia la casa, te hace la comida y cuida de tus hijas, y no me tratas como me merezco.
Todo esto ha ido haciendo que me desenamore poco a poco de ti.
Cada vez que me hablas es para hacerme daño y ya no quiero vivir así.
—Anda, Flora, esto es una discusión como tantas otras. Además, esto que nos pasa les pasa a muchas parejas, déjate de tantos dramas —dice con desdén.
—Ahora mismo poco me importa lo que les pase a otras parejas, me preocupa lo que me pasa a mí.
Estoy todo el día corriendo, trabajando, llevando y recogiendo a las niñas, limpiando la casa, haciendo comidas para que encima tú pongas pegas, y no tengo ni un rato para mí.
Y todo esto ¿para qué? Para que tú vengas a casa un rato y tengas tu plato de comida en la mesa y la tranquilidad de saber que tu casa está limpia y tus hijas están atendidas.
¿Y yo qué? ¿Yo no importo? —Levanto la voz, sintiéndome con cada palabra un poco más ligera.
—Es que es lo que tienes que hacer. Estás más tiempo en casa que yo, trabajas menos horas, ¡no pretenderás que lo haga yo después de estar todo el santo día en el taller! Ya lo que me faltaba… —suelta con tranquilidad y sale de la cocina dando por finalizada la conversación.
—Te estoy hablando muy en serio, esto se ha acabado. —Voy detrás de él, mirándole a los ojos esperando su reacción.
—¿Estás teniendo una pataleta de niña pequeña o qué? —pregunta, riéndose.
—Que no quiero estar más contigo, Ángel, que nuestro matrimonio se ha terminado ya, que no hay más que rascar. —Por primera vez en toda la conversación me mira muy serio.
—Hay otro. Es eso, ¿verdad?
—No digas tonterías, por favor, esto solo tiene que ver contigo y conmigo.
—Entonces esto no es más que una discusión, no tenemos por qué separarnos —razona a su manera.
—En estos años de relación te he dado todo y ya es hora de que empiece a pensar un poco en mí. Hasta aquí hemos llegado, Ángel —reitero, sintiéndome bien conmigo misma.
—¡¿Y las niñas?! ¡No me puedes dejar sin mis niñas! —grita nervioso.
—¿En qué momento te he dicho eso? Me gustaría que nuestro divorcio fuera civilizado, sobre todo, por ellas. No tienen por qué ver a sus padres todo el día discutiendo y llevándose mal porque vivan juntos. Ángel, tenemos que hacerlo bien.
—Me parece ridículo que estemos hablando de esto. Sal a la calle y disfruta del día tu sola como más te guste; yo me haré cargo de las niñas, ya verás cómo mañana ves las cosas distintas. —Mi cara le dice todo lo contrario y él se da cuenta—. Flora, por favor, no me hagas esto.
—Yo no pretendo hacerte nada, solo quiero dejar de vivir contigo, ya no puedo más.
—Pero yo te quiero…
—Pero mis sentimientos hacia ti ya no son los mismos.
—Pues yo de esta casa no me pienso mover —ataca con chulería.
—Eso lo tendrá que decir un juez, no tú.
—Ya veremos quien se va.
Y con esto da por terminada la conversación, dando un tremendo portado al salir por la puerta de casa.
Me dejo caer en el sofá y suelto todo el aire que se me ha ido acumulando hasta encontrarme bastante mejor que hace un rato.
Me siento satisfecha por haberle dicho lo que tenía que decirle, aunque las palabras no me han salido como las llevaba ensayadas, pero, aun así, estoy orgullosa de mí misma.
Hoy es el final de una vida con la que creía que sería feliz siempre, mañana será el comienzo de una nueva con la que yo nunca conté.
Ahora es cuando tengo que ser fuerte y afrontar bien lo que venga, porque tengo la sensación de que Ángel no me lo va a poner fácil.
No quiero tener que volver a mentir a nadie para tapar las cosas.
Cierro un momento los ojos y me dejo llevar por el silencio que hay en la casa.
A partir de hoy creo que veré diferente estas cuatro paredes.
Me levanto, me pongo el abrigo, cojo el bolso y las llaves del coche y me voy a buscar a las gemelas.
No quiero abusar más de Bruno, que bastante ha hecho ya hoy por mí.
Llamo a su puerta y enseguida me abre. No me pregunta nada, pero me observa con detenimiento, intentando averiguar cómo estoy. En silencio, se echa a un lado para dejarme pasar.
—¡Mami! ¿Ya nos tenemos que ir? —pregunta Blanca en cuanto entro por la puerta.
—Nos lo estamos pasando superbién —afirma Delia, abrazándome.
—Me alegro mucho, cariño, pero Bruno tendrá cosas que hacer y no deberíamos molestarle más —les digo con cariño.
—Aquí podéis venir siempre que queráis —afirma, sonriendo, y me mira después—. Son unas chicas estupendas, se han portado muy bien.