25
En cuanto escucho que Ángel se va al taller, me levanto y me voy a la cocina a desayunar. Enciendo el móvil y veo que tengo un mensaje de Bruno de anoche:
Aunque no te lo creas, mi tarde también fue
distinta gracias a ti. Espero que todo vaya bien
por casa. Mañana nos vemos. Descansa.
En mi cara aparece una sonrisa y me hace empezar el día con ganas.
Quedan pocas cosas en la nevera. Ayer tuve tiempo de sobra para ir al supermercado y no lo hice; la verdad, ni me acordé.
A ver si esta tarde las niñas se quedan con Ángel un rato y me escapo.
La idea de escaparme me lleva a cualquier sitio menos al súper, sobre todo después de la buena tarde que pasé ayer.
—Buenos días, mami —saluda Delia, entrando en la cocina.
—Buenos días, cariño, ¿has descansado bien?
—Más que bien. —Bosteza y me da un beso—. Blanca está haciendo pis.
Mientras ellas desayunan, yo limpio y ventilo bien toda la casa. Después se visten y nos vamos al polideportivo donde tienen el ensayo para Navidad. Saber que voy a encontrarme a Bruno me pone de muy buen humor. Todo lo contrario de lo que me pasa con Ángel.
Me tomo rápido un café con leche en la cafetería y después veo un rato el ensayo de cada una.
—Hola, Flora, ¿cómo estás? —pregunta Bruno al final de la clase de Delia.
—Bien, gracias. Va a quedar un espectáculo precioso.
—Trato siempre de poner lo mejor de mí en cada cosa que hago, sobre todo si es para los niños.
—Profe, ¿yo lo hago bien? —pregunta Delia.
—Tú eres de las mejores, solo te falta estar más atenta, te distraes con una mosca —dice, dándole con cariño en la nariz.
—Su profesora del colegio dice lo mismo, que se entretiene con cualquier cosa y eso hace que le cueste seguir el ritmo de la clase —le explico.
—Mami, abre el coche, porfi —pide Blanca con cara de frío.
Se montan las dos y Bruno y yo nos quedamos a solas unos instantes sin quitarnos la vista de encima. Me despido en silencio haciéndole un gesto con la mano, al que él responde guiñándome un ojo y haciendo que mi corazón se ponga a mil.
Ya en casa, preparo unos macarrones con chorizo para comer, mientras las niñas hacen deberes en el salón.
Ángel llega unos minutos antes de las dos de la tarde y las niñas no saltan a sus brazos como siempre.
Sé que, aunque no digan nada, se dan cuenta de todo, y sé también que debería tener una charla con ellas, pero primero tengo que hablar con Ángel.
—Esta tarde tengo que ir al supermercado sin falta y te tienes que quedar con ellas —me dirijo a él por primera vez en todo el día después de terminar de comer.
—Sacaremos las bicis e iremos a dar un paseo —dice en un tono tan normal que ya ni me acordaba de que él supiera hablarme así.
Recojo la cocina y me pongo a corregir exámenes. Mientras, las niñas están en su habitación viendo una película y Ángel está tumbado en el sofá. Sobre las cinco de la tarde, después de hacerles la merienda, me voy al súper con una lista muy larga de cosas que tengo que comprar.
Cuando regreso a casa aún no han vuelto de su paseo en bicicleta, por lo tanto, coloco todo con tranquilidad.
He comprado un montón de verduras para hacerles a las niñas unas cuantas cremas y purés, que, llegando ya el frío, son sus cenas favoritas, no tanto como las de Ángel.
Y yo, como ya me he cansado de agradarle y de hacer todo por él, he decidido preparar lo que les guste a ellas.
Me paso el resto de la tarde en la cocina, últimamente parece que es el sitio de la casa donde más tiempo estoy. Si no es porque cocino, es porque recojo y, si no, porque hago mis cosas del instituto. Así también evito estar en el sofá al lado de mi marido.
—Mami, me he caído —llora Delia cuando entra por la puerta.
—Vaya, déjame verlo —digo, asomándome por la cocina—. Eso no es nada, cariño, ahora te lo lavo bien y te lo desinfecto, ya verás cómo mañana ya tienes muy poco.
—Pero es que me duele mucho —solloza y se mira la rodilla.
—Es normal que te duela, pero yo te lo voy a curar tan bien que ni te enterarás de que lo tienes.
—Si no fuera mirando para atrás, no se hubiera caído, siempre va despistada —dice Ángel, consiguiendo que la niña llore con más ganas aún. Le miro dándole a entender que sus palabras han sido muy desafortunadas y me llevo a Delia al cuarto de baño.
—¿Te ayudo, mami? —se ofrece Blanca, llamando a la puerta.
—Qué suerte tiene Delia, va a tener dos enfermeras —apunto, haciéndolas reír.
—No quiero volver a salir con papá con la bici —dice Delia muy seria.
—Pero, cariño, que te hayas caído hoy no quiere decir que te vayas a caer más veces.
—No es eso, es que no me lo he pasado bien, parece como si tuviéramos que hacer siempre una carrera y a mí no me gusta correr con la bici —me explica, observándose los arañazos.
—Bueno, seguro que papá lo quería hacer más divertido —intento excusarle.
—No tienes ni idea. —Y, según dice esto, se va del cuarto de baño dejándome un poco extrañada por su contestación.
—¿Por qué no os ducháis ya y os poneis el pijama? Así estaréis más calentitas. —Apoyo mis manos en los hombros de Blanca y la llevo hasta la habitación donde está su hermana.
Tengo que hablar con ellas y también con Ángel, y no por este orden. No sé cuándo será el momento idóneo para hacerlo, pero no quiero que pase mucho más tiempo.
Para animarlas un poco, les propongo colocar el árbol de Navidad y los adornos de la casa, sé que les va a hacer ilusión, además, llevan varios días diciéndomelo. Después, cenamos una rica crema de calabaza, cosa que no le hace ni pizca de gracia a Ángel.
—¿No has ido a comprar esta tarde? —me pregunta cuando se la termina.
—Sí, ya te lo dije —contesto sin mirarle.
—Sabes de sobra que no soy amante de los purés, me podrías haber hecho otra cosa a mí. —Ya vuelve al tono de los días anteriores.
—Es lo que hay de cena, ya te dije que si no te parece bien, te vayas a un bar a comer, que esta casa no es ningún restaurante —espeto de malas formas sin importarme que estén las niñas delante. Ya estoy cansada de disimular.
—Por supuesto que esto no es un restaurante, solo hay que ver cómo cocinas —escupe como el que dice que va a llover, sin anestesia, ¡zas!, dejándome descolocada por completo.
Me termino la crema en silencio mientras mis lágrimas luchan por no salir en una guerra que perdieron en el momento en que Ángel comenzó a menospreciarme. De mañana no puede pasar que yo hable con él y le diga que quiero separarme. De mañana no pasa.
Las niñas llevan calladas desde la cena, se han lavado los dientes sin contar conmigo, y eso sí que me parece bastante extraño.
Cuando termino de recoger la cocina, me paso por su habitación y las veo haciéndose las dormidas.
Por lo tanto, les sigo el juego, las arropo bien, les doy un beso y me voy a la cama también.