24 #2
—Ya te lo comenté el otro día, como no tenía dónde ponerla aquí, en el salón, pues la subí a mi habitación. Solo la enciendo un ratito antes de dormirme, aunque la verdad es que prefiero leer —explica.
—A mí me pasa igual, antes la veía un poco después de cenar, pero, últimamente, me voy a la cama a la vez que las niñas —suelto sin darme cuenta.
—¿Tan pronto? Yo no puedo dormirme antes de las once de la noche, mi cuerpo se acostumbra pronto a las rutinas.
—¿Haces mucho deporte? —pregunto, cambiando de tema.
—Pues casi todo el día estoy en movimiento.
En las clases del instituto procuro hacer lo que mando a los alumnos a la vez que ellos y en el polideportivo más o menos igual, aunque por la edad de los niños no voy al mismo nivel que ellos.
Así que lo compenso yendo a correr cuando vuelvo a casa por las tardes y, después, en la parte de atrás que da a la cocina, hago pesas y sentadillas.
—¡Madre mía! Tienes que caer en la cama roto. —Resoplo y abro mucho los ojos.
—No te creas, mi cuerpo ya se ha acostumbrado al ritmo y no se queja —asegura con un gesto, haciéndome reír—.
Lo malo es cuando no le doy tanta caña… Entonces sí que me cuesta dormir.
También unas semanas antes de venirme de Asturias empecé a aprender a meditar y aún estoy en ello.
No creas que es fácil, pero voy poco a poco.
—Qué envidia me das, cómo me gustaría hacer deporte y también saber meditar, me vendría fenomenal. Pero es que no tengo tiempo para nada y, mucho menos, para mí.
—Pues entonces me siento muy afortunado: hoy tenías tiempo para ti y lo estás pasando conmigo. —Su comentario hace que me sonroje, la verdad es que tiene toda la razón.
—Acababa de salir de la peluquería y me iba para casa cuando he recibido tu mensaje. Lo de venir ha sido algo impulsivo —le confieso.
—Espero que no te arrepientas de haber gastado ese tiempo conmigo. —Según lo dice, me mira de una forma en la que hacía tiempo que nadie me miraba, sus ojos me observan con tanta intensidad que parece que me atravesaran, y eso hace que baje la guardia aun en contra de mi voluntad.
—Bruno, hacía mucho tiempo que no estaba con alguien así como estoy contigo —admito en un arrebato de sinceridad—. No quiero que me malinterpretes…
—Tranquila, no hay nada de malo en tus palabras.
—Me refiero a que hacía mucho que no tenía una conversación con alguien, excepto con mis hijas, claro.
—Bueno, con ellas y con tu marido, ¿no? —pregunta con inocencia.
—Con él hace tiempo que no hablo de nada, solo para discutir —digo, bajando la cabeza—. Las cosas entre nosotros no van bien y el ambiente que hay en mi casa no es bueno. Quizá, por eso, cuando he recibido tu mensaje, lo primero que he pensado es en venir aquí en vez de ir a mi casa...
—Si necesitas cualquier cosa, solo tienes que pedírmelo.
—Ni siquiera sé por qué te cuento esto. Será que me siento bien hablando contigo y...
—Supongo que será una mala racha y tendrá solución, ¿no? —me corta sin dejar de mirarme.
—Bueno, al principio pensaba que estábamos pasando por un bache, como tantas otras parejas, y que después se arreglaría todo. Pero según pasan los días, más cuenta me doy de que nuestro matrimonio ya no tiene solución. No quiero que me hable, que me mire y, mucho menos, que me toque.
—¿Lo has hablado con él? Lo mismo todavía lo podéis solucionar…
—Siempre están las niñas en casa y delante de ellas no quiero tener esta conversación con él.
Y el momento en que no están ellas, no soy capaz porque sé que se va a poner hecho un loco y vamos a discutir de nuevo, y ya estoy cansada de debatir con él cada cosa que pasa en casa.
—Me quedo callada con ganas de echarme a llorar—.
Te tengo de muro de las lamentaciones, perdona, Bruno.
—No pasa nada. Necesitabas sacar fuera todo lo que te está atormentando. Las cosas hay que decirlas, si no, se enquistan dentro de uno. Y sé de lo que hablo.
Me pongo a llorar como la otra vez cuando estaba en casa sola, sacando toda la pena que me inunda el corazón. No puedo seguir más así, tengo que decírselo a Ángel pronto o acabaré enfermando, de eso estoy segura.
Hablar con Bruno me ha venido bien. Poder expresar en alto cómo me siento ha sido bueno para mí.
Se levanta del sofá y trae una caja de pañuelos de papel, de la cual me ofrece uno.
Después, me abraza y este gesto me seca las lágrimas al instante, como si fuera algo mágico.
Me quedo quieta unos segundos que me parecen una eternidad y siento como si se me fuera toda la presión que sufro.
Es justo lo que necesitaba. Su torso está duro, fibroso, lo puedo notar a través de mi pecho, pues nuestros cuerpos están bastante pegados.
¡Hacía tanto tiempo que no me abrazaban así!
—Gracias, Bruno. —Me separo de él—. No sabes cuánto necesitaba un abrazo.
—Cuando te he dicho que aquí estoy para lo que necesites, es que así es. No te olvides nunca.
Sobre las seis y media de la tarde me voy de su casa.
Montarme en el coche me devuelve a la realidad; me siento como si hubiera estado varios días desconectada del mundo.
Me ha venido bien contarle lo que me pasa y llorar.
Ahora que ya lo he dicho en alto, solo me queda llevarlo a la práctica y hablar con mi marido lo antes posible.
Llego al local donde Valeria celebra el cumpleaños diez minutos antes de que acabe. La mayoría de los niños siguen saltando aún. Veo a mis gemelas bebiendo agua y con las caras rojas como tomates.
—¡Mami, mami! —gritan a la vez.
—Qué bien os lo estáis pasando, ¿verdad? —Les doy un beso.
—¿Ya nos tenemos que ir? —pregunta Delia, quejándose.
—Podemos quedarnos un ratito más, hasta que se empiecen a ir los demás, ¿os parece?
—¡¡Sí!! —exclama Blanca, dando saltos.
—¿Te has cortado el pelo? —Me mira Delia con cara extrañada.
—Sí, ya me hacía falta. ¿Os gusta?
—Sí, estás muy guapa —afirma Blanca, sonriente.
—Voy a saludar a la mamá de Valeria, id a jugar.
Me acerco hasta donde está el grupito de madres y las saludo en general.
Le doy las gracias a la madre de Valeria por haberse traído a las niñas desde el colegio y charlo un rato con ellas.
También hacía mucho que no hablaba con otras madres.
La de cosas que llevo tiempo sin hacer y hoy ya he hecho varias, incluso ir a la peluquería.
De camino a casa me van contando cosas del cumpleaños, se lo han pasado muy bien. En cuanto llegamos, se duchan y se ponen el pijama, aún se les nota en la cara los colores de haber estado saltando toda la tarde.
—¿Cómo están mis niñas favoritas? —les dice su padre al entrar por la puerta.
—Hemos estado en el cumple de Valeria, nos lo hemos pasado fenomenal —le dice Blanca mientras le abraza.
—Qué bien, ¿y habéis jugado mucho? —les pregunta.
—Sin parar, y hemos merendado un montón. La tarta estaba buenísima —cuenta Delia.
—Entonces será mejor que no cenéis, no vaya a ser que os duela luego la barriga y no podáis dormir —les dice sonriendo.
Por una vez estamos de acuerdo, aunque no se lo digo. De hecho, ni nos hemos saludado, ya es lo normal entre nosotros. Se mete en la ducha y yo aprovecho para prepararle la cena. No debería hacérsela, pero me sabe mal por las niñas. Yo tampoco voy a cenar, es verle y se me quita el apetito.
Mientras él cena, las gemelas le hacen compañía en la cocina, y yo me pongo en el sofá un rato y recuerdo el abrazo de Bruno.
No sé por qué, pero eso me hace fuerte. De esta noche no pasa que hable con mi marido.
Cuando las niñas se van a la cama, me quedo a solas con Ángel.
Estoy nerviosa, no sé cómo empezar la conversación, ni siquiera hemos cruzado una palabra desde que llegó a casa.
Mis nervios van en aumento mientras intento buscar las palabras con las que empezar: «Ángel, he pensado que…»
, «Ángel, las cosas no van bien entre tú y yo…»
, «Ángel, ya no siento nada por ti…», «Ángel, he tomado una decisión…»
. ¡Qué difícil es! ¿Por qué no puedo abrir la boca y dejar que fluyan las palabras?
Nada, que estoy muda.
Entro en la cocina decidida a soltarle todo, pero él sale y va al cuarto de baño dejándome chafada.
Parece que no tiene ganas de hablar conmigo, con todo lo que le tengo que decir…
Maldigo hacia mis adentros mientras recojo la cocina porque, una vez más, ha dejado su plato sin recoger sobre la mesa.
Esto ya es una declaración de guerra en toda regla.
Y yo, como una tonta, le he preparado la cena solo para él.
Me enfadado conmigo misma por ser así y, en cuanto vuelve al salón y enciende la tele, me voy a la cama a darle vueltas al asunto.
¡Con lo bien que estaba entre los brazos de Bruno! Cojo el móvil y le mando un mensaje.
Gracias por la tarde tan distinta que me has hecho
pasar, me hacía mucha falta. Mañana nos vemos
en el polideportivo. Buenas noches.
Sin esperar su respuesta, apago el teléfono y me duermo.