24
Las niñas están desayunando muy contentas en la cocina, pero no creo que sean horas de averiguar qué es lo que les pasa.
—Mami, acuérdate del regalo de Valeria —dice Delia, recogiendo su taza de la mesa.
—Sí, lo dejaré en el coche para cuando vaya a buscaros al cole.
—¡Pero si hoy no tienes que ir a buscarnos a la salida! La mami de Valeria nos recoge a todos en la clase y nos lleva al Party Ball —explica Blanca.
—Es verdad, si lo celebra al lado del colegio, no me acordaba —digo, tocándome la cabeza—. Entonces os meteré el regalo en una de las dos mochilas, para que luego se lo deis, ¿vale?
—¡Vale! —contestan a la vez.
Los alumnos de 1.º B están bastante revolucionados cuando entro en el aula.
Se nota que es viernes y que, además, hoy toca examen.
Les reparto un folio a cada uno y les observo mientras se centran en responder a las preguntas.
El examen es bastante fácil, con lo cual, no creo que haya ningún problema para aprobarlo.
Pienso en que tengo pendiente hablar con Ángel.
Hoy salgo a las dos, con lo cual, a no ser que hoy él tampoco vaya a comer, nos veremos en casa, pero es que no tengo ganas de verlo.
Tengo libre desde que salga del instituto hasta las siete de la tarde, que es cuando termina el cumpleaños.
Hacía tiempo que no tenía tantas horas libres sin niñas.
Podría ir a cortarme un poco el pelo, que falta me hace.
En un descanso que tengo entre clase y clase, llamo por teléfono a la peluquería donde suelo ir siempre y, qué casualidad, el único hueco libre que tiene es a las dos y cuarto de la tarde.
Ya hablaré con Ángel en otro momento. Prefiero dedicarme un ratito a mí que ir a tener una bronca o, quizá, lo mismo ni va a comer a casa.
A la hora en punto de la cita, llego a la peluquería.
La dueña me lava el pelo y me aconseja un corte de pelo un poco más moderno, aprovechando que hay que sanear las puntas.
Como hoy me ha pillado de buenas, me pongo en sus manos, cerrando un poco los ojos.
No sé si me arrepentiré después de haberla dejado hacer.
Cada vez que vengo, me dice que le encanta mi color de pelo, que ya quisieran muchas clientas tenerlo así.
Soy pelirroja desde que nací. La verdad es que a mí también me gusta mucho.
Cuando era pequeña no me hacía mucha gracia tenerlo de ese color, ya que en el colegio me gané el mote de Zanahoria, algo que odiaba.
Pero, con el tiempo, me di cuenta de que mi tono no era muy habitual y eso me hacía sentirme especial, aunque a mi manera, claro.
Disfruto mientras me lavan el pelo, sentir el agua calentita en mi cabeza a la vez que me masajean el cuero cabelludo es algo que me deja hipnotizada por completo.
Siempre dejo que las niñas me toquen el pelo porque me encanta, no me importa que después me lo dejen todo enredado, me compensa el rato tan a gusto que paso.
—Pero ¡mírate!, te has quitado unos cuantos años de encima —exclama la peluquera, señalándome el espejo.
—¿Tú crees? —En realidad no era eso lo que pretendía, tampoco soy tan mayor—. La verdad es que me veo muy bien, menos mal que no me has cortado mucho.
—Esa es la mala fama que tenemos las peluqueras, la gente cree que solo pensamos en cortar y cortar… —Suspira mientras guarda el secador.
—Me gusta cómo me has dejado el pelo, muchas gracias, me hacía falta cambiar un poco —digo levantándome del cómodo sillón.
Me monto en el coche y me miro en el retrovisor, me veo algo diferente, pero me gusta lo que veo.
Solo me falta un poco de brillo en los labios para sentirme todavía mejor, y buscándolo en el bolso estoy cuando me suena un mensaje en el móvil.
Seguro que es Ángel para preguntarme por qué no he ido a comer.
Hay que ver qué cosas tengo, ni que a él le importara eso, mientras tenga su comida preparada lo demás le da igual.
Mis pulsaciones se aceleran solo con ver el nombre del autor del mensaje.
No te imaginas lo bien que queda el sofá, menos mal
que te hice caso, si hubiera comprado el que yo quería
en un principio, no me hubiera cogido en el salón.
Muchas gracias. He intentado hacerte una foto, pero
no sale bien. Es una pena. Me gustaría que lo vieras,
quizá, algún día…
Sin pensármelo dos veces porque, si me lo pienso, no lo hago, le mando un mensaje pidiéndole la ubicación.
Enseguida la recibo y me voy hacia la dirección que me ha mandado.
Mi corazón va a mil por hora. Es algo que no puedo evitar.
Tardo algo más de quince minutos entre llegar y aparcar.
Vive en una zona residencial llena de chalets adosados, todos iguales.
Me tiembla un poco la mano cuando voy a llamar al timbre, de manera que respiro, cuento hasta tres y pulso el interruptor.
—Qué sorpresa me has dado, ¡adelante! —dice Bruno en cuanto abre la puerta.
—Después de ayudarte a elegirlo, no quería perderme lo bien que te queda en el salón. —Intento que mis palabras suenen de lo más normal.
—Estás muy guapa con el pelo así —me halaga sin dejar de mirarme.
—Gracias, me hacía falta saneármelo un poco, y las peluqueras ya sabes cómo son…
—Lo sé, mi tía es peluquera, y miedo me da cuando la veo con las tijeras en la mano. —Se ríe y me contagia—. ¡Mira cómo queda el sofá!
—Está hecho para este salón —aseguro, observando a mi alrededor.
—Eso mismo he pensado yo. Menos mal que te hice caso y no compré el otro más grande. Por cierto, ¿has comido? Estaba a punto de prepararme algo.
—La verdad es que no, pero tampoco tengo mucha hambre. Llevo unos días que no como muy bien —confieso como si le conociera de toda la vida.
—¿Y eso? ¿Te encuentras mal? —pregunta con preocupación.
—Digamos que no estoy pasando por un buen momento —aclaro sin querer entrar más en detalles, al menos, de momento.
—Pues voy a hacer algo que va a conseguir que se te olvide lo malo que sea que te esté pasando. —Se va a la cocina entonando una canción que no consigo adivinar—. Por cierto, siéntete como en tu casa, en unos minutos te la enseño.
Enseguida oigo lo que parecen ser ollas o cacerolas cuando apoyan sobre la encimera, y el ruido de dos platos chocando entre sí; después, le escucho picar algo deprisa con el cuchillo.
Al rato vuelve secándose las manos en un trapo de cocina y me va enseñando la casa con tanta ilusión que parece un niño pequeño enseñando sus juguetes.
En la planta principal están el salón, la cocina y un aseo.
Desde la cocina se sale a un pequeño jardín trasero donde, según me enseña, tiende la ropa y hace deporte.
La planta de arriba tiene tres habitaciones; la más grande tiene el cuarto de baño dentro.
Además, hay uno común para las otras dos habitaciones.
—Quizá es un poco grande para mí solo, pero necesito espacio para moverme con comodidad —me explica mientras bajamos a la planta principal—.
Poco a poco iré amueblando y poniendo todo lo que falta, no quiero hacerlo con prisas y comprar por comprar.
En la vida, en general, nunca es bueno hacer las cosas corriendo.
—Dímelo a mí, que voy así desde que me levanto hasta que me acuesto —digo, haciéndole reír. Después entramos en la cocina—. ¿Qué estás haciendo que huele tan bien?
—Una sopa de pollo y verduras. Con este tiempo lo que más apetece es algo calentito.
Después de apagar la olla rápida, la sirve en dos tazones grandes y los lleva a la mesa pequeña que compró junto con el sofá. También deja dos servilletas.
—Que sepas que estamos estrenando el sofá y la mesa —anuncia con alegría.
—¡Qué honor! —exclamo con una sonrisa, y pruebo el cuenco humeante—. Esta sopa está buenísima. Ya me dirás qué le has puesto para poder hacérsela a las niñas, a ellas las sopas y las cremas les encantan.
—Pues es una receta de mi madre, no sé si será típica asturiana o no, pero ya de niño recuerdo tomarla mucho en casa, sobre todo durante el invierno —cuenta con un ápice de melancolía asomando en sus ojos.
Comemos la sopa y me cuenta cosas de su pueblo asturiano, San Juan de la Arena, nunca he oído hablar de ese sitio hasta hoy. Terminamos la sopa y nos tomamos un café, siempre sentados en el sofá.
—¿Y qué tal te estás adaptando? Imagino que habrá sido un cambio enorme venirte a una ciudad como Madrid después de haber vivido en un pueblo costero. —Saco este tema para conocerle un poquito más.
—Si te soy sincero, me está costando un poco. Sobre todo, por la soledad.
—¿La soledad? —pregunto, intrigada.
—Aquí donde me ves, soy bastante tímido, me cuesta abrirme rápido a los demás, con lo cual, de momento, conozco a muy poca gente. También influye que estoy casi todo el día trabajando y no he salido por ahí desde que llegué. Bueno, miento, solo he salido contigo. —Aparta la mirada.
—Bueno, verás cómo pronto vas a tener muchas amistades, eres simpático y agradable.
Le he dicho esto porque estoy convencida de que va a ser así.
Seguimos charlando de su niñez y de la mía sin darnos cuenta de que los minutos van pasando.
Me siento muy a gusto hablando con él, siento como si nos conociéramos de siempre, como si pudiera comentar cualquier tema con él sin que la censura viniera a incordiarnos.
Si hay momentos en los que me gustaría que se detuviera el tiempo, este es uno de ellos, pues estoy disfrutando mucho esta tarde. Y también de su compañía.
—¿Nos tomamos otro café o tienes que irte ya? —pregunta, levantándose del sofá, y consulta la hora en su reloj.
—Hoy las niñas tienen un cumpleaños. Hasta las siete no tengo que ir a recogerlas —explico, relajada—. Te acepto ese café.
—¿Te apetecería acompañarme la próxima vez que vaya a comprar más cosas para la casa? —quiere saber desde la cocina—. Me harías un gran favor.
—Ya sabes que mi tiempo libre es bastante limitado. —Me paro a pensar y se me ocurre una idea—. Aunque, quizá, si fuera un jueves o un viernes de dos a cinco de la tarde, podría ir contigo.
—Pues en cuanto cobremos, te digo algo. Me gustaría comprar las cortinas del salón y un mueble para poder poner aquí la televisión —dice, trayendo las tazas en una bandeja.
—Ni siquiera me había fijado en que no tenías tele —apunto riéndome.