Eres la razón de mi sonrisa 23
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Llevo varias noches durmiendo mal, se nota que estoy intranquila por todo esto. Hasta que no me saque esa espina de dentro, no voy a poder descansar bien, lo sé. Las niñas también notan que algo pasa en casa, pues no están como siempre. Las veo más calladas, y eso que ellas hablan hasta dormidas.

En el instituto, coincido con Bruno en la sala de profesores.

Le saludo de la misma forma que a los demás compañeros y él también me trata como a una más.

Por una parte, me alegro. No quiero complicarme ahora mismo más la vida de lo que ya la tengo, no creo que sea momento para ponerme a tontear con alguien cuando aún estoy casada, aunque mi relación esté como está.

Un compañero ha sacado el tema de las fiestas navideñas.

No le gustan porque dice que se reúne con toda la familia de su mujer y siempre terminan discutiendo unos con otros.

Bruno dice que se irá a Asturias a pasarlo con los suyos.

Yo abandono la sala antes de que me toque contar mis planes para Navidad.

Ni yo misma sé lo que voy a hacer o dónde voy a estar.

No había pensado todavía en ello, falta un mes y, con todo lo que se avecina, desconozco qué va a pasar.

Lo único que espero es que no sea muy doloroso para las niñas.

No quiero echarme atrás en la decisión que he tomado pero, si pienso en ellas, se me pasa por la cabeza seguir como estamos.

Así no sufrirán. Aunque creo que alargar esta agonía que tengo va a ser peor tanto para ellas como para mí.

A la larga estas cosas terminan explotando por algún lado y no quiero que la onda expansiva les alcance a ninguna de las dos.

Hoy salgo a las dos de la tarde y, de camino a casa, voy con miedo, mucho miedo.

No sabía yo que me iba a costar tanto plantarme frente a Ángel y decirle que quiero dejarle.

No sé por qué, pero no me veo haciéndolo.

El pánico se apodera de mí y consigue que me ponga de muy mal humor.

Decido no volver, soy incapaz de enfrentarme a él en estos momentos.

¡Qué rabia me da! Sería una ocasión buenísima con las niñas fuera de casa.

Pero ¿qué es lo que me pasa? ¿Es que no quiero terminar con esto de una vez por todas o qué?

Cuanto más tarde en decírselo, peor será.

Mi agobio va en aumento, con lo cual, aparco el coche lejos de casa y me quedo dentro esperando a que el reloj marque las tres.

Seguro que Ángel ya se habrá ido para esa hora.

Cuando entro en casa no tengo ni ganas de comer, los nervios han podido con mi apetito otra vez.

Estoy muy enfadada conmigo misma por no haber venido antes a casa para decirle a mi marido todo lo que tenía que decirle.

No he encontrado el valor y ahora me arrepiento.

Cuanto más tiempo esté sin contárselo, más durará mi agonía.

Entro en la cocina y veo que no ha venido a comer, con lo cual, guardo en la nevera la cacerola con la comida.

No pienso tirarla. Termino de preparar un examen para 1.

º B y meto la merienda en una bolsa, que hoy tocan extraescolares.

—Mami, hacía mucho que no me comía un sándwich de paté —observa Delia con la boca llena.

—Cariño, ¿cuántas veces te he dicho que no se habla cuando se tiene comida en la boca? —la regaño.

—Perdón —susurra entre dientes.

—Yo no tengo ganas de ir a baile hoy, tengo frío —informa Blanca con mala cara.

—Espero que no te estés resfriando. —La miro por el retrovisor—. Si ves que te encuentras mal, se lo dices a tu profesora y te vas a la cafetería del polideportivo, que sabes que allí estoy.

—Vale, mami.

Hay mucho más aparcamiento que otros días, será porque es un poco más temprano de lo que solemos llegar; apenas he encontrado tráfico por el camino.

Las niñas se van cada una a su clase y yo voy a la cafetería a tomarme un café con leche bien caliente, que también tengo frío.

Espero que no nos estemos poniendo malas…

Después decido ir a buscar a cada una a su clase, no quiero que piense Bruno que intento evitarle.

Da gusto ver cómo trata a sus alumnos, siempre les habla con palabras de ánimo y les hace sentir que valen, no hay nada mejor para el futuro rendimiento de un niño que el refuerzo positivo y pienso que la motivación es la clave.

Esa misma técnica trato de llevarla a mis clases, aunque reconozco que con algunos de los míos es bastante más difícil.

La edad se nota en esto: con niños es mucho más sencillo que con adolescentes.

Voy a buscar a las niñas, Blanca tiene mejor cara que cuando la he recogido del cole, espero que solo haya sido el cambio de temperatura de dentro del aula a la calle.

Me despido de Bruno con la mano. Hoy no ha salido detrás de Delia como otros días.

Se nota que quiere guardar también un poco de distancia, cosa que agradezco.

Ya en casa, las niñas se ponen a hacer deberes —menos mal que hoy no traen muchos— y yo me meto en la cocina para hacer la cena. Ángel llega a las ocho y media, y saluda a las niñas. Ellas no están tan contentas de verle como otros días, luego hablaré con ellas, a ver qué es lo que les pasa.

—Bueno, ¿no me vais a contar qué tal os ha ido el colegio hoy? —les pregunta mientras cenamos.

—Pues como todos los días —contesta Delia—. Qué ganas tengo de que lleguen las vacaciones de Navidad.

—Yo, también, estoy cansada de hacer deberes todos los días —secunda su hermana.

—Pues aún queda un mes, así que animaos un poco —intervengo en la conversación.

—¿Ya habéis escrito la carta a los Reyes Magos? —pregunta su padre.

—No —responden al unísono.

—Pero algo tendréis pensado ya, ¿no?

—Lo que yo quiero no lo pueden envolver en papel de regalo —asegura Blanca y su hermana le da una patada por debajo de la mesa, haciéndola callar.

—¿Y qué es? —Ángel sigue con las preguntas.

—Nada, papi, es que Blanca no lo tiene claro aún, ¿verdad? —pregunta Delia a su hermana, mirándola con los ojos muy abiertos y una mueca de complicidad en la cara.

—Sí, no lo tengo nada claro.

No sé qué se traerán estas dos entre manos, pero tengo que averiguarlo.

Nunca las había visto tan raras; algo pasa.

Después de cenar, hago mi rutina de los últimos días de acostarme a la vez que las niñas, con lo que consigo no cruzar una palabra con Ángel en todo el día. No sé a qué estoy esperando.