22
Me encuentro con Bruno nada más aparcar el coche en el instituto. Está guapísimo con ese chándal azul. En realidad, está como un tren con lo que se ponga.
—Buenos días, gracias por lo de ayer con Delia. —Sonrío.
—Ya te dije que no tienes por qué darlas. —Me devuelve la sonrisa—. La verdad es que a mí también me extrañó que no estuvieras en la clase.
—Se me pasó la hora sin darme cuenta —miento, aunque no quiero, pero tampoco puedo contarle la verdad y decirle que no quería verle.
—Bueno, que pases buen día, hoy tengo muy pocas clases, así que me iré pronto —dice, despidiéndose con la mano.
Claro, por eso no le veo todos los días, porque algunos se va antes y no coincidimos, ahora lo entiendo, no era por mis oraciones... Me río yo sola con la tontería que acabo de pensar. Presiento que hoy voy a hacer grandes avances en lo que a mi matrimonio se refiere.
De camino a casa, a las dos de la tarde, voy ensayando la conversación que voy a tener con Ángel en cuanto llegue a casa.
No quiero dejarlo más tiempo sin solucionar, y qué mejor momento para hacerlo que ahora, que no están las niñas y podemos hablar los dos solos.
Cuando entro por la puerta no está. Qué raro, siempre suele llegar más pronto que yo.
No pasa nada, seguro que le ha entrado un coche a última hora y está a punto de llegar.
Los minutos pasan y él no viene, por lo tanto, decido comer algo, aunque sin ganas.
Los nervios que tengo me cierran el estómago.
Ángel al final no ha venido a comer y tampoco me ha llamado para avisarme.
Las niñas se tiran toda la tarde haciendo deberes después de merendar.
Menos mal que hoy no tienen extraescolares.
Mis deberes, como llaman las gemelas al trabajo que me traigo a casa del instituto, los hice antes de ir a buscarlas al cole.
A las ocho y media de la tarde llega Ángel, saluda a las niñas y se mete en la ducha.
Mientras, yo voy terminando de hacer el puré de patatas para acompañar las salchichas.
Es la cena de hoy; seguro que también le pone pegas, pero ya me da igual.
Que diga lo que quiera. Creo que sus palabras no me pueden hacer más daño del que me han hecho.
Cenamos en silencio, él apenas dice nada y las niñas notan que algo pasa porque están más calladas de lo habitual.
Me siento muy incómoda con esta situación, tengo que hablar con él en cuanto pueda, pero preferiría que las niñas no estuvieran delante.
Como hago últimamente, me meto en la cama a la vez que ellas.
No es que me vaya a dormir tan temprano, sobre todo porque no paro de darle vueltas a cómo será mi conversación con Ángel y cómo reaccionará cuando le diga que quiero separarme.
Me gustaría que fuera algo normal, que no hubiera gritos ni malas formas de por medio, aunque sé que con él va a ser un poco difícil.
Pero tengo que pasarlo, solo será una vez y después estará todo dicho.
Lo único que me falta es encontrar el momento adecuado.