21
Cuando suena la alarma del despertador me despierto bastante descansada, se nota que he dormido más horas de las habituales.
De camino a la ducha voy pensando que quizá no tenga ninguna solución lo que pasa entre Ángel y yo.
Le conozco bien y sé que él no dará su brazo a torcer por nada en el mundo, ni siquiera por sus hijas.
Se ha acostumbrado a vivir así, teniendo sus comodidades satisfechas, sin ninguna obligación con su casa —excepto pagar la mitad de la hipoteca— ni con su mujer, a la que hace varios meses que no toca.
Vive por y para el taller, siempre ha sido lo más importante de su vida; lo sé desde que lo conozco, pero eso no fue impedimento para que me enamorara de él.
Al principio no era así, aunque siempre nos veíamos cuando no tenía abierto el taller o no tenía apenas coches que reparar.
Lo primero era el taller, pero, aun así, hacíamos lo posible por vernos y estar juntos, aunque solo fuera un rato.
A mis padres les mentía cada vez que llegaba a casa; no les podía decir que venía de ver a Ángel porque sabía la charla que me iba a tocar escuchar.
Siempre mintiendo para no hacer sufrir a los demás, igual que ahora, que lo hago hasta con mis hijas.
Ya ni siquiera ensayo para hacerlo, las mentiras me salen solas, de forma tan natural que me da miedo pensar que va a ser así para toda la vida.
De camino al instituto voy rezando para no encontrarme con Bruno. Ayer, al final, decidí no contestar a su mensaje y la verdad es que no tengo ganas de verlo. Aunque ahora mismo mi cabeza y mi corazón juegan en ligas distintas.
Las clases que no me dio tiempo a preparar ayer en casa, las improviso haciéndolas totalmente participativas, logrando que se sientan protagonistas. Solo contando con su opinión consigo grandes cosas con ellos.
Mis rezos han sido escuchados y no he visto a Bruno en todo el día, cosa que agradezco de veras. Mi yo racional está tomando las riendas.
Cuando llego a casa me encuentro con la habitual forma de mi marido de decirme que no le importo nada: una vez más se ha dejado el plato sin recoger.
Me sirvo un poco del guiso de patatas con carne de la cacerola que preparé ayer y, después de recoger, me lío con mis clases.
Luego hago la merienda de las niñas y las paso a recoger al colegio para llevarlas a las extraescolares.
Me quedo en la cafetería a esperar, como siempre, y me entretengo mirando el móvil.
Hoy no me he traído nada del instituto porque me ha dado tiempo a terminarlo todo en casa.
Hacía mucho que no me pasaba, de manera que por fin tengo una hora sin deberes, sin casa, sin niñas, pero me entristece pensar que tampoco es una hora en la que pueda charlar con alguna amiga o disfrutarla de otro modo.
—Mami, ¿por qué no has ido a recogerme a clase como el otro día? —pregunta Blanca cuando entra en la cafetería.
—Porque estaba entretenida y se me ha pasado la hora —miento. No quiero que sepa que tampoco quería ir a buscar a su hermana para no ver a Bruno.
—Mira, aquí está tu madre —dice una voz que me eriza la piel. Es él, que entra en la cafetería con Delia de la mano.
—¿Pero qué te pasa, cariño? —pregunto a mi hija, agachándome a su altura.
—Como al terminar no te ha visto, se ha puesto a llorar —me explica Bruno, mirándola con ternura.
—Es que como la semana pasada viniste a la clase a buscarme… —solloza sin parar de restregarse los ojos.
—Pero, cielo, sabes que siempre estoy en la cafetería haciendo mis deberes, no tienes por qué llorar. —La consuelo con un abrazo. Se me parte el alma cuando lloran así, no puedo evitarlo.
—Bueno, pues resuelto el misterio de la madre desaparecida, yo me voy —bromea Bruno, guiñándole el ojo a Delia.
—Gracias —le digo, poniéndome de pie.
—No tienes por qué darlas. —Y, mirando a las niñas, añade—: Un detective siempre termina sus casos.
Ha conseguido hacerlas reír y ha relajado el ambiente solo con unas palabras.
Ángel llega pasadas las nueve de la noche, con lo cual nosotras ya estamos cenando. Después de ducharse entra en la cocina, pero ya hemos terminado lo que teníamos en los platos.
—Podíais haberme esperado para cenar —reprocha con su mal tono habitual.
—No me gusta que las niñas cenen tarde, ya sabes que se acuestan temprano y no es bueno que lo hagan con la tripa llena —explico sin mirarle.
—¿Y tú tampoco has podido cenar conmigo?
—¿Para qué? Últimamente no paramos de discutir y no tengo ganas de compartir mesa contigo —suelto de golpe, haciendo que me observe con los ojos muy abiertos y cara de no creerse lo que acaba de escuchar.
—Pues ya somos dos. —Y con esa frase da por finalizada la conversación, siempre tiene que decir la última palabra.
Cada vez tengo más claro que lo mejor es que nos separemos. Lo que no sé es cómo hacerlo, qué momento encontrar para decírselo a él y cómo decírselo a las niñas. No quiero tener que seguir mintiendo.
Todo son dudas al respecto, aunque por lo menos sé lo que no quiero ya: seguir compartiendo mi vida con un hombre que me trata como si fuera su criada y la niñera de sus hijas.
Yo quiero sentirme mujer, quiero que me amen, que me respeten y que me miren con orgullo, y con Ángel ya no tengo nada de esto.
No quiero ni dormir junto a él, pero tampoco estoy dispuesta a pasar la noche en el sofá y que, al día siguiente, me duela hasta el último hueso de mi cuerpo.