20
Me levanto con muchas ganas, hacía un tiempo que no me pasaba, pero es que ahora tengo un incentivo: ver a Bruno.
¡Con qué poquito me conformo! Hoy hay más tráfico de lo habitual en las calles; se nota que es lunes y la gente apura hasta última hora en la cama antes de levantarse.
Menos mal que el instituto está cerca del colegio de las niñas.
—Buenos días, Flora, ¿qué tal ha ido el fin de semana? —me pregunta Bruno en la hora del recreo.
—Buenos días, bien, como siempre —contesto con poco ánimo, y eso que tenerlo delante anima a cualquiera.
—Por tu cara no diría yo que ha sido muy bueno, ya sabes que puedes contar conmigo para lo que necesites —afirma, tocándome el codo. Con ese simple gesto hace que me ponga nerviosa—. El jueves a las cuatro de la tarde me traen lo que compramos el otro día, qué ganas tengo de tener ya el sofá.
—Me imagino —digo, tratando de sonreír—. Te dejo, que tengo que ir al cuarto de baño antes de entrar a clase.
Lo dejo casi con la palabra en la boca. Sé que podíamos haber estado hablando durante mucho más rato, pero he preferido marcharme.
Tengo muchas ganas de verle, pero, cuando lo hago, me siento un poco incómoda porque no sé si lo que estoy empezando a sentir por él está bien o mal.
Mi papel de madre no me deja pensar con claridad, pues siempre aparecen las niñas anteponiéndose a cada decisión que estoy a punto de tomar, haciendo que retroceda un paso.
Y así no consigo avanzar. Estoy estancada en un matrimonio que ya no funciona, en una mujer que ya no soy, en una madre que necesita un poco de desapego y en una hija que necesita el arropo de sus padres en estos momentos de su vida.
Las clases transcurren como todos los días, aunque siempre hay alguna anécdota para recordar o incluso para olvidar; pero los adolescentes son así, están creciendo y demostrándose a sí mismos y a la sociedad que están ahí, haciéndose un hueco para entrar en una nueva etapa de la vida.
Cuando salgo a las tres de la tarde, me encuentro a Bruno apoyado en mi coche; parece que me está esperando.
—Flora, necesito hablar contigo —me pide un poco nervioso.
—Ahora no es buen momento, tengo que ir a comer y, además, hacer muchas cosas. —Trato de poner una excusa que me aparte de él lo antes posible.
—Por favor, solo te entretendré unos minutos.
Siento mucho si te hice sentir mal con mi comentario del otro día, te aseguro que no era mi intención.
—Baja la cabeza para después volverme a mirar a los ojos—.
Solo es que estaba tan a gusto contigo que necesité expresar cómo me sentía en esos momentos.
La verdad es que me gusta mucho tu compañía y también creo que me gustas mucho tú.
Sus palabras me dejan de nuevo sin respuesta, mi corazón empieza a bombear y mi cuerpo lucha por quedarse donde está y no echarse en sus brazos.
—Bruno, yo… De verdad que me tengo que ir —me excuso y me meto deprisa en el coche, dejándole allí plantado.
Conduzco veloz hasta casa procurando no pensar en él y en lo que me ha dicho.
No me puedo creer que un hombre así se haya podido fijar en mí, seguro que podría tener a la mujer que le diera la gana, pero no, se ha tenido que fijar en la que más obstáculos tiene para empezar una relación.
Ya en casa, ni tengo ganas de comer, tengo el estómago cerrado, será porque está lleno de mariposas revoloteando.
¡Maldita sea mi suerte! ¿Por qué me tiene que pasar esto?
Saco mis cosas del instituto y trato de concentrarme, pero nada, es imposible.
Mi mente nos imagina a los dos en una playa desierta dando rienda suelta a nuestros sentimientos, sin nada ni nadie que se interponga en lo que estamos empezando a sentir. Tengo miedo.
A las cinco de la tarde voy a buscar a las niñas, seguro que con ellas me distraigo un poco y me olvido del tema.
—Mami, tenemos que ir a comprar el regalo de cumpleaños de Valeria —dice Blanca mientras meriendan en la cocina.
—Es verdad, no me acordaba, pues en cuanto merendéis, vamos, ¿tenéis alguna idea? —pregunto mirándolas.
—Pues yo había pensado en una mochila, así no la tendremos iguales —opina Delia.
—Pero cariño, la mochila la tenéis nueva, solo han pasado dos meses de clase, ya te lo dije el otro día.
—A mí no se me ocurre nada —afirma Blanca encogiéndose de hombros.
—Seguro que en la papelería encontramos algo que le guste, ya lo veréis.
Volvemos a casa después de estar más de una hora eligiendo el regalo, al final se han decidido por un diario con la portada rosa llena de brillantina —la verdad es que es una monada— y un juego de rotuladores muy originales de colores pastel.
Mientras las niñas están en la ducha, recibo un mensaje en el móvil.
Flora, soy Bruno, perdona que te escriba, he conseguido
tu teléfono en las fichas de los alumnos de gimnasia deportiva.
Solo quería decirte que lo siento, que sé que no está bien que te
diga esas cosas siendo una mujer casada. No volverá a ocurrir.
Solo espero que podamos seguir siendo amigos. Lo siento de verdad.
Releo el mensaje varias veces y mi corazón va a mil por hora. No sé si responderle o dejar las cosas como están. Si hago esto último tomaré distancia con él. Sí, creo que es lo más oportuno. Eso haré, mejor dejar las cosas así.
—¿Dónde están mis niñas favoritas? —saluda Ángel nada más entrar por la puerta.
—¡Papi! —gritan, saliendo a su encuentro.
A mí ni me mira. Me meto en la cocina, con el móvil en el bolsillo, y sigo preparando la cena. Tengo el tiempo justo de que él se duche para terminar de hacerla.
Mientras cenamos, las niñas le cuentan a su padre lo del cumpleaños de Valeria y el regalo que le hemos comprado esta tarde.
Yo ceno en silencio. Me acabo de dar cuenta de que es lo primero que tomo después del desayuno.
Claro, por eso me encontraba como mareada, con el estómago vacío durante tantas horas es lo más normal.
Nada más lavarme los dientes con las niñas —costumbre que quiero ir dejando poco a poco—, me meto en la cama, sé que no tengo del todo preparadas las clases para mañana, pero tampoco me apetece quedarme sentada en la cocina mientras Ángel está en el sofá viendo la tele.
Así, cuando se vaya a acostar, yo ya estaré dormida.