18
Me levanto de la cama justo después de que Ángel se haya ido al taller, así no tengo que cruzarme con él, no me apetece nada. Delia entra en la cocina justo cuando estoy terminándome el café.
—Buenos días, cielo, ¿qué haces levantada tan temprano? —le pregunto, dándole un abrazo.
—Ya no tengo más sueño y quiero desayunar bien antes de ir al ensayo. —Se frota los ojos—. Bruno nos ha dicho que, además de la leche, deberíamos tomar algo de fruta para desayunar.
—Pues si lo ha dicho Bruno, no se hable más —asiento y le coloco el frutero delante para que elija lo que quiera.
—Me comeré un plátano, pero también quiero leche con galletas —me pide pelando la fruta que ha elegido.
—Buenos días, mami —saluda Blanca dándome un beso—. Delia, ¿qué haces comiéndote un plátano ahora?
—Mi profe de gimnasia deportiva nos ha dicho que tenemos que tomar fruta para desayunar —le explica a su hermana.
—¿Y solo te lo tienes que tomar el sábado? —pregunta Blanca con interés.
—No, se supone que es todos los días, pero ayer se me olvidó decírselo a mamá.
Las gemelas desayunan y debaten sobre lo de tomar fruta en el desayuno, y yo no puedo parar de pensar en Bruno, es inevitable, ¡si hasta mi hija me lo nombra en casa!
Mientras ellas terminan, voy al cuarto de baño a darme una ducha rápida.
Hoy me doy un poco de brillo en los labios, para que hagan juego con mis ojos, que desde ayer no han dejado de refulgir cada vez que pienso en él y en lo que me dijo antes de bajar del coche.
Parecerá una tontería, pero que alguien me diga que le apetece verme hace que se me levante el ánimo y que la ilusión vuelva a mí; esto hace unos días lo veía imposible por la situación que estoy viviendo en casa con mi marido.
Llegamos un poco antes de la hora a la que empiezan los ensayos.
En realidad no sé cómo voy a reaccionar cuando vea a Bruno después de lo de ayer.
Dejaré que mi cuerpo actúe como sienta. No, no, eso es imposible, las niñas ya no son tan niñas y se podrían dar cuenta de todo.
Lo mejor será que haga como si nada hubiera pasado. Quizá estoy siendo un poco peliculera…
Estoy un rato en cada clase, como el sábado pasado, así puedo ver el ensayo de las dos y no se me enfada ninguna.
Bruno no me ha visto; me he colocado en una esquina para que no me llegue el reguero de babas que están dejando las otras madres mientras le miran.
No me gusta que se lo coman con los ojos, pero la verdad es que está para eso y más.
¿Estoy celosa? Me parece que se me ha ido la cabeza por completo.
Mi pensamiento me hace sonreír y, justo en ese momento, las pupilas de Bruno se clavan en las mías y me descubre sonriendo.
Hay que ver lo bien que le quedan todos los chándales que se pone; sigo pensando que se los han debido hacer a medida, porque si no, no es normal.
—Mami, ¿me has visto mucho rato? —pregunta Blanca cuando termina su clase.
—Claro, ya sabes que me divido para veros a las dos —contesto, dándole un beso.
—Es que he estado atenta y te he visto pocas veces —asegura mientras vamos a clase de Delia.
—Pues te habrá parecido a ti, cariño, ya sabes que lo controlo con el reloj —le vuelvo a mentir.
El otro día no tanto, pero reconozco que hoy sí que he pasado más rato en la clase de Delia, y no por ver el ensayo, sino por verlo a él. No me gusta tener que mentir, pero últimamente no me queda otra opción.
—Hola, Flora —me saluda Bruno con su deslumbrante sonrisa.
—Hola, ¿qué tal va el ensayo? —No se me ocurre otra cosa que decirle delante de mis hijas.
—Bien, los niños van a hacer un espectáculo muy bueno —cuenta mientras salimos del polideportivo.
—Seguro que sí. Bueno, nos tenemos que ir —informo resuelta, pero mis pies no se mueven del sitio.
—Profe, esta mañana he desayuno un plátano —le dice Delia antes de meterse en el coche.
—Así me gusta, que os alimentéis bien. Vuestros cuerpos necesitan energía de la buena para hacer deporte y crecer sanos.
Nos sonreímos a modo de despedida y él pasa delante de mí cargado con una mochila al hombro hasta llegar a su coche.
Es muy varonil, tanto su forma de andar como los movimientos involuntarios que hace con su cuerpo.
Es sexi, masculino, muy atractivo y un montón de adjetivos más erótico-festivos que ahora mismo no me salen.
Será porque no soy de letras, sino de ciencias; con lo cual, puedo decir que tiene un cuerpo naturalmente provocador.
—¡Venga, mami, arranca! —chilla Delia, devolviéndome a la realidad.
—Sí, sí, cariño, me he despistado un segundo.
Pongo el coche en marcha y me dirijo a casa, el último sitio donde me apetece estar en estos momentos, pero es lo que toca.
Nada más entrar, me cambio de ropa y me meto en la cocina. Ya tengo el menú elegido; las niñas me pidieron por el camino que hiciera otra vez arroz con tomate. Ellas están en el salón haciendo deberes cuando escucho la puerta de casa.
—¡Papi, papi! —gritan al unísono.
—¿Dónde están mis niñas favoritas? —les saluda tan original como siempre.
—Papi, hoy he desayunado fruta —le cuenta Delia.
—¿Fruta? ¿No había leche en casa o qué? —pregunta, mirándome.
—También he desayunado leche, pero es que Bruno nos ha dicho que tenemos que comer fruta para poder hacer el deporte mejor —explica con inocencia.
—¿Bruno? ¿Quién es Bruno? —Alza las cejas.
—Es mi profe de gimnasia deportiva, papi, ¿no te acuerdas?
—Sí, sí, claro que me acuerdo, pero ¿es ese con quién estuvisteis en el centro comercial? —pregunta mirando a las dos.
—Claro, papi, no te enteras… —interviene Blanca, riéndose.
—No creo que haya muchos Bruno a nuestro alrededor, no es un nombre muy común, así que ¿debo adivinar que ese mismo Bruno es compañero tuyo en el instituto? —me pregunta, entrando en la cocina y dejándome paralizada.
—Sí, el mismo —asiento como si no me importara lo más mínimo que lo sea.
—¿Entonces he arreglado el coche al tío que se paseó con mi familia por ahí como si fuera la suya? —pregunta de muy malas formas—. Si no es por la factura que le hice, no me entero de su nombre, ¿por qué no me dijiste que el compañero al que me mandabas al taller también era el profesor de Delia?
—Pues porque no creí que fuera importante. Él me pregunto si conocía un buen mecánico y yo le di la dirección del taller; no creo que tuviera que añadir que también era el profe de Delia —explico mientras me empieza a doler la tripa de los nervios que me están entrando.
—Según tú, apenas lo conocías y resulta que estuviste comprando ropa con él —dice con mala leche y con muy buena memoria—. No sé qué te traes entre manos, Flora, pero espero que no sea algo de lo que tengas que arrepentirte.
—¿Arrepentirme? —digo, elevando la voz—. ¿Pero tú te estás oyendo?
Sale de la cocina y se sienta en el sofá con las niñas, dando por zanjada la conversación.
No me ha importado que las niñas estuvieran escuchando todo.
Es la primera vez que no pienso en ellas al discutir con su padre; estoy cansada ya de callarme siempre que están ellas delante y dejar que él se salga con la suya y me diga lo que le venga en gana.
Me tiemblan las manos, estoy casi al límite, pero ¿dónde mierda tengo yo ese límite?
¿Es que no he aguantado ya lo suficiente?
No sé qué es lo que debería hacer a continuación, no sé qué pasos debo seguir para terminar con esto de una vez. Ya no puedo más.
Comemos en completo silencio. Ni siquiera mis hijas hablan durante la comida, supongo que se han quedado bastante impresionadas después de vernos discutir así.
Lo siento mucho por ellas, pero no puedo pasarme lo que me queda de vida fingiendo para que parezca que todo va bien, cuando, en realidad, esto ya no tiene buena pinta.
Terminamos de comer y el primero que sale de la cocina es Ángel, directo al sofá, y ellas se quedan ayudándome a recoger.
—Mami, ¿estás bien? —pregunta Blanca muy bajito.
—Sí, cielo, estoy bien —miento y le dedico una sonrisa.
—Nunca había visto a papá tan enfadado —asegura Delia también en susurros.
—Los mayores también nos enfadamos de vez en cuando, no solo vosotras —digo, revolviéndole el pelo—. Venga, id a ver una peli a vuestra habitación, que voy a fregar el suelo de la cocina.
Se van las dos a su cuarto no muy convencidas.
Sé que para ellas ha sido una situación diferente a la que están acostumbradas en casa, pero no me podía quedar callada una vez más.
Cuando termino, me cojo mi portátil y me lo llevo a la cocina.
Quiero mirar en Internet información sobre lo que tengo en la cabeza; espero que no venga alguno y me descubra.
—Papi, ¿vamos a ir al centro comercial? —oigo que le pregunta Delia a su padre un par de horas después.
—Estoy cansado, hoy no es buen día —le contesta sin quitar la vista de la televisión.
—Jo, papi, ayer te dije que quería ver las luces —refunfuña Delia.
—Pues ya las verás en otro momento, hoy no me muevo del sofá.
Delia se va llorando por el pasillo, pobrecita mía, está pagando con ella su mala leche, y eso sí que no me parece justo.
Me levanto de la silla, apago el portátil y voy a su habitación, donde me encuentro a Delia llorando desconsolada y a su hermana acariciándole el pelo tratando de calmarla. La escena me enternece.
—Cariño, no llores, venga, mientras vosotras os peináis, yo voy a ir preparándoos la ropa para ir un ratito al centro comercial, pero solo ver las luces y volvernos, ¿os parece bien?
—¡¡Sí!! Gracias, mami, eres la mejor —exclama Delia, tirándose a mi cuello—. Pero no nos vistas igual, ¿vale?
Su último comentario me hace reír, pero pensar en cómo le va a sentar a Ángel que lleve sola a las niñas al centro comercial me pone un poco tensa. Aunque hoy ya no creo que la cosa pueda ir a peor, ¿o quizá sí? Bueno, que sea lo que tenga que ser.
Mientras ellas se visten, yo también me arreglo un poco.
Me apetece verme brillar al mirarme al espejo, igual que esta mañana, porque ahora mismo estoy gris.
Cuando salimos de las habitaciones, escuchamos roncar a Ángel en el sofá.
Se ha quedado dormido viendo la tele, por lo tanto, no creo que se entere de que nos vamos; cuando volvamos será otra cosa...
—¡Qué bonito está todo! ¡Cómo me gusta la Navidad! —grita Blanca, entusiasmada.
—Tenía razón Valeria, está todo adornado ya —le dice Delia a su hermana, mirando a todas partes con ilusión.
Mientras ellas van parándose en cada tienda para ver los escaparates decorados, yo voy pensando en la bronca que me espera cuando lleguemos a casa por haberme traído a las niñas.
También viene Bruno a mi cabeza, y recuerdo la vez que estuvimos aquí con él y cada tienda en la que entramos.
Estos pensamientos sí que me traen una sonrisa a la cara.
Después de dar varias vueltas por todo el centro comercial, nos volvemos a casa.
Sé que a mis niñas les hubiera gustado quedarse a comer una hamburguesa, pero tampoco quiero que se líe muy gorda cuando lleguemos a casa, por eso será mejor no volver muy tarde.
—¿Se puede saber dónde estabais? —pregunta Ángel en cuanto abro la puerta de casa—. He estado llamándote al móvil y no me lo has cogido.
—No me he dado cuenta —aseguro sincera y lo busco dentro del bolso—. Lo tenía en silencio, tengo la costumbre de quitar el volumen cuando estoy haciendo cosas del instituto y me olvidé de activarlo cuando salimos de casa.
—Papi, no te enfades con mamá, ha sido culpa mía —solloza Delia.
—¿Pero qué estás diciendo, cariño? Tú no tienes la culpa de nada —le digo abrazándola.
—Sí que la tengo, porque yo quería ir a ver las luces del centro comercial. —La pobre no deja de llorar.
—¿Así que habéis ido al centro comercial? —pregunta Ángel levantando las cejas con esa expresión tan suya que hace cuando está mosqueado.
—Sí, mami nos ha llevado porque teníamos muchas ganas de ver los adornos de Navidad, y como tú estabas cansado, pues no hemos querido molestarte —nos excusa Blanca con una madurez que no esperaba en ella.
—Está bien, pero la próxima vez espero que me cojas el teléfono, estaba preocupado.
Aunque me cueste reconocerlo, sus palabras me suenan sinceras.
En el móvil tenía cinco llamadas perdidas suyas, de manera que debe ser de verdad su preocupación.
Para cenar, las niñas quieren que comamos una pizza.
Pido dos por teléfono y cenamos como si fuéramos una familia normal; la única diferencia es que mi marido y yo no nos dirigimos la palabra.