Eres la razón de mi sonrisa 17
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Mientras desayuno en casa, le doy vueltas y más vueltas a todo lo que me está pasando con Ángel.

No sé cómo solucionarlo. Por un lado, me gustaría borrar todo lo malo y hacer como si no pasara nada, pero, por otro, soy incapaz de olvidarme de lo que me ha dicho y, sobre todo, de la forma en que me lo ha dicho.

Me ha hecho mucho daño, tanto que me cuesta continuar con esta relación como si no hubiera pasado nada.

Me duele sentirme así. Me casé con él pensando que era para toda la vida, que siempre íbamos a ser felices como lo éramos entonces, y ahora veo que las cosas nunca son como una planea o, al menos, a mí no me pasa eso.

Llego al instituto. Hoy es el último día de la semana y los alumnos estarán más inquietos que otros días; los viernes suelen ser así, están deseando terminar todas las clases y hacer planes con los amigos para el fin de semana.

¡Bendita juventud! Están en esa edad en la que su mayor problema, en la mayoría de los casos, es pensar qué se van a poner para salir o en si estará en la discoteca la chica o el chico que les gusta.

Luego creces y los problemas son otros, pero aprendes a solucionarlos por ti mismo o, al menos, a intentar arreglarlos sin la ayuda de los padres.

¡Qué bien me vendría a mí poder contar con mis padres en estos momentos!

Les contaría todo lo que me está pasando con Ángel.

Seguro que ellos me ayudarían a encontrar la mejor solución.

Cuánto los he echado de menos en algunos momentos de mi vida…

Llega la hora del recreo y, aunque no me toca guardia, decido salir un poquito al patio para sentir el sol en mi cara, que hoy ha amanecido un día precioso. Veo a Bruno que se acerca hasta donde estoy yo y me pongo un poco nerviosa, como viene siendo habitual.

—Buenos días, Flora, menudo día bueno que tenemos hoy —saluda con su estupenda sonrisa—. Ya empezaba a pensar que teníais el mismo clima que Asturias.

—Ya lo irás viendo, pero aquí en verano tenemos mucho calor y en invierno, mucho frío. Aunque esté el sol fuera en invierno, no pienses que calienta, solo adorna, como digo yo. —Mis palabras le hacen reír y eso consigue que me relaje un poco.

—Yo estoy acostumbrado a la lluvia, con lo cual, me conformo con que no llueva tanto como allí.

—He estado pensando en tu proposición del otro día, la de que te acompañáramos a comprar muebles —comento dispuesta a hacer algo diferente—. Hoy tengo libre desde las dos hasta las cinco, ¿te parece bien que te acompañe en ese tiempo?

—¿Lo dices en serio? —pregunta con los ojos muy abiertos—. Claro que me parece bien, pero ¿no te causará ningún problema?

—No, tranquilo, hasta las cinco no recojo a las niñas; hasta esa hora soy toda tuya. —Enseguida me pongo roja como un tomate; lo he dicho sin pensar.

—De acuerdo, pues nos vemos a la salida, en el aparcamiento, ¿te parece bien?

—Perfecto, hasta después —me despido y me marcho muerta de vergüenza.

Cuando salgo de la última clase, los nervios empiezan a apoderarse de mí. Parezco una adolescente en su primera cita. ¿Cómo me puede estar pasando esto con los años que tengo ya? Además, esto no es una cita, solo voy a ayudar a un compañero a comprar muebles.

Cojo aire y sigo caminando hacia el aparcamiento.

—Tendré que ir en chándal, como hemos quedado sin planearlo… —dice, acercándose a mí—. ¿Dejas tu coche aquí?

—Sí, pero tienes que traerme antes de las cinco para que me dé tiempo a ir al colegio. Está a pocos minutos de aquí, pero prefiero llegar con tiempo.

—Por eso no te preocupes, llegarás de sobra a recoger a tus hijas —me promete—. Por cierto, ¿conoces algún sitio donde podamos comer algo decente?

—Ni idea, no solemos salir mucho a comer fuera, a no ser que sea una hamburguesa con las niñas y cosas así —desvelo un poco más de mi vida privada.

—Pues entonces, comeremos a la aventura —propone, haciéndome reír—. Quizá encontremos un buen sitio.

Le indico el camino para llegar a una zona comercial, donde hay varias tiendas de muebles y decoración.

Aparca el coche y echamos un vistazo a nuestro alrededor.

Decidimos entrar en un bar que no es una franquicia de comida rápida, y eso ya es difícil de encontrar en un lugar así.

La carta es bastante común, mucho frito y poco cuchareo.

Bruno al final ha optado por pedirse un sándwich de pollo y yo me he unido a su decisión.

—Está muy bueno —opino después de limpiarme con la servilleta, tras dar el primer bocado.

—La verdad es que, viendo la carta, dudaba de que fuera a encontrar algo saludable, pero esto me ha sorprendido. Yo suelo cuidar bastante mi alimentación, no es que esté todo el día comiendo ensaladas, pero evito comer azúcar y procuro que haya equilibrio entre proteínas e hidratos.

—Ya me gustaría a mí, pero con las niñas en casa es imposible no tener algo dulce, también es algo a lo que echo mano cuando me entra la ansiedad. —Y otra vez me muerdo la lengua por haber hablado más de la cuenta.

—Por experiencia te digo que la comida no es la solución a nuestros problemas, y sé que muchos la hacen responsable.

Estar bien alimentado es la base para tener buena salud, pero, bueno, de vez en cuando nos podemos permitir algún capricho en forma de chocolate —reconoce con una sonrisa que me corta hasta la respiración.

—Llevo tiempo con ganas de cambiar un poco mis hábitos, sobre todo, me gustaría hacer algo de deporte, pero es que tengo las horas del día tan ajustadas que, si hago deporte, tengo que dejar de hacer otras cosas que también son importantes.

—Entonces me considero muy afortunado ahora mismo por tener tu compañía porque, en realidad, deberías estar haciendo otras cosas.

No le desaparece la sonrisa.

—Creo que sí… Ahora mismo estaría preparando algo para la cena o corrigiendo exámenes —apunto, logrando que se ría.

—Me alegro de haberte sacado un poco de tu rutina.

Y se mete en la boca el último trozo de sándwich, haciendo que desee convertirme de repente en pan de molde.

Cuando terminamos de comer, insiste en invitarme para agradecerme que le acompañe y nos vamos a ver un par de tiendas.

A las cuatro y media de la tarde ya tenemos el sofá y la mesa, pero aún no se ha decidido por ninguna lámpara. Le propongo que se espere a tener más muebles para comprarse una que vaya más acorde con el estilo que elija.

—Tienes razón, seguiré solo con la bombilla —dice, mirándome de una forma tan intensa que mis piernas vuelven a temblar.

A quince minutos de las cinco de la tarde, me deja en el aparcamiento del instituto, tal y como me había prometido. Hemos pasado la tarde entre compras y risas, algo que me ha venido fenomenal, ¡me hace tanta falta reírme!

—Gracias por haberme acompañado, no sé qué hubiera comprado sin ti —me agradece, consiguiendo que me sonroje otra vez.

—Gracias a ti por haberme hecho pasar una tarde tan divertida y diferente.

—Sé que no está bien lo que te voy a decir, pero me encantaría repetir… y no me refiero a ir a comprar muebles —sonríe—, sino a volver a verte fuera del trabajo.

Sus palabras me hacen sentir lo mismo que imagino que el cielo siente cuando sale el sol después de una gran tormenta.

Me deja tan descolocada que lo único que se me ocurre es montarme rápido en mi coche y volver a mi vida.

Necesito bajarme de esta nube porque el golpe que me voy a dar cuando caiga al suelo va a ser tremendo.

—Mami, ¿vamos a hacer algo especial esta tarde? —pregunta Blanca en cuanto suben al coche.

—Pues no tenía nada pensado —respondo con la mente en blanco.

—El viernes que viene es el cumple de Valeria y nos ha invitado al parque de bolas —cuenta Delia con mucha ilusión. Si hay alguien a quien de verdad le gustan las fiestas de cumpleaños, esa es ella.

—Pues tendremos que comprarle un regalito, no se nos puede olvidar —aviso, mirándolas por el retrovisor.

Cuando llegamos a casa, hago tres sándwiches de crema de chocolate, uno para cada una y, con cada bocado, recuerdo lo que hemos hablado esta tarde Bruno y yo sobre la comida sana.

Sí, sé que lo que estamos merendando no es nada sano, pero mi cuerpo me pide azúcar y no lo puedo evitar.

Si él me pudiera ver, seguro que me regañaba.

Después, recojo la cocina, incluido el plato de Ángel que también hoy se lo ha dejado encima de la mesa.

Tras terminar de recoger, les propongo ir a hacer la compra.

Apenas quedan cosas en la nevera y, como mañana tienen el ensayo de Navidad, pues tampoco voy a poder.

En el supermercado siempre salgo con más cosas de las que llevo apuntadas, y eso que hoy hemos ido con el estómago lleno, que si no…

Ya de nuevo en casa, las niñas se ponen a hacer deberes.

No entiendo cómo les pueden mandar tantos para el fin de semana; deberían dejar a los niños jugar y disfrutar un poco.

Al menos, yo no mando a mis alumnos nada para el fin de semana, prefiero que lo dediquen a otras cosas, aunque si tienen algún examen sí que les recomiendo que estudien el sábado y el domingo, que es cuando más tiempo libre tienen.

Ángel entra en casa pasadas las nueve de la noche.

Espero que no venga con ganas de pelear, porque después de la buena tarde que he pasado, no quiero que nada ni nadie me la estropee.

Cenamos tranquilamente, al menos, en lo que se refiere a discutir.

Las niñas, como siempre, le cuentan a su padre el día que han tenido, pero él no está para mucha conversación; lo veo demasiado callado esta noche.

—Papi, ¿mañana por la tarde nos llevas al centro comercial? —le pregunta Blanca.

—Claro, haremos lo que queráis —responde sin muchas ganas.

—Dice Valeria que esta semana han puesto los adornos de Navidad —cuenta Delia.

—Cada año los ponen más pronto, seguro que dentro de poco los pondrán según acabe el verano —refunfuña Ángel.

—Pero, papi, ¡si es lo más bonito de la Navidad! —exclama Blanca con cara de ilusión.

—Eso y los regalos —apunta Delia, mirando a su hermana.

Este comentario nos hace reír a los cuatro, y consigo relajarme un poco más, que desde que ha llegado Ángel, estoy más tensa que la cuerda de un equilibrista.

Después de lavarnos los dientes, las gemelas se meten en la cama, Ángel se sienta en el sofá a ver la tele y yo cojo mis cosas del instituto con la intención de quedarme en la cocina y adelantar trabajo.

—¿Por qué no has venido a comer hoy a casa? —me pregunta con mal tono desde el sofá.

—Porque he tenido que sustituir a una compañera —le miento y me voy a la cama, no tengo ganas de hablar nada con él.

En la cama recuerdo de nuevo el rato tan estupendo que he pasado con Bruno hoy y lo que me ha dicho antes de bajarme de su coche.

Eso hace que mi corazón lata con fuerza; cada cosa que tiene que ver con él hace que me sienta bien y disfruto con esas sensaciones como hacía tiempo que no lo hacía.

Y así, con estos pensamientos tan bonitos, me quedo dormida.