Eres la razón de mi sonrisa 16
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Me despierto intranquila y me meto en la ducha.

Esta noche he tenido una pesadilla: he soñado que Ángel era policía y, en plan película, me hacía un interrogatorio sobre Bruno, que era un ladrón, y la policía creía que yo era su cómplice, de manera que no paraba de hacerme preguntas sobre él, a lo que yo solo contestaba: «No lo conozco de nada,

no sé quién es, nunca lo he visto».

Ahora, mientras me ducho, me hace gracia, pero el sueño era tan real y estaba tan angustiada que estaba deseando salir de allí y del acoso de mi marido.

Hay que ver cómo nos tratan los sueños. La mayoría de las veces son producto de nuestro subconsciente y nos hacen vivir nuestros propios miedos o ilusiones.

—Buenos días, Flora, ayer al final me tuve que ir y no estuve en el recreo —se disculpa Bruno en el aparcamiento del instituto.

—Ah, hola, no te preocupes, no pasa nada —digo, quitándole importancia.

—Sí me preocupo porque yo soy un hombre que hace lo que dice, y si digo que te veré después, es porque te voy a ver, no me gusta faltar a mi palabra —razona muy serio.

—De verdad que no pasa nada —le vuelvo a decir con mi mejor sonrisa—. ¿Qué tal el coche? ¿Ya lo tienes a punto?

—Qué suerte he tenido de dar con tu marido —comenta, haciéndome reír por dentro, si él supiera…—. Me ha dejado el coche como nuevo, se nota que le apasiona la mecánica. Me dijo que le gustaban mucho los deportivos.

—Sí, siempre ha sido su ilusión tener un coche de ese estilo, pero vinieron las gemelas y vimos que no iba muy acorde con nuestra nueva vida —le cuento, mirando hacia abajo.

—¿Va todo bien? Te noto triste —observa mientras comenzamos a andar hacia la entrada del instituto.

—Sí, sí, todo bien.

—¿Hoy también tienes guardia en el recreo? —pregunta antes de que entremos.

—No, hoy me quedaré en la sala de profesores.

—De acuerdo, luego te busco y te comento una cosa.

De nuevo, la sonrisa vuelve a aparecer en mi cara.

No sé qué será lo que tiene que comentarme o proponerme, pero me hace ilusión el simple hecho de que quiera verme después.

Las siguientes horas pasan lentas, muy lentas.

¿Por qué siempre que tenemos algún plan importante los minutos previos son eternos y cuando lo estamos pasando bien el tiempo pasa deprisa?

No me parece justo, pero la vida es así de puñetera muchas veces.

Ya se ha encargado de demostrármelo en varias ocasiones.

Cuando termino la última hora, me voy a la sala de profesores y me como mi sándwich. Allí espero, nerviosa, a verlo aparecer por la puerta. Antes que él, entran otras compañeras, cogen un par de libros y se van sin entretenerse mucho. Bruno se cruza con ellas en la misma puerta y se saludan.

—Pensé que hoy tampoco podría verte —dice según entra en la sala.

—Pero si ya me has visto por la mañana —comento riéndome, más que nada porque necesito relajarme. No sé por qué tengo que estar tan nerviosa.

—Es verdad, qué despiste, y mira que yo no soy nada despistado…

—Será que necesitas adaptarte un poco más al cambio de ciudad —le disculpo.

—Será eso. Bueno, pues como te dije el otro día, tengo algo que proponerte. Bueno, en realidad tengo algo que proponeros —dice algo inquieto.

—¿Proponernos? ¿A quiénes? —pregunto intrigada.

—Estaba pensando que las niñas y tú podríais acompañarme a mirar algunos muebles para mi casa el viernes por la tarde.

—No creo que sea buena idea. —Su plan me hace sentir un poco incómoda, pero no por él, sino por mis circunstancias.

—Lo siento, no pensaba que te iba a sentar mal —afirma un tanto confundido por mi respuesta y mi actitud—.

Como te ofreciste a ayudarme si necesitaba algo, había pensado que después de lo bien que me aconsejasteis con la ropa, seguro que lo haríais igual de bien con los muebles. Siento si me he pasado.

—Bruno, te voy a ser sincera y espero que me entiendas.

A mi marido no le hizo ninguna gracia que estuviéramos el viernes contigo en el centro comercial.

De hecho, tuvimos un poco de bronca por ese motivo.

Las niñas se lo pasaron tan bien contigo que se lo contaron con toda la inocencia del mundo y a él le sentó como un tiro.

Por eso, no creo que sea buena idea repetirlo...

—Me quedo unos segundos callada—. Tampoco sabe que quien le ha llevado el coche al taller es el mismo que estuvo con nosotras en el centro comercial, si no…

—Te entiendo, Flora. ¿En qué estaría yo pensando? —Su cara es distinta a cuando empezó a proponerme el plan de los muebles, ya no tiene esa alegría de hace un rato—. Lo siento, no quiero perjudicarte de ninguna manera.

—Tranquilo, tú no tienes la culpa. Lo que más rabia me da es que sé que las niñas lo pasarían genial; en realidad, yo también me lo pasaría muy bien.

Nuestros ojos se observan como si se hubieran descubierto por primera vez.

Nos quedamos mirándonos en silencio y sus ojos azules se clavan en los míos.

No quiero pestañear para no perderme ni un solo rasgo de esas facciones tan masculinas y tan arrebatadoramente sexis.

Mi corazón empieza a latir con fuerza y a mi boca le entran ganas de lanzarse a devorar la suya; no hay nada que ahora mismo me apetezca más que besarle.

Pero vuelvo a la Tierra y me marcho de la sala de profesores, pues sé que si me quedo, puedo cometer una locura de la que después me voy a arrepentir.

No sé qué es lo que me ha pasado, pero hacía tiempo que mi corazón no latía con tantas ganas.

Hoy salgo a las dos de la tarde, de manera que cuando llego a casa Ángel ya está comiendo.

Le saludo desde la puerta y me lo devuelve con la boca llena.

Me voy al cuarto de baño a lavarme bien la cara y las manos antes de sentarme a comer, aunque la verdad es que no tengo nada de hambre, pero un plato caliente de lentejas me va a sentar bien.

Por suerte, cuando voy a la cocina, Ángel ya está terminando de comer.

Me sirvo el mío, lo caliento y me siento.

Según lo hago, él se levanta, dejando su plato sucio sin recoger.

—¿Esto va a ser ya para siempre? —pregunto, señalando la mesa.

—Es lo que hay, será que te cuesta mucho quitarlo cuando vayas a recoger el tuyo —suelta sin ninguna vergüenza.

—No inventes excusas, te dejas el plato esté yo comiendo o no, a ti eso te da igual.

—Pues ya te digo que es lo que hay y, si no te gusta, te coges la puerta y te vas. Deja de tratarme como si fuera un hijo tuyo y hazlo como lo que soy: tu marido.

—Te trataré como mi marido cuando tú me trates a mí como tu mujer, no como tu criada, que ya está bien —digo haciéndome la fuerte, aunque siento que si me levanto las piernas me van a flaquear.

Sus palabras me hacen tanto daño que no sé de dónde saco el valor para enfrentarme a él de esta manera.

Creo que es porque ya estoy cansada de esta situación, de estar siempre esperando que me suelte cualquier cosa, de no saber si hoy va a haber bronca o no, de tragar y tragar…

Se enciende un cigarrillo y sale por la puerta dando un portazo que hace que tiemblen hasta las paredes.

En ese momento, me derrumbo y me pongo a llorar como hacía tiempo que no lloraba.

Por fin estoy sola en casa para hacerlo a gusto.

No entiendo cómo hemos podido llegar hasta estos extremos, con lo mucho que nos queríamos...

Pero todo tiene un final o, al menos, mi matrimonio creo que está a punto de tenerlo porque yo no puedo más, no aguanto esta situación.

Pero ¿a dónde voy? ¿Qué pasa con mis niñas?

No puedo coger e irme como me ha dicho, claro, que lo ha dicho porque sabe que no voy a hacerlo, sabe que las niñas están por encima de cualquier arrebato que me dé y de eso también se aprovecha.

Aún sigo llorando cuando estoy preparando la merienda para las extraescolares.

—Mami, ¿de qué es el sándwich? Estoy muerta de hambre —dice Delia nada más montarse en el coche.

—Hola, cariño, yo también me alegro de verte —respondo, haciéndola reír.

—Perdona, mami, no me he dado cuenta —se disculpa.

—Lo sé, cielo. —Sonrío, lo importante es que se ha dado cuenta de lo que yo trataba de demostrarle—. Toma, espero que te guste.

—Yo también tengo hambre, las lentejas del comedor no me gustan nada —refunfuña Blanca poniendo cara de asco.

—Anda, qué casualidad, yo también he comido lentejas.

—Pero seguro que las tuyas estaban mucho más buenas —asegura Delia mientras da el primer bocado.

En cuanto llegamos al polideportivo, van corriendo cada una a su clase, y yo me quedo en la cafetería como siempre.

Bueno, como siempre no, hoy me quedo acompañada por la tristeza que no me ha dejado ni un solo instante desde que Ángel y yo hemos discutido.

Me tomo un café con leche y corrijo unos exámenes que tengo pendientes.

—Mami, ¿por qué no has venido a la clase a buscarme como el otro día? —pregunta Delia, extrañada, cuando entra al cabo de una hora en la cafetería.

—Ay, cariño, estaba liada corrigiendo y no me he dado cuenta de la hora —le vuelvo a mentir. No quería ver a Bruno después de todo lo que hablamos por la mañana en la sala de profesores.

—Te perdono —dice, dándome un abrazo.

—¡Mami, mami! Me he roto las medias de baile, pero ha sido sin querer —grita Blanca con cara de circunstancias mientras se acerca.

—No te preocupes, ya lo arreglamos en casa —aseguro con cariño.

De camino al coche, oigo unos pasos que se acercan corriendo detrás de nosotras, sospecho quién puede ser.

—¡Delia! Te dejas la bolsa —le dice Bruno, extendiendo la mano—. Hola, Flora.

—Hola, creo que esta bolsa no es de mi hija.

—Pues si no es tuya ¿de quién podrá ser? —pregunta Bruno, preocupado.

—Es de Elena —responde Delia que ha sacado una camiseta de su interior.

—Ah, de acuerdo, espero que no le haga falta porque ya se ha ido a su casa. La dejaré guardada y el sábado, cuando venga al ensayo, se la daré. Gracias, Delia, has sido de gran ayuda. —Le revuelve un poco el pelo.

—¡De nada! —responde mientras ella y su hermana se van montando en el coche.

—Flora, yo… —Me mira—. ¿Estás bien? Tienes mala cara.

—Sí, estoy bien, es solo que me duele un poco la cabeza —le miento.

—Bueno, pues no os entretengo más. Hasta mañana, que te mejores —se despide sin dejar de mirarme.

Estoy empezando a sentirme mal por mentir tanto a los que me rodean.

A unos les miento para que no se preocupen y a otros para que no se enfaden.

Y, en realidad, a la que más engaño es a mí misma, haciéndome creer que soy feliz teniendo la vida que tengo y sin pararme a mirar un momento por mí y por mis necesidades. Y esto es lo peor.