15
Desde que ayer llegamos a casa, no he dejado de pensar en Bruno y en cómo me habló cuando nos íbamos del polideportivo.
Parecía que quería decirme algo, pero creo que son imaginaciones mías.
Es como si yo necesitara crearme en mi cabeza algo bonito para salir del mal rollo que estoy viviendo con Ángel.
Desde la cocina, oigo a las gemelas discutir en su habitación. No sé qué estará pasando, mejor voy a ver antes de que se líe más gorda.
—¿Pero qué pasa aquí? —Las sorprendo apoyándome en la puerta.
—Que Delia hoy no quiere ponerse la misma ropa —contesta Blanca.
—A ver, Delia, ¿por qué no quieres ponerte la que te he dejado preparada? —le pregunto señalando lo que tiene encima de la cama.
—Porque ya estoy harta de ir las dos iguales, además ¿no me dijiste que tener una hermana gemela está bien para ver cómo me queda la ropa si no tengo espejo? Pues no me gusta cómo le quedan esos pantalones a mi hermana, así que no pienso ponérmelos.
—Está bien, hoy te sacaré otra ropa distinta, pero de este tema tenemos que hablar con tranquilidad las tres, no podéis hacer las cosas como os dé la gana a vosotras —explico guardando la ropa y cogiéndole otra.
—¡Pero si yo no he dicho nada! —exclama Blanca, enfadada, porque se ha mantenido al margen de todo.
—Lo sé, pero este tema os concierne a las dos y hay que hablarlo en cuanto podamos —aviso y salgo por la puerta—. Y daos prisa, que no podemos llegar tarde al colegio.
Vuelvo a la cocina a terminar de preparar la fruta para que se lleven al recreo y pienso de nuevo en cómo están creciendo mis niñas, ya hasta quieren opinar de la ropa que se ponen, cuando siempre se han vestido con la que les he elegido yo sin problema alguno.
Cuando termino de comer, me lío con la rutina diaria, que es hacer la comida del día siguiente y prepararme mis clases; después, voy a buscar a las niñas al colegio.
—Mamá, hoy he tenido un día buenísimo, todo me ha salido perfecto —dice Delia feliz.
—Me alegro mucho, cariño. —La miro por el retrovisor y veo que tiene una gran sonrisa.
—Creo que ha sido por llevar otra ropa distinta a Blanca, me ha dado suerte.
—Bueno, cielo, tienes que saber que eso no influye en la suerte...
—Pues yo creo que sí y estoy muy segura —apunta, convencida por completo.
—Es que Sergio la ha elegido de pareja para hacer el trabajo del libro de lectura —salta Blanca, haciendo que su hermana la fulmine con la mirada.
—No es por eso, lista, tú qué sabrás. —La cara de Delia se acaba de poner roja como un tomate, aunque creo que es más bien de rabia.
—Bueno, niñas, no quiero que discutáis, cada una tiene un criterio y la otra debe respetarlo. Que no estéis de acuerdo, no quiere decir que la otra opinión sea verdad o mentira —explico, tratando de poner paz.
Sigo pensando lo mismo que esta mañana: mis niñas están creciendo demasiado rápido.
Como ya empiecen con lo de gustarles algún niño…
¡Pues pronto comenzamos! Y lo más triste de todo es que no me apetece comentarlo con Ángel.
Como padres, deberíamos reírnos y disfrutar de cada etapa que tienen nuestras hijas, pero, ahora mismo, estando las cosas como están, no creo que sea lo ideal.
Sin querer, pensando en mi marido, me viene Bruno a la cabeza porque recuerdo que iba hoy al taller a hacer la revisión y a cambiar las ruedas de su coche.
Espero que todo vaya bien y que no surja mi persona en ningún tema de conversación. Solo de pensarlo, me tenso.
Ángel entra por la puerta de muy buen humor, cosa que me deja bastante tranquila.
Saluda a las niñas como siempre y se mete en la ducha.
Ya ni un beso me da, solo un simple «hola», pero tampoco me importa, lo prefiero así; a mí tampoco me apetece mucho besarle cuando están las cosas como están.
Ya no siento nada cuando me besa y eso hace que me coma mucho la cabeza.
—Tu compañero es un tío estupendo, incluso me ha dejado conducir su coche después de cambiarle las ruedas para que viera cómo iba —me cuenta mientras cenamos los cuatro.
—No sé, apenas lo conozco —le miento para que no me note nada.
—¿Cómo se llama tu compañero, mami? —La pregunta de Blanca me pilla por sorpresa, pero consigo reaccionar rápido.
—Pues no me acuerdo, lleva poco tiempo y no coincido mucho con él.
Según lo digo, hago como que he terminado de cenar y me levanto de la mesa.
Sé que si me quedo un poco más, al final, terminarán pillándome en la mentira, y ya lo que me faltaba.
Si Ángel se entera de que es el mismo con el que fuimos al centro comercial, ¡para qué quiero más!
, y si las niñas ven que miento, pues menuda forma de estropear todo lo que trato de inculcarles.
Me agobio tanto que salgo de la cocina y me voy directa al cuarto de baño.
Me lavo la cara, apoyo las manos sobre el lavabo, me miro al espejo y trato de tranquilizarme un poco.
Espero que no me hayan notado nada raro, porque yo disimulando no soy muy buena que digamos.