Eres la razón de mi sonrisa 14
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Nada más salir de una clase, Bruno se acerca a mí en el pasillo y algo parecido a una culebrilla me recorre por dentro. ¿Qué demonios me pasa?

—Buenos días, Flora —me saluda con esa sonrisa que se ha vuelto hasta casi necesaria en mi día a día—. Gracias por darme la dirección del taller de tu marido

—De nada, espero que te haya ido bien.

—Pues mejor de lo que esperaba. Me deja las cuatro ruedas a muy buen precio y el miércoles le hará la revisión.

—Qué bien, me alegro —digo, intentando una sonrisa que no me llega a la cara.

—¿Va todo bien? —pregunta, cogiéndome del codo. Es la segunda vez que sus manos me tocan.

—Sí, tranquilo, todo bien. Bueno, me voy que tengo otra clase ahora mismo. Ya nos veremos.

—Claro, ya nos veremos.

¿Cómo voy a contarle lo que me pasa? ¿Cómo voy a decirle que mi matrimonio está hecho una pena, que no soporto ya a mi marido, que estoy muy agobiada con todo y que creo que me gusta mucho un compañero de trabajo?

No es viable esa conversación con él. Mejor mantener un poco las distancias y seguir con mi vida como si nada me pasara, como si todo esto que me ocurre con Ángel fuera algo normal en todas las parejas y no pudiera quejarme, y que me guste otro hombre no tenga nada que ver conmigo.

No vuelvo a coincidir con Bruno en todo el día.

Me hubiera gustado verle, aunque fuera de lejos o a la salida, y poderme recrear un rato la vista, pero nada, hoy no ha podido ser.

Dicen que si deseas algo con muchas fuerzas, al final lo consigues; pues no será que no lo hago…

Hace años también deseé con ganas que mis padres fueran a mi boda y no acudieron.

De hecho, no he vuelto a saber nada de ellos desde entonces.

Mi trato con ellos era estupendo hasta que empecé a salir con Ángel, pues no entendían que me hubiera fijado en un simple mecánico; querían un chico con carrera para su única hija y nuestra relación empezó a hacerse pequeña hasta volverse inexistente.

Me lo dejaron muy claro el día que me casé con Ángel: desaparecieron de mi vida, solo porque les importaba más «el qué dirán».

Ni siquiera sé si están vivos o muertos, aunque para mí sé cómo están.

A las gemelas nunca les he ocultado que tienen otros abuelos.

Al principio de saberlo, no entendían por qué ellos no querían verlas, pero, con el tiempo, comprendieron que el problema era conmigo y ya ni me preguntan por ellos.

Preparo un par de sándwiches para las niñas y me voy a recogerlas al cole. Estoy contenta porque sé que voy a ver a Bruno, aunque sea unos minutos, en el polideportivo. En cuanto llegamos, ellas se van cada una a su clase y yo sigo con mis cosas, que aún las tengo a medias.

—Mami, hoy he terminado un poco antes, la profe tenía que ir al médico. —Me sorprende Blanca entrando en la cafetería.

—Vale, cariño, no pasa nada, ¿quieres que vayamos a la clase de tu hermana? —le pregunto con toda la intención.

—Sí, vale, así también veo a su profe, que es muy simpático —dice sonriendo.

Bruno hace estragos, por lo que veo, entre féminas de cualquier edad. No me extraña, ¡con lo bueno que está!

Entramos en la clase de Delia y vemos cómo hacen los ejercicios que van a exhibir en el festival, la verdad es que la coreografía es bastante sencilla y buena a la vez, seguro que les queda muy bonito.

No sabía yo que venían tantas madres a ver a sus niños entre semana…

Como siempre me quedo en la cafetería, no me entero.

Ah, claro, también tiene que influir que Bruno es el profe; sospecho que le mirarán más a él que a sus hijos.

Cuando termina la clase, se acerca al grupo de madres que estamos allí para explicarnos la ropa que tienen que llevar los niños para la función de Navidad, dice que prefiere avisarnos con tiempo para que no haya problemas con nadie a última hora.

¡Qué majo es! Me gusta cómo se expresa y cómo gesticula al hablar, transmite mucha seguridad en sí mismo y eso me encanta.

Termina de aclararnos lo del vestuario y nos vamos.

No quiero ver cómo se quedan las demás allí babeando.

—Flora, espera. —Nos pilla casi montando en el coche.

—Hola, Bruno, dime. —No sé por qué me pongo tan nerviosa cuando me habla.

—Me acaba de decir una madre que ella se podría encargar de comprar la ropa y los accesorios de todos, creo que ha dicho que conoce una tienda o no sé qué —me explica.

—Pues me viene fenomenal, con el poco tiempo que tengo…

—Por eso te lo digo, solo tenéis que darle el dinero y ella se encarga de todo.

—De acuerdo, muchas gracias. —No puedo dejar de mirar su sonrisa. Me doy cuenta de que él no se mueve—. ¿Algo más?

—Esto… No, no, nada más, imagino que llevarás prisa.

—Esto… Sí, claro, como siempre, voy con prisa. Hasta mañana, Bruno —me despido de él sin poder quitar mis ojos de los suyos y siento algo en estos momentos que no he sentido jamás con él.

—Mami, tengo frío, ¿nos vamos ya? —pregunta Blanca desde el coche.

—Sí, cariño, ya voy —respondo en voz alta sin dejar de mirarle.

—Hasta mañana, Flora, que pases una buena noche —me dice de una forma tan distinta a como suele hablarme que no sé…

De camino a casa, no dejo de pensar en él y en esa sensación que he tenido al mirarnos. Sin darme cuenta, se me dibuja una sonrisa en la cara. Flora, déjate de tonterías de películas románticas y céntrate en la carretera.