Eres la razón de mi sonrisa 13
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Al final, ayer llegamos con el tiempo justo de duchas, cenas y a la cama, porque nos pilló bastante tráfico de vuelta a casa; por lo menos, he dormido bien.

Mi suegra se huele que algo pasa, pero no quiero preocuparla ni disgustarla con nuestros problemas matrimoniales.

Desde que la conocí, se ha portado conmigo como si fuera mi madre, me ha tratado con mucho cariño y respeto, nunca se ha metido donde no la han llamado y, si ha tenido que dar la razón a alguien por alguna cosa, siempre me la ha dado a mí antes que a su hijo.

Con mi suegro tampoco es que tenga mala relación, solo que es distinta a la que tengo con Rosa.

Él tiene una forma de ser más reservada y participa poco en las conversaciones.

Al llegar al instituto, veo mi plaza de aparcamiento libre para que yo estacione mi coche y, de nuevo, al bajarme, me vuelvo a acordar de Bruno y del día de la lluvia.

Fue en ese momento cuando nuestros brazos se rozaron por primera vez.

Pero ¿se puede saber por qué estoy pensando esto?

A ver, Flora, céntrate. Camino deprisa hasta el interior del centro y mis ojos no dejan de buscarlo, aunque sin éxito.

A la hora del recreo coincido con él de guardia, pero esta vez no nos miramos de lejos, sino que se acerca a saludarme.

—Hola, Flora, ¿qué tal ha ido el fin de semana? —pregunta con su estupenda sonrisa.

—Hola, Bruno, bien, como siempre. —Su cercanía me pone un poco nerviosa.

—Oye, muchas gracias por asesorarme tan bien el viernes con la ropa. —Como siga sonriendo así me voy a tener que sentar para no caerme—. Si no llega a ser por vosotras, no sé qué me hubiera comprado.

—No tienes por qué darlas, la verdad es que lo pasamos muy bien contigo; hacía mucho que no íbamos con un hombre de compras. —Y, según lo digo, me arrepiento, no creo que a él le importe ese detalle, pero me ha salido solo, sin pensarlo.

—Bueno, los hombres tenemos fama de estar poco interesados en ir de tiendas, pero creo que eso solo les pasa a los que tienen pareja —bromea, haciéndome reír.

—Pues nunca lo había visto desde ese punto de vista, pero creo que tienes razón. —Qué fácil es hablar con él—. Acuérdate de lavar los jerséis del revés y con colores parecidos, no vayas a liarla.

—Sí, además meto en la lavadora una toallita de esas para que no se mezclen los colores, es un truco que me dio mi madre —cuenta haciéndose el experto, aunque con cara de inocente.

—Si necesitas alguna cosa hasta que te familiarices con el instituto o con la ciudad, solo tienes que decírmelo. —Justo en esos momentos suena el timbre que anuncia el fin del recreo.

—Gracias, lo haré.

Su sonrisa me deja trastocada por completo. Bruno es guapísimo; además, es muy simpático y educado, y tiene un cuerpo de escándalo. Sigo pensando que es clavadito a Jason Momoa, pero sin barba. Su melena me encanta.

Cuando a las tres voy a coger el coche, me vuelvo a encontrar con él. ¡Qué alegría para mis ojos! Está agachado junto al coche con el maletero abierto.

—¡Bruno! —le llamo mientras me acerco—. ¿Te ha pasado algo?

—Pues me he encontrado la rueda pinchada, menudo fastidio.

Tengo otra de repuesto, pero de esas que te dejan hacer pocos kilómetros.

Tendría que haber cambiado hace tiempo las cuatro ruedas, pero lo he ido dejando y ¡mira!

—dice enseñándome la que se ha pinchado—.

¿No conocerás un taller de confianza que no sea muy caro para cambiarlas y de paso hacerle una revisión al coche?

—Mi marido tiene un taller mecánico —suelto otra vez sin pensar antes de hablar—. Pero…

—Ah, pues estupendo, ¿me podrías dar su teléfono para ver cuándo puedo acercarme?

—Mejor te doy la dirección, él está todos los días, incluso los sábados por la mañana —explico—. Pero será mejor que no le digas que eres el profe de gimnasia de Delia…

—¿Hay algo por lo que deba preocuparme? —pregunta, acercándose más a mí.

—No, no tiene nada que ver contigo. Solo que las niñas le contaron lo bien que lo pasamos el viernes en el centro comercial y a él no le hizo mucha gracia —cuento sin tapujos—.

Lo que no le dijeron es que tú también das clases en el instituto.

Seguro que no se acordaron, así que puedes decirle eso, que somos compañeros de trabajo y te he dicho que podías ir allí.

—Flora, yo no quiero causarte ningún problema, es lo último que me gustaría hacer contigo.

Esas palabras suenan a música en mis oídos. No quiere causarme ningún problema, ¿se puede ser más ideal? Sus ojos de color azul oscuro me tienen hipnotizada; no puedo dejar de mirarlos, hasta que, de repente, empiezo a escuchar mi nombre en sus labios.

—Flora, Flora, ¿estás bien? Parece como si te hubieras ido a otro sitio. —Me mira extrañado.

—Sí, solo estaba pensando. —Salgo del trance y me río para tratar de disimular—. Espero que te atienda bien y te haga buen precio.

Dicho esto, le escribo la dirección en un trozo de papel que saco del bolso y se lo entrego.

Sin querer, nuestros dedos se rozan. Es la primera vez que nos tocamos, si es que esto se puede definir así.

Nos despedimos y me monto en el coche camino a casa.

Cuando llego, me hago un filete a la plancha y me aliño un tomate en rodajas.

El plato de Ángel sigue en la mesa, sucio, esperando a que yo lo quite y lo lleve al fregadero. ¡Qué harta estoy ya!

Cuando vuelvo de recoger a las niñas del colegio, les preparo la merienda y, mientras ellas hacen los deberes, yo preparo la comida para el día siguiente. Sobre las ocho y media de la tarde llega Ángel y las niñas corren a saludarlo.

—Papi, hemos sacado un ocho en un examen de Lengua —le cuenta Blanca.

—¿Las dos la misma nota? No os habréis copiado, ¿verdad? —les pregunta riéndose.

—No, papi, ha sido casualidad, ni siquiera estudiamos juntas para el examen —le explica Delia muy seria.

—Pues es una nota estupenda. En cuanto pueda, os compraré un regalito.

A mí nunca me ha gustado eso de premiar con cosas materiales por las notas.

De hecho, me parece una mala forma de incentivar a un niño para que estudie.

Preferiría que les hubiera dicho que las llevaría a la piscina de bolas, a comer una hamburguesa el fin de semana o a montar en bicicleta; ese sí que sería un buen regalo para ellas: pasar más tiempo con su padre.

—Hoy vino un compañero tuyo del instituto al taller —dice Ángel sin mirarme mientras cenamos una tortilla francesa.

—Ah, sí, me preguntó y le di tu dirección —hablo, intentando no darle importancia.

—Pues el miércoles por la tarde me va a traer el coche para que le haga una revisión y le cambie también las ruedas, hacía tiempo que no tenía en el taller un coche como el suyo, es una pasada —comenta con la boca llena, qué maldita costumbre.

Las niñas siguen contándole cosas a su padre, cortando la conversación, menos mal.

Espero que no lo haya relacionado con el profesor de Delia, aunque imagino que no; si no, me lo hubiera dicho.

Después de cenar recojo la cocina y me pongo con mis cosas del instituto, lo que sea por no sentarme con él en el sofá a ver la tele.