Eres la razón de mi sonrisa 12
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Me levanto temprano porque tengo que planchar las dos lavadoras que puse ayer.

Las niñas se ponen a terminar los deberes después de desayunar.

Ángel se levanta sobre las diez de la mañana y no me da ni siquiera los buenos días.

Tampoco lo esperaba después de la tarde tan fría que tuvimos ayer en casa.

Pues si piensa que voy a ser yo la que rompa el hielo, lo lleva claro.

Llegamos a casa de mis suegros a las doce de la mañana, las niñas están muy contentas por verlos y sé que ellos también lo están.

—¿Cómo están mis nietas favoritas? —les saluda el abuelo, abrazándolas.

—¡Abuelo! —gritan al unísono.

—¿Y para la abuela no hay nada? —pregunta mi suegra, secándose las manos en el delantal.

—¡Abuelita! Qué ganas tenía de verte —grita Blanca y la abraza muy fuerte.

—¿Pero qué comen estas niñas que cada día están más grandes? Ya casi estáis tan altas como yo —dice la abuela, midiéndose con ellas.

—Pues la comida del cole no está muy buena, pero la que hace mi madre está para chuparse los dedos —contesta Blanca.

—Tu madre es que es muy buena cocinera —afirma acercándose a mí y dándome dos besos—. Flora, ¿cómo estás?

—Bien, Rosa, como siempre, entre la casa, el trabajo y las niñas, muy liada, ya sabes —explico con una sonrisa.

—Ojalá mi Ángel tuviera más tiempo libre para echarte una mano, aunque no sé yo si lo haría, porque es igualito que su padre, no me ayuda en nada —susurra con complicidad.

—¿Y vosotros cómo estáis? —pregunto mientras entro con ella en la cocina.

—Bien, bueno, con los achaques típicos de la edad, pero bien, no nos podemos quejar mucho —contesta, abriendo la puerta del horno—. Espero que vengáis con hambre, he hecho la comida favorita de las niñas.

—Se van a volver locas cuando los vean. —Levanto las cejas al mirar lo que está sacando en una bandeja.

—Menos mal que he podido hacerlos. Me podríais haber avisado con más tiempo.

Suerte que todavía no había cerrado la tienda de aquí abajo, que si no, no sé cómo hubiera hecho los canelones —me regaña con dulzura—.

No me esperaba que llamara mi Ángel a esas horas de la tarde para decirme que veníais hoy a comer.

En realidad, tampoco esperaba que me llamara él, como siempre lo haces tú…

—Es que yo estaba liada corrigiendo exámenes —miento para que no se preocupe.

La comida transcurre con toda la normalidad del mundo, excepto porque Ángel y yo no nos dirigimos la palabra. Las niñas no paran de hablar y de contarles a los abuelos todo lo que hacen en el cole y cómo será el festival de Navidad. Eso hace que me acuerde de Bruno y se me escape una sonrisa.

Después de comer, entre mi suegra y yo recogemos la mesa y la cocina. Ángel y su padre se sientan en el sofá, como dos marmotas, y las niñas corretean por la casa.

—Perdona que te pregunte, pero ¿va todo bien entre mi hijo y tú? —me pregunta bajito para que nadie nos oiga.

—Sí, todo bien —le vuelvo a mentir.

—Flora, sabes que te quiero como a una hija, y también sé cómo es mi Ángel, así que si necesitas desahogarte, aquí me tienes. —Me coge del brazo con cariño.

—Lo sé, Rosa, gracias, pero no tienes de qué preocuparte.

Las niñas interrumpen el momento, menos mal, porque con lo sensible que estoy estaba a punto de confesarle la forma en que me trata su hijo, pero sé que luego me iba a arrepentir.

—Abuelita, ¿han sobrado canelones? —pregunta Delia.

—Delia, hija, eso no se pregunta —le corrijo.

—Perdón —dice Delia.

—Sí, han sobrado para que os llevéis a casa. Pero haz caso a tu madre, porque lo que quiere es que seáis unas niñas bien educadas —le dice Rosa, abrazándola.

Igualita que su hijo, ojalá Ángel hubiera heredado la diplomacia y el saber estar de su madre. Pero bueno, cada uno es como es. Y a mí cada día me gusta menos cómo es Ángel, sobre todo, conmigo.

Estoy tan a gusto con mi suegra charlando de todo un poco y las niñas se lo están pasando tan bien que me da pena irme. Pero Ángel ya ha dicho en voz alta que nos vamos, en su papel de jefe de la tribu, con lo cual, cogemos los abrigos y nos despedimos de los abuelos.

—Muchas gracias por todo —les digo a los dos y les doy un par de besos.

—Abuelita, gracias por los canelones. —Sonríe Delia, enseñándole el táper.

—Y gracias también por el bizcocho que has hecho para merendar —añade Blanca.

—Qué niñas más bienhabladas, se nota que vuestra madre os está educando muy bien. Ya sabéis lo que os he dicho, hacedle caso en todo.

—Las abraza a la vez.

—Venga, vámonos ya, que se nos va a hacer tarde. —Ahí está Ángel, rompiendo el momento tan bonito entre abuela y nietas.

—Sí, hijo, seguro que se te hace tarde para ver algún partido de fútbol por la tele, porque si no, yo no sé —le reprocha, dándole un beso.

—Cuídate mucho, Rosa —le digo a mi suegra con cariño.

—Tú también, hija, tú también.

No sé si será instinto femenino o qué, pero, con la mirada, mi suegra me ha dicho que sabe que algo no va bien entre nosotros. No ha necesitado decirlo en alto; sin embargo, he visto complicidad en sus ojos.