Eres la razón de mi sonrisa 11
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Como tengo dos hijas que preparan a la vez el ensayo para Navidad, no me queda otra que estar un ratito en cada clase y así puedo ver a las dos.

Reconozco que he estado más rato en la de Delia, pero ha sido porque me apetecía ver a Bruno, y eso que no tuvimos un muy buen comienzo que digamos.

Aunque, como dice el refrán, las cosas no son como empiezan, sino como acaban.

Sobre las doce y media, las niñas terminan. Primero recojo a Blanca, así tengo la excusa perfecta para no tener prisa cuando vaya a buscar a Delia. En cuanto me aproximo a su clase, veo a Bruno salir junto a Delia; vienen hablando y riéndose.

—Hola, Flora, quiero que sepas que tienes una gran deportista en casa —me dice guiñándome el ojo, cosa que hace que me flojeen un poco las piernas.

—Seguro que no ha salido a su madre… —afirmo un poco avergonzada.

—Pues deberías hacer deporte, sobre todo porque relaja y desestresa —comenta con una sonrisa que sería capaz de derretir todo el hielo del Polo Norte.

—Si no es por ganas, no te creas, es cuestión de tiempo. Si ya el día se me queda corto con veinticuatro horas que tiene, imagínate si tengo que hacer deporte también.

—¿Hoy vas a ir al centro comercial? —pregunta Blanca a Bruno con interés.

—No lo tenía pensado, pero si vais vosotras, seguro que me apunto.

—¿Podemos ir, mamá? —me pregunta Delia con ilusión.

—No podemos ir otra vez, cariño, además esta tarde está papá y…

—Pues cuando llegue papá le convencemos y quedamos con mi profe allí —me corta Delia la frase.

—No creo que papá tenga ganas, llegará cansado —aseguro para quitarle la idea de la cabeza.

—Es verdad —asegura Blanca, desilusionada—, papá siempre está cansado.

Viendo que la conversación está tomando un carácter mucho más personal, decido que lo mejor es marcharnos a casa, aunque la verdad es que no es lo que más me apetece en estos momentos.

—Bueno, nos vemos el lunes en el instituto —le digo a Bruno a modo de despedida.

—Sí, allí nos vemos. —Me sonríe y se vuelve hacia las gemelas—. Chicas, nos vemos el martes aquí. Alimentaos bien, ya sabéis que es fundamental para cualquier deportista.

—¡Adiós! —responden las dos a la vez, haciéndole reír.

Pasada la una de la tarde, entramos en casa. Ángel debe estar a punto de llegar y no tengo la comida preparada, ya empiezo a estresarme de nuevo con lo de tener todo bien para que el señorito esté contento. Al menos, tengo la casa limpia y recogida. A ver lo que dura.

Me meto en la cocina y me pongo a cocinar un arroz con tomate; es lo único que se me ocurre para que me dé tiempo a hacer antes de que él llegue. Después de una media hora, el arroz está casi a punto y escucho la puerta de la entrada.

—¡Papi! ¡Papi! —gritan las niñas y salen a su encuentro.

—¡Hola, pequeñas! Cómo os he echado de menos, ayer no os vi en todo el día —les dice mientras las abraza—. Después de ducharme, me contáis que tal os ha ido el ensayo.

Me quedo en la cocina viendo con disimulo la escena. Sé que las quiere mucho, de eso no me cabe la menor duda. A los pocos minutos, entra en la cocina y me da un beso en los labios de esos que no saben a nada, de los que se dan por compromiso y por costumbre, y se va al cuarto de baño.

Mientras comemos, las niñas no paran de hablar de lo que han hecho en el ensayo de esta mañana. Están muy ilusionadas con el espectáculo de Navidad.

—¿Y ayer qué tal en el cole? —les pregunta.

—En el cole muy bien, pero por la tarde mucho mejor —dice Delia con la boca llena y no la regaño, no quiero estropear el momento.

—¿Y eso? ¿Qué hicisteis?

—Mamá nos llevó al centro comercial a comprarnos ropa y nos encontramos con el profe de gimnasia de Delia y se vino con nosotras —cuenta Blanca toda ilusionada.

—¿Cómo que se fue con vosotras? —le pregunta a Delia, dejando el tenedor en el plato.

—Necesitaba que nosotras le dijéramos si le quedaba bien la ropa que se iba a comprar o no, así que nos acompañó a las tiendas —explica Delia con inocencia.

—Y después también fuimos con él al parque de bolas —continúa Blanca.

La cara de Ángel comienza a cambiar. Ha pasado de estar muy contento hablando con las niñas a mirarme con cara de mosqueo. Me da que se avecina otra bronca en breve; por lo tanto, me levanto de la mesa y recojo mi plato. No tengo ganas de follón en estos momentos.

—¿No vas a comer más? —Se dirige a mí.

—No, estoy llena, creo que me he servido más de la cuenta —le miento, pero es que no quiero seguir sentada a la mesa con él porque sé lo que va a venir a continuación.

Continúa preguntándoles detalles de la tarde de ayer.

Parece que está muy interesado en saber quién es el profe de Delia y qué es exactamente lo que hicimos.

Me siento como si hubiéramos hecho algo malo y no tengo por qué.

Nunca le había visto tan preguntón; hasta diría que está un pelín celoso, pero, bueno, eso seguro que son imaginaciones mías.

Cuando terminan de comer, vuelvo a la cocina.

—¿Quieres que te ayude, mamá? —me pregunta Blanca.

—No, gracias, cariño, vete a ver una peli con tu hermana. —La miro con ternura y le doy un beso.

Mientras ellas van a su habitación, Ángel entra en la cocina con ganas de guerra o, al menos, es lo que me transmite su cara.

—¿Qué pasa, me estás buscando sustituto? —pregunta, apoyado en la puerta.

—¿Sustituto? No sé a qué te refieres, pero no me gusta nada tu tono de voz.

—No te hagas la tonta, Flora, que nos conocemos. Mientras yo estoy trabajando sin parar, tú te vas al centro comercial de compras con un amiguito, ¿pero tú qué te has pensado? —me reprende de malas formas.

—Tenía que comprarles algo de ropa, crecen muy rápido y lo que tienen se les está quedando pequeño. Y claro que voy de compras, pero con ellas, ¿dónde las voy a dejar?

—¿Y por qué tiene que ir tu amiguito con vosotras? ¿Es que ahora llevas guardaespaldas o qué?

Cada vez me gusta menos la forma en la que me habla y no quiero que escuchen las gemelas nada de lo que está pasando.

—Las niñas ya te han contado como fue. Si tú te piensas lo que no es, es problema tuyo, no mío. Ya está bien —intento no levantar la voz, pero quiero que me note enfadada.

—Si tenías que comprar ropa a las niñas, haberte esperado a esta tarde para que hubiera ido yo con vosotras —dice, autoritario.

—¡¿Desde cuándo quieres venir tú de compras?! —exclamo sorprendida por sus palabras mientras me seco las manos en el paño de la cocina.

—A partir de hoy no quiero que vayas por ahí sola con las niñas, ¿has entendido?

—Pues entonces deberías dejar de trabajar, porque estoy todo el día sola con ellas de aquí para allá —respondo con chulería.

Tras mirarme con algo parecido al odio y a la confusión, se da la vuelta y se va al salón a sentarse en el sofá.

Las piernas me tiemblan un poco, no me gusta discutir, pero es que, últimamente, no tengo otra opción con él: o esto o me callo y, desde luego, no me pienso callar después de oír lo que me dice.

¿Pero quién se ha creído que es para hablarme así?

Me encierro en el cuarto de baño y me pongo a llorar, pero no de pena, sino de impotencia y de rabia.

Estoy harta de su manera de ser conmigo, estoy harta de sus gritos, estoy harta de que me trate como si fuera la criada de esta casa, estoy harta de él.

—Mami, ¿estás ahí dentro? —pregunta Blanca, llamando a la puerta.

—Sí, cielo, estoy aquí —respondo, secándome las lágrimas.

—Es que me hago pis —dice desde el otro lado.

—Voy. —Respiro hondo y abro la puerta.

—¿Qué te pasa, mami? Tienes los ojos rojos.

—Nada, cariño, me ha debido de entrar un poco de producto de ese que uso para limpiar la vitrocerámica —me excuso y salgo del cuarto de baño.

Me llevo a la cocina mis cosas del instituto. Ahora que están las niñas entretenidas con la película, voy a aprovechar para organizarme todas las clases que pueda. Intento concentrarme, pero no puedo, estoy muy dolida con Ángel y mi cabeza no deja de darle vueltas al asunto.

Enseguida Delia entra en la cocina.

—Mami, ¿estás haciendo deberes?

—Sí, cariño, estoy preparando las clases de la semana que viene.

—¿Y no ves la tele? Siempre te gusta verla en el sofá después de comer los sábados. —Me mira extrañada.

—Es que como tengo tantos deberes, no puedo —le miento.

—Papi me acaba de decir que mañana vamos a ir a comer a casa de los abuelos —dice saltando.

—¡Qué bien! —exclamo, tratando de esbozar una sonrisa.

Ya lo que me faltaba, que haga planes sin contar conmigo.

Antes siempre me lo preguntaba o, incluso, era yo la que se lo proponía a él para que las niñas vieran a sus abuelos.

Ahora, parece que todo ha cambiado: él decide y las demás acatamos sus órdenes.

Iré porque mis suegros son unas personas estupendas y no tengo ganas de discutir otra vez, que si no…