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Como las niñas tienen que estar en el polideportivo a las once de la mañana, las dejo dormir un poco más, aunque es raro que sean las ocho y media y aún no estén en pie. Seguro que están cansadas por la tarde de ayer. Con lo cual, voy a aprovechar para limpiar la casa antes de que se levanten.
Ángel llegó más tarde de las doce de la noche —lo sé porque a esa hora me quedé dormida y él aún no estaba en casa— y a las ocho de la mañana se ha levantado.
Yo ya estaba despierta en la cama, pero me he hecho la dormida, no tengo ganas ni de darle los buenos días; en cuanto se ha ido al taller, me he levantado.
No sé si está mal pensarlo o no, o siquiera sentirlo, pero me vino bien que ayer no viniera a la hora de siempre.
Disfruté mucho cenando a solas con ellas, aunque no pararon de preguntar por su padre y por qué no venía ya a casa.
Yo me sentí de maravilla sin él, no tenía ganas de escuchar sus reproches o de discutir otra vez.
Cuando termino de limpiar, despierto a las niñas y, mientras ellas desayunan, me doy una ducha.
Me sorprendo a mí misma mirándome en el espejo, tardando en elegir lo que me voy a poner.
Por lo general, me pongo lo primero que pillo, o casi, pero hoy me esmero un poco más en arreglarme; creo que sé quién es el culpable.