Eres la razón de mi sonrisa 9
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Esta noche tampoco he podido dormir bien y ni la ducha consigue despejarme del todo.

Con el mal rollo que me entró después de lo de la cena, no he conseguido cerrar los ojos y descansar como debería.

Pero ya es viernes y tengo todo el fin de semana por delante para evadirme un poco, si es que puedo, claro.

Mi plaza de aparcamiento está libre, como tiene que estar, por lo que estaciono tan tranquila.

Al menos este frente ya está cerrado, un problema menos.

Al bajarme del coche, me acuerdo de lo que pasó ayer —el momento paraguas— y miro a mi alrededor a ver si le veo.

Nada, no hay rastro de él, a lo mejor ha llegado ya.

Voy directa a la clase de 1.º B, donde tienen hoy examen.

Se lo entrego y, en absoluto silencio, se ponen a responderlo.

No tengo fama de ser una profesora dura o de poner exámenes difíciles.

Prefiero sentirme satisfecha porque mis alumnos se han enterado bien de los conceptos básicos del tema antes que evaluarlos solo por los exámenes.

Las notas son algo más que pasar pruebas escritas: también hay que atender en clase, traer los deberes acabados y participar en clase.

Creo que con estas tres cosas bien hechas, un alumno se garantiza el aprobado.

La mañana transcurre más o menos como siempre, aunque sigo sin ver a ese como se llame por ningún sitio. ¿Y si ha venido solo a hacer una suplencia de tres días? Lo mismo se ha resfriado, y no me extraña, con la que cayó el otro día.

Hoy también termino a las dos de la tarde, pero solo el hecho de volver a casa y encontrarme con Ángel me pone de mal humor. Conduzco más despacio de lo habitual, no tengo ganas de llegar.

Cuando entro, vuelvo a ver el abrigo encima del sofá. Parece que le da igual y que sigue con ganas de bronca.

—¿Hoy también hay fabada para comer? —pregunta desde la cocina sin saludarme.

—Sí, ayer sobraron y no las iba a tirar —contesto bastante seca.

—Yo no te pido exquisiteces, pero, por lo menos, me gustaría no tener que comer lo mismo dos días seguidos.

—Pues si no te gusta lo que hay de menú, te vas al bar y comes allí —suelto sin ni siquiera pensar antes de hablar.

—Ya lo que me faltaba, estar todo el día trabajando y no poder comer decente en mi casa —dice, provocándome.

—Ya te he dicho lo que tienes que hacer si no te gusta. Yo también trabajo, da gracias a que todos los días tienes la comida y la cena hecha, ya me gustaría que me pasara lo mismo a mí.

—Si quieres metemos una cocinera en casa para que estés toda la tarde sentada en el sofá viendo telenovelas —rebate en muy mal tono.

—No quiero una cocinera, quiero que tú participes también en las cosas de casa —expongo, subiendo el tono.

—Yo no tengo ni idea de cocinar, así que no me vengas con rollos.

—Yo no te digo que cocines tú, pero yo tendría más tiempo si, por ejemplo, recogieras tu plato cada vez que comes, dejaras tu ropa recogida y no tirada encima de la cama cuando te duchas, o tu abrigo en el perchero y no en el sofá,

o te ocuparas un poco de tus hijas en vez de reírles todas las gracias.

Se queda mirándome, se enciende un cigarrillo y pone cara de ofendido.

—Esta noche no me esperéis para cenar, he quedado con Francisco cuando salga del taller.

Y, dicho esto, coge su abrigo y se va. Según se escapan las palabras por mi boca, voy explotando a cada sílaba; le he dicho todo lo que él ya sabe, no es nada nuevo, y me he quedado corta.

Soy una persona a la que no le gusta nada discutir, lo paso fatal, me altero muchísimo y luego me cuesta volver a tener las pulsaciones en su sitio; pero lo que tampoco puedo consentir, como mujer y como persona, es que me diga cosas tan injustas y que mire tan poco por mí.

Llevamos muchos años juntos y, cada día que pasa, siento que estamos más lejos el uno del otro.

No es el Ángel que conocí, y yo tampoco soy la Flora que era antes.

Sé que todos cambiamos con el tiempo, aunque no tiene que ser para mal; pero una pareja se tiene que basar en el respeto y en el amor, y creo que ahora mismo nosotros no tenemos ni lo uno ni lo otro.

—¿Qué tal ha ido en el colegio, niñas? —les pregunto en cuanto se montan en el coche.

—¡Bien! —responden al unísono.

—¿Tenéis muchos deberes?

—Muy pocos y solo de dos asignaturas —contesta Delia.

—Es que estaba pensando que si traíais pocos deberes… —Paro de hablar y observo su reacción, están expectantes—, podríamos ir a merendar al centro comercial.

No hace falta que me contesten nada, sus gritos en el asiento de atrás me dicen que les apetece mucho, y a mí también me va a venir bien distraerme un poco.

Por lo tanto, cojo rumbo al aparcamiento del centro comercial.

El primer sitio al que vamos es una cafetería llena de bizcochos, rosquillas y magdalenas; nos encantan a todas, para qué lo voy a negar.

Después de tomarse dos batidos enormes de fresa y un par de magdalenas con pepitas de chocolate, nos vamos a dar un paseo por las tiendas.

Aprovecharé, ya que estamos aquí, para comprarles algo de ropa y yo me compraré unos vaqueros nuevos y dos jerséis que me hacen falta.

—¡Profe, profe! —grita Delia mientras vamos por los pasillos mirando escaparates.

Me giro hacia donde ellas están mirando para saludar también a su profesora, cuando mi cuerpo se queda paralizado al instante al ver a quién es. No me puedo creer que frente a mí tenga a ese como se llame.

—¡Hola, Delia! —dice acariciándole la cabeza.

—¡Hola, profe! —saluda ella—. He venido a merendar con mi madre y con mi hermana.

—Hola, Flora, no sabía que eras la madre de Delia. —Sabe mi nombre y no recuerdo habérselo dicho.

—Hola, sí, Delia es mi hija —saludo, alucinada por completo, y creo que con cara de tonta también.

—Soy su nuevo profesor de gimnasia en el polideportivo; la anterior va a tener un bebé y yo la sustituyo —me explica con una sonrisa.

Estaba convencida de que a quien saludaba la niña era a su tutora del colegio, no esperaba encontrarme con él—.

Lo que no sabía era que tenías a Delia por duplicado —bromea.

—Sí... —Me siento un poco avergonzada por la situación—. Cariño, saluda a… al profe de gimnasia de Delia —intento disimular porque sigo sin saber cómo se llama.

—Hola, me llamo Blanca, yo también voy al polideportivo, pero a baile clásico.

—Encantado, Blanca —dice, revolviéndole un poco el pelo—. Aparte de ser el profe de tu hermana, también soy compañero de tu madre en el instituto.

—¿Trabajas con mi madre? —preguntan las dos a la vez.

—Sí, he empezado esta semana, soy profesor de Educación Física.

—Hemos venido a merendar después de salir del cole y ahora vamos a comprar ropa —le explica Delia con todo detalle.

—Cariño, no entretengas más a… a tu profe, que seguro que tiene muchas cosas que hacer. —Quiero que nos vayamos de aquí lo más rápido posible. No sé por qué estoy tan nerviosa.

—No, Flora, tranquila, no tengo nada que hacer. De hecho, es la primera vez que vengo; quería comprarme algo de ropa que no fuera deportiva —lo dice con una sonrisa que deja entrever sus perfectos dientes.

—Mamá, ¿se puede venir con nosotras? —me pregunta Delia.

—¡Qué buena idea! —exclama, mirándolas—. Así me dais vuestra opinión, las chicas sabéis mucho de esto. —Ahora sus ojos se detienen en mí buscando la aprobación, que no tardo en manifestar con un ligero movimiento de cabeza.

Mentiría si dijera que me lo estoy pasando mal, hacía tiempo que no me reía tanto.

Mejor dicho, hacía muchísimo que no me reía.

Bruno —ya me he enterado de su nombre gracias a Delia— no para de hacernos gracia.

No es que sea el típico payasito que está todo el rato con chistes, él nos hace reír con detalles y ocurrencias poco habituales.

Hemos llamado la atención en cada tienda en la que hemos entrado, en una de ellas casi nos echa una de las dependientas porque Bruno y las niñas han improvisado una especie de pase de modelos, provocándome una carcajada tras otra.

Al final, terminamos la ronda de tiendas cargados de bolsas, yo he comprado lo que necesitábamos nosotras y él ha renovado su armario.

—¿Os apetece tomar un refresco o tenéis más cosas que hacer? —pregunta mirándonos a las tres.

—¡Sí! ¡Sí! ¡Vamos! —contestan las dos revolucionadas por completo.

—Mira lo que has conseguido. —Me río al verlas tan contentas, se están divirtiendo mucho.

—No quiero ponerte en un compromiso, de verdad, si tenéis que iros…

—¡Vamos a tomar algo! —Acepto con una espontaneidad que no recordaba en mí.

Entramos en una cafetería donde hay un pequeño parque de bolas para que los niños jueguen un rato mientras los padres se toman algo.

Nada más entrar por la puerta, las niñas se olvidan del refresco.

Bruno y yo nos pedimos una cerveza; hace tanto que no me tomo una que el primer sorbo me sabe de maravilla.

—Qué casualidad que sea el profesor de gimnasia de una de tus hijas, ¿verdad? —Sonríe y consigue que siga sintiéndome cómoda.

—La verdad es que sí. ¿De verdad es la primera vez que vienes a este centro comercial?

—Llegué a Madrid el viernes pasado, llevo aquí solo una semana. De momento, intento acostumbrarme a la ciudad, que ya es mucho.

—¿De dónde eres? —pregunto con naturalidad.

—De un pueblo de Asturias —contesta y da un sorbo a su cerveza—. El caso es que se me estaba quedando pequeño, necesitaba salir de allí y cambiar un poco de aires.

—Mami, ¿nos vamos a quedar más rato? Es que son casi las ocho de la tarde y no vamos a estar duchadas para cuando llegue papi —interrumpe Blanca, cortándome el rollo, aunque sin esa intención por su parte.

—Papá llegará hoy más tarde, tiene mucho trabajo en el taller y no va a poder venir a cenar —le explico sin contarle la verdad.

—¿Entonces nos quedamos un ratito más?

—Sí, anda, ve con tu hermana. —Le doy un beso y sale corriendo.

—Seguro que no te aburres nada —comenta Bruno, señalándolas.

—Con ellas es imposible, nunca están quietas, no paran ni cuando duermen.

Mi comentario le hace reír; aún es más impresionante cuando se ríe.

Me contagia su risa y terminamos los dos a carcajadas; en parte tiene la culpa la cerveza que me estoy tomando.

No estoy acostumbrada a beber y eso me ha hecho desinhibirme un poco y, sobre todo, relajarme y divertirme, que falta me hacía.

—Mami, quiero agua, estoy muerta de sed —me pide Delia, sudando.

—Espera, ya voy yo —ofrece Bruno, levantándose más rápido que yo.

Vuelve con dos botellas de agua y dos vasos, justo cuando llega Blanca con la cara roja como un tomate.

—¡Gracias! —dicen a la vez.

—De nada, cuando se hace deporte, hay que hidratarse bien —les explica el profe de gimnasia.

Beben deprisa y él las mira, sonriente. Ellas se dan cuenta y se ponen a reír también como si hubieran contado un chiste y yo fuera la única que no se ha enterado.

—Venga, niñas, poneos el abrigo, que nos vamos ya para casa, no quiero que cojáis frío —digo un par de minutos después mientras me levanto de la mesa.

—Vale —responden al unísono, terminándose el agua.

—¿Siempre contestan a la vez? —me pregunta Bruno bajito mientras salimos de la cafetería.

—Cuando es con monosílabos, la mayoría de las ocasiones, sí.

—A eso lo llamaría yo hacer un dos por uno —comenta riéndose.

—Además de verdad. —Río también.

—Bueno, Delia, mañana te veo en el ensayo —se despide, acariciándoles la cabeza a las niñas.

—Es verdad, el ensayo, ya ni me acordaba —murmuro para mí.

—¡Hasta mañana! —exclaman las gemelas.

—Hasta mañana, chicas. Ah, y gracias por haberme aconsejado tan bien —añade levantando las bolsas que lleva en la mano—. Si no hubiera sido por vosotras, no sé qué me hubiera comprado.

De camino a casa llevo una sonrisa de oreja a oreja. Las gemelas no paran de parlotear en el coche sobre lo bien que se lo han pasado y no dejan de nombrar a Bruno en todo el trayecto. La verdad es que yo tampoco puedo dejar de pensar en él y en la buena tarde que hemos pasado los cuatro juntos.

Ya en casa, mientras se duchan, llamo a la pizzería para que nos traigan la cena. Estoy tan a gusto y relajada que no tengo ganas de meterme en la cocina, solo de ponerme el pijama, tumbarme en el sofá y cenar con mis niñas. Espero que Ángel no venga ahora y me corte el buen rollo que tengo.