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En cuanto me levanto, leo todo lo que tengo apuntado en la nevera —es mi agenda personal— y saco la carne picada del congelador, que esta noche quiero hacer filetes rusos para cenar.
A las niñas les encantan. Hoy está lloviendo, con lo cual, será mejor que salga hacia el colegio unos minutos antes porque seguro que se forma la monumental en la entrada.
Cuando estamos ya las tres montadas en el coche, me doy cuenta de que no han cogido sus paraguas, y entonces vuelvo corriendo a casa.
Como imaginaba, el arcén de la entrada del colegio está hasta arriba de coches, pero como mis niñas ya están entrenadas para estos casos, bajan del coche, cogen sus mochilas y abren sus paraguas en tiempo récord.
De camino al aparcamiento del instituto, me doy cuenta de que no he cogido paraguas para mí y está empezando a llover más fuerte.
Solo espero que don Malos Modos no me haya quitado mi plaza de aparcamiento.
Al llegar, aparco en mi sitio, ¡menos mal!
Apenas veo lo que tengo delante por la forma que tiene de llover, no sé si bajarme o esperar a que pare un poco, aunque ahora mismo sería mejor usar una barca para llegar hasta la puerta del instituto.
Me hago la valiente y abro la puerta del coche, agarro mis cosas y me alejo rápido.
—¡Espera! ¡Te acompaño con el paraguas! —grita una voz a mis espaldas.
Me giro para ver quién es el dueño de esas palabras mágicas y mi expresión cambia en cuanto veo que es don Malos Modos que viene corriendo hacia mí—.
Me he fijado en que te has bajado sin paraguas, así que ven a cubrirte o vas a llegar a clase empapada —dice con una sonrisa que ya quisieran tener en el mejor anuncio de pasta de dientes del mundo.
—Gracias, se me ha olvidado en casa, como siempre voy con prisas…
—Me pongo un poco nerviosa por su cercanía.
—Pues la vida hay que tomársela con más calma, el estrés no es buen compañero —aconseja sin dejar de sonreír.
—¿Y hoy en día quién es buen compañero? —susurro por lo bajo más bien para mí misma.
—¡Vaya día de lluvia! —exclama como si no me hubiera escuchado.
—Gracias —digo, señalando el paraguas en cuanto entramos en el edificio.
—De nada, ha sido un placer compartirlo contigo.
La forma en la que lo ha dicho me hace sonrojarme, es tan guapo y sonríe tan bien...
Espero que no se haya dado cuenta del color de mis mejillas, creo que me he puesto como un tomate.
El caso es que me acabo de sentir como una colegiala.
Me despido de él con la mano y me voy derecha a la clase de 2.
º C, donde veremos el documental de los paraguas solares, digo, de las placas solares.
Estoy contenta porque don Malos Modos no me ha quitado la plaza de aparcamiento.
Por eso, y por el detalle que ha tenido esta mañana para que no me mojara, no se merece que le vuelva a llamar así, debería cambiarle el apodo, pero ¿por qué se lo he puesto?
A mis hijas les he enseñado que no hay que poner motes a nadie, que cada persona tiene un nombre y por él debemos referirnos a ellas, y aquí estoy yo, pensando en cambiárselo; pues no, a partir de hoy voy a llamarle por su nombre, pero ¿cómo me dijo que se llamaba?
, ¿o resulta que no me lo dijo? La verdad es que no me acuerdo, tengo que averiguarlo de una manera discreta, a ver qué se me ocurre.
—¡Profe, ya ha terminado! —gritan dos alumnos a la vez, sacándome de mis pensamientos.
—¿Puedes ponerlo otra vez? —pregunta otro que nunca tiene ganas de hacer nada.
—No, otra vez este bodrio, no, que ponga una peli mejor —suelta otro. Y empiezan entre ellos un diálogo sobre qué deberíamos hacer ahora; aunque, más que un diálogo, parece una discusión.
—A ver, silencio, por favor, si no, no me podréis escuchar, ¡silencio! —La última palabra la digo en un tono más elevado, consiguiendo así mi fin—. Ahora os voy a repartir una hoja a cada uno con solo tres preguntas y, de forma individual, me las tenéis que contestar.
El aula se llena de resoplidos y quejas.
En general, veo que no les apetece nada hacer lo que les he dicho, pero, en cuanto ven la simplicidad de las preguntas, se ponen manos a la obra.
Para hacer más dinámica la clase, decido corregirlas en alto; yo leo cada una y ellos me las van contestando.
Cuando terminamos el ejercicio, me doy por satisfecha; creo que todos o, al menos, la mayoría tiene bastante más claro el funcionamiento de las placas solares y su papel en el futuro.
No me vuelvo a cruzar con como se llame en toda la mañana, y eso que me he esforzado bastante en buscarlo, pero nada de nada, como si se lo hubiera tragado la tierra. Parece que ha dejado de llover; menuda mañanita pasada por agua hemos tenido, ni siquiera han podido salir los chicos al recreo.
Acabo a las dos de la tarde porque no tengo clase a última hora; por lo tanto, me voy ya para casa. Como hoy tengo más tiempo hasta que salgan las niñas del colegio, aprovecharé para preparar los filetes rusos y dejarlos en la salsa de tomate para esta noche, así estarán mucho más buenos.
Cuando entro por la puerta, veo que ya ha llegado Ángel porque tiene el abrigo tirado encima del sofá.
—¡Hola! Ya estoy en casa —saludo y me acerco hasta el cuarto de baño, donde escucho el grifo del lavabo. Voy a esforzarme un poco para que haya buen rollo.
—Hola, tengo mucha hambre, voy a comer ya —dice mientras se seca las manos en la toalla.
—Espera cinco minutos y comemos juntos —propongo, dejando mi bolso en la habitación—. Sabes que no me gusta que tengas el abrigo ahí tirado, no sé para qué tenemos un perchero en la entrada.
—No empieces a decirme cosas, que yo no soy hijo tuyo, así que no me trates como tal.
—Pues no te comportes como tal —replico—. Me preocupo por enseñarles modales a las niñas y por que dejen las cosas bien colocadas y en su sitio, para que después tú hagas lo que quieras. ¿No te das cuenta de que somos un ejemplo para ellas? —sermoneo enfadada.
—Pues empieza por mirarte a ti misma, y a mí déjame en paz.
—¿Perdona? ¿Qué me mire a mí misma? ¿Es que tienes algo que reprocharme? —pregunto, cruzándome de brazos y mirándole alucinada.
—Veo que vienes con muchas ganas de discutir y yo he venido a comer y a volverme al taller, allí por lo menos estoy tranquilo.
—Pues si en el taller estás mejor, ya sabes, quédate allí a dormir, total, para lo que ayudas en casa —expongo mucho más enfadada que antes.
Yo no suelo ser así, pero está sacando lo peor de mí.
Me siento tan mal que no tengo ni ganas de comer, por lo tanto, ni entro en la cocina, me quedo en la mesa del comedor y preparo las clases de mañana y otro examen para 1.
º B. Estoy tan cabreada que soy incapaz de concentrarme.
¿Pero cómo me puede decir las cosas de esa manera y quedarse tan ancho?
Al final, don Malos Modos va a ser Ángel y no como se llame.
Media hora después, agarra el abrigo, se enciende un cigarrillo —para mosquearme más— y sale por la puerta sin decirme ni adiós. Me da igual, si lo que quiere es que estemos así, pues así estaremos.
En cuanto se marcha, entro en la cocina.
Su plato vacío sigue en la mesa, me lo imaginaba, está entrando en la dinámica de fastidiarme a diario y esto es lo que voy a tener que aguantar a partir de ahora.
Y todo por las niñas. Miro la olla de la fabada.
Tiene muy buena pinta, pero no tengo ganas de comer, se me ha cerrado el estómago con la discusión.
Aunque no me apetece, me pongo a aliñar la carne picada para hacer los filetes rusos; mis niñas no tienen la culpa de nada y tienen que cenar esta noche.
Preparo los sándwiches para cuando vaya a recogerlas al colegio y las lleve a las extraescolares, que hoy es jueves.
También cojo mis cosas del instituto para terminar de preparar las clases mientras espero a que ellas salgan.
Cuando regresamos a casa, son las siete y media de la tarde y hace frío; por lo tanto, subo un poquito la calefacción.
Como tengo la cena y las clases preparadas, las acompaño mientras se bañan; sé que a ellas les gusta —sobre todo a Blanca— que les ayude a ponerse el pijama y, como no todos los días puedo hacerlo, pues hoy disfrutamos las tres de este momento.
—Mami, me encantan estos calcetines. —Se señala Blanca los pies.
—Este año deberíamos pedir otros a los Reyes Magos —le dice Delia a su hermana.
—¡Qué buena idea! —apoyo su comentario—. Espero que os acordéis cuando escribáis la carta.
—Yo también quiero una mochila nueva —añade Delia.
—Pero si están nuevas, cariño, las compramos hace dos meses cuando empezasteis el cole, ¿por qué quieres otra?
—Porque Valeria tiene la misma que nosotras y no me gusta que sean iguales. Prefiero ser original, no me gusta que me copien; bastante tengo ya con ser igual que Blanca —explica torciendo la boca.
—A ver, cielo, ser igual que tu hermana tiene muchas ventajas —digo con la intención de convencerla para que se sienta mejor.
—¿Ah, sí? ¿Cuáles? —Me reta con la mirada.
—Pues por ejemplo… —No me esperaba la pregunta y me deja un poco fuera de juego.
—No hay ninguna ventaja, ¿verdad? —vuelve a preguntar.
—¡Claro que las hay! A ver, por ejemplo —digo, improvisando—, si quieres ver cómo te sienta algo de ropa y no tienes un espejo a mano, pues se lo pone tu hermana y así ves cómo te quedaría.
—¡Es verdad, Delia! ¡Qué buena idea, mami! —exclama Blanca dándome un abrazo y consiguiendo que su hermana también venga a abrazarme.
Nuestro superabrazo es interrumpido por la presencia de su padre que acaba de llegar.
—¿Cómo están mis niñas favoritas? —les pregunta abriendo los brazos.
—¡Papi! ¡papi! —gritan al unísono.
—El sábado tenemos que ensayar para la función de Navidad en el polideportivo —le cuenta Blanca muy contenta.
—Qué pena que no ensayemos el domingo, así podrías venir a vernos —comenta Delia.
Hay que ver cómo le quieren, y no es que me moleste, para nada; sin embargo, él solo está para darles caprichos y consentirlas, más que un padre, parece un abuelo.
Yo soy la que está todo el día regañándolas y enseñándolas cómo hacer bien las cosas.
En comparación con su padre, soy la típica madre coñazo, pero bueno, no puedo comportarme de otra forma mientras ellas están en pleno crecimiento y necesitan una persona —y dos— que las apoye y las vaya guiando por el buen camino.
Ya crecerán y harán su vida basándose en todo lo que han aprendido de pequeñas o, al menos, eso es lo que deseamos siempre los padres.
—Mami, esto está buenísimo —dice Blanca con la boca llena.
—Gracias, cariño, pero sabes que no se habla mientras se tiene comida en la boca.
—Déjala, ¿no ves que te está diciendo lo buena que está la cena? —espeta Ángel.
—Lo primero que he hecho ha sido darle las gracias, pero debe saber que es de mala educación hablar con la boca llena —le contesto levantándome de la mesa sin terminarme siquiera el primer filete ruso.
Me voy al salón a respirar aire e intentar relajarme un poco, más que nada, porque no quiero que las niñas noten que hay mal rollo entre sus padres, no quiero que eso les afecte.
Aunque no son tontas, seguro que ya llevan tiempo dándose cuenta.
Los oigo hablar, ellas le están contando lo que han hecho hoy en clase y lo hacen con la boca llena; él no les regaña y, desde luego, no voy a ser yo la que entre en la cocina y les corte el rollo.
Me lleno de aire los pulmones y preparo mi bolsa para el día siguiente mientras espero a que terminen de cenar para recoger la cocina.
Sé que no ha estado bien dejar de cenar y marcharme, pero estoy segura de que si me hubiese quedado allí hubiéramos tenido una buena bronca delante de las niñas, y no quiero eso.
Antes me muerdo la lengua que montar un numerito de los gordos delante de ellas.
Ángel sabe cómo soy y se aprovecha, así me pincha como me pincha delante de ellas, porque sabe que no le voy a decir nada, o casi nada.