Eres la razón de mi sonrisa 7
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Hoy estoy llegando al instituto con la hora pegada. Anoche me costó dormirme por el disgusto que tenía y, cuando me ha sonado el despertador, he sido incapaz de levantarme. Menos mal que la ducha ha hecho milagros.

De momento el día no está empezando bien.

En mi plaza de aparcamiento vuelvo a ver el deportivo negro de don Malos Modos.

No me puedo creer que haya vuelto a aparcar en el sitio que me corresponde por antigüedad, porque la verdad es que no puedo decir que me hayan adjudicado este sitio; aquí el que llega, la coge,

pero podría decirse que los que llevamos muchos años en el instituto dejamos el coche en el mismo lugar siempre, por costumbre tal vez, y respetamos los demás.

Todos, menos el nuevo, que a él le ha dado por fastidiarme a mí, con la de profesores que hay…

Entre él y mi marido se han propuesto amargarme los días, uno en casa y otro en el trabajo; pues no lo van a conseguir.

Si quieren guerra, la van a tener. Aparco en doble fila, justo detrás de él.

Su coche y el mío forman una T. Si quiere salir, tendrá que dar conmigo sí o sí, y ahí nos veremos las caras.

Voy casi corriendo por el pasillo hasta llegar a la clase que me toca, donde me encuentro a mis alumnos un poco revolucionados y, como tengo hoy un humor de perros, allá que me lanzo.

—Quien no esté sentado ahora mismo tendrá un negativo en esta asignatura. —Levanto la voz para hacerme oír entre tanto barullo.

Como no están acostumbrados a verme así —porque suelo ser una persona tranquila, amena y dispuesta al diálogo en lo que se refiere a mi papel docente—, se quedan todos mirándome con cara de alucinados. «Le habrá bajado la regla», escucho murmurar a alguien; «Seguro que anoche no mojó», comenta otro.

—¿Alguien tiene algo que decirme? —Les sorprendo a todos dándome la vuelta—. Me ha parecido que queríais contarme algo.

Ninguno dice nada y, como si fuera un baile ensayado, unos cogen un boli y se ponen a hacer que escriben, y otros pasan las hojas del libro de texto como si estuvieran buscando algo importantísimo.

Lo que yo quería ya lo he conseguido, y es que esté cada uno en su sitio y en silencio.

No tengo ganas de dar clase, pero como es mi trabajo, tengo que cumplir con él igualmente; los alumnos no tienen la culpa de que yo esté teniendo unos días tan malos.

Me hacen gracia las conclusiones que sacan los adolescentes cuando ven a un adulto malhumorado, pero, por supuesto, no se lo hago ver.

Ante todo tienen que aprender a respetar.

Cuando termino con este curso, me voy a otra clase donde hoy toca examen.

Entro y los veo a todos con el libro sobre la mesa dando el último repaso.

Los saludo, paso lista, pido que cierren y guarden los libros, y les reparto una hoja fotocopiada a cada uno con las preguntas que tienen que responder.

Mientras ellos lo hacen en absoluto silencio, yo les observo con la mirada distraída y pienso en Ángel, no entiendo qué le está pasando, por qué me hace y me dice esas cosas.

Reconozco que desde que nacieron las niñas no es que hayamos llevado una vida de pareja de ensueño, pero ¿quién la lleva cuando llegan los niños a una casa?

Sé que no me merezco esas formas, hago más de lo que puedo y, aun así, siempre parece poco.

El timbre de final de clase me saca de mis pensamientos, recojo los pocos exámenes que quedan ya en las mesas y salgo de la clase directa a la sala de profesores, ya que la siguiente hora la tengo libre. Cuando llego, veo a don Malos Modos sentado, muy concentrado en su móvil.

—Buenos días —saludo como si fuera uno más. En realidad es así, aunque haya vuelto a aparcar en mi sitio y tenga el cuerpo más perfecto que he visto en mi vida, al menos desde tan cerca.

—Ah, hola —responde sin ganas, mirándome de reojo.

Estoy a punto de decirle que ha dejado otra vez su coche en mi plaza de aparcamiento cuando aparecen dos profesoras y me fastidian mi propósito.

Se ponen lo más cerca posible de él y no paran de hablarle y ponerle ojitos.

La verdad es que está de toma pan y moja, pero eso no va a hacer que le ceda mi lugar para dejar el coche.

De repente, me mira con cara de agobio, se levanta y sale por la puerta.

Las otras dos, extrañadas, se quedan observándole; no entienden por qué se ha marchado.

Me río por dentro porque creo que yo sí lo sé: entre las dos le han cansado con tanta pregunta y tanta tontería.

Después me toca guardia en el recreo, así respiro un poco de aire limpio y fresco, sobre todo fresco, que aquí en Madrid ya hace frío en esta época.

Por lo visto, a don Malos Modos también le ha tocado guardia; le puedo ver desde mi ubicación.

La diferencia es que yo estoy sola como la una, y él está rodeado de alumnos.

Se nota que ha tenido buena acogida en el instituto, cosa que no he dudado en ningún momento; la novedad siempre llama la atención, sobre todo si tiene ese físico.

Desde este lugar puedo observarle sin que se me note mucho.

En realidad, a quien debo echar un ojo es a los alumnos, pero mis dos pupilas van hasta donde está él, mandadas por un cerebro que va por libre.

Me ha pillado unas cuantas veces mirándole.

Qué vergüenza, ni que yo fuera una adolescente.

Cuando llegan las dos de la tarde, entro en mi última clase.

Me toca con los de 1.º A, me gusta mucho este curso, parecen aún niños de primaria por sus preguntas y por su inocencia también; esta irá desapareciendo poco a poco con el paso de los años.

Estoy en plena explicación del aparato respiratorio cuando veo, desde el ojo de buey que tiene la puerta de la clase, una cara que me es familiar haciéndome señas para que salga.

Me hago la tonta porque sé a qué viene, y voy a hacerle sufrir un poco.

Sigo con mi explicación hasta que uno de mis alumnos de la primera fila se da cuenta y me avisa.

—Flora, el profe nuevo de Educación Física te está llamando —me avisa el inocente.

—¿Ah, sí? No me había dado cuenta, seguro que se ha confundido de profesora —contesto y sigo con lo que estaba haciendo.

—No creo, profe, porque no para de hacerte señas —secunda un alumno de la tercera fila.

Como ya los tengo a todos más pendientes de los gestos que me hace el otro desde la puerta que de lo que yo estoy explicando, no me queda otra que salir al pasillo para atenderle.

—¿Querías algo? Estoy en medio de una clase —anuncio con tranquilidad.

—No puedo sacar mi coche, tienes el tuyo bloqueándolo.

Por la forma de hablarme parece un poco molesto. ¡Ja!, justo lo que yo quería conseguir.

—¿Ah, sí? Pues no me he dado cuenta, pero si yo he aparcado donde todos los días desde hace varios años. —Trato de que mi tono sea lo más explícito posible.

—De acuerdo, tú ganas, no lo volveré a poner ahí, pero, ahora, por favor, necesito que me lo quites —ruega en un tono que desconozco en él.

—Como comprenderás, no voy a dejar a los niños solos para quitarte el coche. —No puedo claudicar tan rápido, si no, no me tomará en serio.

—Si quieres me das las llaves y yo mismo lo hago —propone con una pequeña sonrisa.

—Ni lo sueñes, por lo poco que te conozco, eres capaz de llevarte las llaves y dejarme aquí sin coche. —Por mi boca sale todo lo que mi cabeza está pensando.

—Pues entonces está claro que no me conoces en absoluto. —Y, tras pensar un segundo, añade—: Tranquila, me quedaré con ellos mientras tú vas.

Como sus formas han sido mucho mejores, cojo las llaves y voy hasta el aparcamiento donde no tardo ni cinco minutos en hacer todo. Cuando vuelvo, le encuentro charlando con mis alumnos como si no tuviera ninguna prisa.

—Ya tienes solucionado el problema que tú solito te has creado. Si no quieres que te pase más, ya sabes lo que tienes que hacer —le digo bajito para que no me oigan los chicos.

Flora 1 – don Malos Modos 0, este es el marcador que aparece en mi cabeza.

Está más que claro que le he devuelto la pelota o, mejor dicho, que le he metido un gol. Él aparcó ahí por la mañana a sabiendas de que me iba a fastidiar y, al final, se ha llevado una colleja. Si es que cuando me pongo… A los pocos segundos, se despide de los niños y sale del aula.

—El profe de Educación Física nos ha dicho que tu asignatura y la suya están muy relacionadas —comenta una niña desde la primera fila.

—Porque el buen funcionamiento del aparato respiratorio es muy importante para practicar deporte —añade su compañera de pupitre.

—Dice que hablará contigo para hacer un día una clase conjunta, para que entre los dos nos expliquéis cómo funciona el aparato respiratorio y el locomotor cuando estamos haciendo deporte —continúa un tercer alumno con la explicación.

—Vale, vale, ya veo que este tema os llama la atención, veré cómo lo podemos gestionar —digo satisfecha por el interés que acaban de demostrar.

De camino a casa, me imagino cómo tiene que ser dar una clase conjunta con él y, sobre todo, cómo tiene que ser prepararla. Mi cabeza va a mil por hora imaginando mil situaciones mientras la organizamos y la explicamos a los alumnos. ¡Es que es tan guapo!

Cuando llego, me caliento los espaguetis.

Hoy Ángel sí se ha recogido su plato después de comer, menos mal, ya pensaba que esto iba a ser lo habitual.

Me los como rápido y de pie, pues hoy tengo que preparar la comida de mañana antes de ir a recoger a las niñas al colegio porque, si no, por la tarde, no me va a dar tiempo, entre ayudarlas con los deberes y la cena…

Menos mal que anoche me acordé de echar en agua las judías blancas, aunque me tuviera que levantar de la cama cuando ya estaba acostada, pero lo hice.

Mientras se hacen en la olla rápida, repaso el horario del día siguiente, por si tengo que preparar algo especial para alguna clase.

Les prometí a los de 2.º C ver un documental sobre las placas solares, porque tienen mucho interés en saber cómo se calienta el agua de las casas con ese sistema y, aunque les expliqué un poco por encima el funcionamiento y cómo debían estar orientadas, al final,

decidí que sería buena idea que vieran uno.

Después, les haré unas preguntas por escrito sobre el tema.

Unos minutos antes de las cinco de la tarde ya estoy en el cole, mal aparcada —como cada día—, pero es que a la entrada y a la salida del colegio es difícil aparcar bien, y los días de lluvia ya es imposible. Las niñas se suben en el coche y me dan un beso antes de ponerse el cinturón de seguridad.

—Mami, ¿podemos merendar churros en la cafetería del polideportivo? —pregunta Blanca mientras se le hace la boca agua.

—No, cielo, ya fuimos la semana pasada, no podemos estar todos los días merendando fuera de casa —explico con cariño.

—Menos mal porque yo no tenía ganas de ir —dice Delia, haciéndose la interesante.

—Este fin de semana he pensado haceros gofres para merendar, que tendremos más tiempo —les sorprendo con mi propuesta.

—¡Gofres! ¡Qué ricos! —responden las dos a la vez, para algunas cosas sí que se ponen de acuerdo.

La conversación de camino a casa se basa en dulces y chocolate y, sin saber por qué, me viene don Malos Modos a la cabeza. ¿Qué tiene que ver él con lo dulce? Si es todo lo contrario: amargo, antipático y seco. Aunque su forma de decirme hoy «por favor» me ha resultado de lo más azucarada.

—¡Cuidado! —gritan las niñas y freno de golpe.

—Mami, ¿no has visto que el semáforo estaba naranja? —pregunta Delia. Desde que le explicaron una vez en el colegio lo de los colores de los semáforos, siempre está pendiente cuando va en el coche.

—Sí, cariño, claro, iba a frenar justo cuando me lo habéis dicho —miento para no hacer un drama de lo que ha podido pasar en unos segundos que me he despistado.

Llegamos a casa y se ponen con los deberes nada más merendar, pero, como siempre, Blanca quiere que esté con ella mientras los hace.

No sé qué hacer para quitarle esa costumbre.

Voy y vengo del salón a la cocina, porque los hacen allí mientras yo preparo la cena.

La voy haciendo entre viajes de ida y vuelta, así me paso la tarde.

Espero tener un ratito cuando se metan en la ducha para terminar de preparar unas cosas para las clases de mañana, que solo me falta una.

Ángel llega de trabajar de muy buen humor. Cuando me da el beso para saludarme, le noto un fuerte olor a cerveza.

—¿Has cerrado antes el taller hoy? —le pregunto, sorprendida.

—Sí, media hora antes. Ha venido Francisco, no sé si te acuerdas de él, estuvo en nuestra boda —me explica.

—¿Con uno de los que te escapabas de clase cuando estudiabas? —Intento recordar la cara de su amigo de la infancia.

—Bueno, digamos que es un amigo al que le arreglé la moto cuando aún no tenía yo ni el título de Formación Profesional —dice todo orgulloso—. Pues nada, que ha venido a verme y, como no tenía mucho trabajo, nos hemos ido a tomar unas cervecitas y a recordar viejos tiempos.

De repente, me entra un calor que me recorre el cuerpo entero, desde los pies hasta la cabeza, y me empieza a entrar una mala leche que no sé por dónde sacarla.

Siempre me dice que está hasta arriba de trabajo en el taller y que por eso no puede llegar antes para ayudarme y, para un día que tiene menos faena, da la casualidad de que aparece un amigo y se va de cervezas con él.

Esto ya es el colmo. Seguro que le llamo yo para decirle que se venga un poquito antes y me dice que tiene mucho trabajo, pero como ha sido un amigo, pues nada, sin problema.

Y yo todo el santo día con la lengua fuera, corriendo y sin parar.

Ni siquiera tengo amigas a las que llamar o quedar, a todas las he ido apartando de mi vida, sin querer, porque sé que no podría quedar con ellas ni para un simple café, pero dejándolas de lado al fin y al cabo.

O me faltan horas al día o me sobran tantas responsabilidades.

O, quizá, me falta un buen compañero que me ayude con todo.