6
Cuando llego a casa, me caliento el estofado de ternera y me lo como. En la mesa de la cocina también está hoy sin recoger el plato donde ha comido Ángel. En cuanto llegue esta noche, se lo voy a recordar; después de lo que me dijo ayer, ya no me callo ni una. ¡Que siempre son reproches!
Después de comer, preparo las mochilas de las niñas para baile y gimnasia rítmica, y un sándwich para cada una, que así se lo comen de camino.
Mientras ellas hacen las extraescolares, yo suelo tomarme un café en la cafetería del polideportivo y adelanto mis tareas para el día siguiente, que hoy en concreto es un examen para los chicos de 4.
º A. Sin querer, me acuerdo de mi nuevo compañero y, cuando lo hago, se enfrentan dos cosas en mi cabeza: por un lado, recuerdo lo borde y chulo que es; y, por otro, pienso que es muy guapo y en el pedazo de cuerpo que tiene.
Y así me paso un rato, ensimismada en mis cosas, sin hacerle caso al examen que tengo que preparar para mañana.
—¡Mami, ya estoy aquí! —grita Blanca desde la puerta de la cafetería.
—¿Qué tal ha ido? ¿Te lo has pasado bien? —Le doy un beso.
—Cada día me gusta más, de mayor voy a ser bailarina, ya lo tengo claro. —Su mirada brilla al decírmelo.
—Mamá, ¿nos vamos a casa? Estoy cansada, nos han cambiado de profesor y no hemos parado ni un momento —dice Deli,a arrastrando los pies mientras llega hasta la mesa donde las estoy esperando.
—Claro, cariño, vámonos ya, que no quiero que cojáis frío.
Por el camino me cuentan qué tal le ha ido a cada una, qué diferente se ve la vida cuando tienes nueve años, ¡todo es tan fácil!
Luego, cuando creces, vas aprendiendo que tienes que luchar duro por conseguir lo que quieres y que nadie te regala nada.
A no ser que conozcas a alguien que te eche una mano porque, como dice el refrán, «el que no tiene padrino, no se bautiza», y qué cierto es.
En cuanto llegamos a casa, van directas a la ducha y, mientras se ponen el pijama, me meto en la cocina a hacer la cena; espero que unos filetes de pollo a la plancha con judías verdes rehogadas le parezcan bien al «señor».
El susodicho entra por la puerta y me da un beso que, más que un beso, es un leve roce de labios.
Quizá, si me hubiera plantado un buen beso, se me habrían olvidado sus formas de anoche o que, una vez más, se ha dejado sin recoger su plato del mediodía.
Pero no, ese gesto, que ha sonado más a «por costumbre» o a «porque lo hago cada vez que llego», no ha conseguido que yo deje a un lado mi intención de decírselo.
Estoy a punto de soltárselo cuando las niñas aparecen corriendo para tirarse a su cuello. Me callo y no le digo nada aún.
—Niñas, dejad que me dé una ducha y seguís contándome cosas mientras cenamos —dice sonriente, como si no pasara nada entre él y yo.
Las gemelas me ayudan a poner la mesa mientras termino de cocinar y él se ducha.
Hoy espero tener una cena tranquila, porque lo de anoche me sentó muy pero que muy mal.
Parece que en esta casa el único que trabaja fuera es él y no voy a permitir que me vuelva a decir nada parecido.
Ha tenido varios detalles feos conmigo desde que nacieron las niñas, y yo siempre lo he ido dejando y callando, pero ya no tengo ganas de seguir tragándomelo más.
Creo que la edad, aparte de madurez, también hace que me tome las cosas de otra manera y, además, estoy saturada entre las clases, la casa, las niñas y mi poca —por no decir nula— vida social.
Nunca tengo tiempo para mí, me refiero a tiempo de verdad, para hacer lo que quiera sin tener que mirar el reloj y salir corriendo a cumplir obligaciones.
Estoy pensando en todo esto cuando Ángel sale del cuarto de baño y se sienta a la mesa.
Las niñas le imitan y yo sirvo la cena esperando cualquier comentario por su parte.
—Mami, no quiero judías verdes, sabes que no me gustan —protesta Delia, soltando de mala forma el tenedor en el plato.
—No es de buena educación hacer eso —la regaño, haciéndole un gesto a su comida.
—Qué exagerada eres, mujer, tampoco creo que sea para tanto —me suelta Ángel, poniéndose del lado de la niña.
—No es cuestión de ser exagerada, es cuestión de enseñar educación y buenos modales, deben saber comportarse bien tanto dentro como fuera de casa —explico con un tono que deja claro que no me ha gustado su intervención.
—Mamá se refiere a que si haces estas cosas en casa, no te va a llevar a comer hamburguesas por ahí —le explica Blanca a su hermana.
—Y a ti tampoco te va a llevar porque hablas con la boca llena —le replica Delia.
—Vale, niñas, ya está, seguid cenando —ordeno, dando por zanjada la conversación.
Durante la cena, le cuentan a su padre lo que han hecho en clase y en las extraescolares, mientras intento digerir lo que me meto en la boca, porque se me ha cerrado el estómago y no puedo comer.
Aunque me obligo a hacerlo porque los padres somos el ejemplo de nuestros hijos, con lo cual, si no me termino la cena, ¿cómo les voy a exigir después a ellas que sí lo tienen que hacer?
Ángel acaba de cenar el primero, se nota que venía con hambre, no ha hecho ninguna alusión a lo que se ha comido, ni buena ni mala, así que por ese lado me quedo tranquila. Hasta que se levanta con la intención de salir de la cocina.
—Te olvidas de algo —aviso en alto, llamando su atención.
—¿Hay algo más de cena? —pregunta, dándose la vuelta.
—De cena, no, pero te has dejado sin recoger tu plato. —Trato de disimular delante de las niñas la mala leche que me acaba de entrar.
—¿Y qué pasa, qué no lo puedes quitar tú cuando recojas el tuyo? —cuestiona mientras se va dejándome con la palabra en la boca.
Empiezo a notar cómo me arde la cara. Si yo fuera un dibujo animado, ahora mismo se vería cómo echo humo hasta por las orejas.
¿Cómo me ha podido soltar algo así delante de las niñas?
Estoy que no me lo creo. Y, una vez más, me tengo que morder la lengua para no decirle cuatro cosas delante de las gemelas.
¡Es alucinante! La única que cuida los modales cuando están ellas presentes soy yo.
A él le importa un pimiento soltarme lo que le venga en gana sin ni siquiera pensar que ellas le están oyendo.
Me están entrando ganas de dejar su plato ahí, encima de la mesa, y que lo vea cuando se levante por la mañana para ir a trabajar, a ver si así se le cae la cara de vergüenza o si, al menos, se da cuenta de que su manera de actuar no ha sido la más apropiada.
Pero no, una vez más, claudico y recojo su plato para que las niñas no vean que lo dejo ahí después de lo que me ha dicho.
Y así siempre, todo por las ellas, ¿y yo?
Siempre quedo en último lugar en esta casa.