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Hoy es martes, espero que sea mejor que ayer porque, entre unas cosas y otras, menudo día pasé. Siempre he sido bastante optimista —si no qué hubiera sido de mí—, con lo cual creo que hoy tiene que ser un gran día.
Cuando llego al instituto, mi plaza de aparcamiento está ocupada por el deportivo cuyo dueño conocí ayer.
No me puedo creer que haya tenido la cara dura de aparcar ahí sabiendo que ese sitio es mío.
Busco dónde dejar mi coche y entro en el instituto.
Como voy con la hora casi justa, no puedo perder el tiempo en buscarle para decirle cuatro cositas, así que voy directa hasta la clase de 2.
º A, donde unos críos con las hormonas revolucionadas intentan vacilarme constantemente.
Yo, con mi psicología innata, intento llevarlos lo mejor posible, entiendo que la adolescencia no es solo un cambio físico, sino también mental, de manera que trato de comprenderlos y hacer que mis clases sean lo más amenas posible.
Por eso ayer tenía tanto interés en prepararme bien esta clase.
A la hora del primer recreo voy a la sala de profesores esperando encontrarme con don Malos Modos, pero no hay ni rastro de él. No consigo verlo hasta justo antes de entrar en la clase que tengo a última hora.
—Perdona, pero creo que ayer te dejé claro que la plaza donde has aparcado hoy tu coche es la mía —digo en tono chulesco, con él no me sale de otra manera.
—¡No me digas que he aparcado en tu plaza! Pues no me he dado cuenta. —Sonríe con picardía.
—Te agradecería que buscaras otro sitio y así no crearme ningún inconveniente. —Trato de hacerme la buena y cambiar mi tono para intentar arreglarlo.
—Llego tarde a mi próxima clase. —Y, sin más se da la vuelta y se va, dejándome con cara de tonta.
¡Madre mía, cómo está por detrás! ¡Cómo le queda el chándal!
Ángel se lo pone para estar cómodo por casa o salir con las niñas y las bicis.
A la mayoría de los hombres les queda igual de mal que a mi marido.
Pero a Bruno le sienta muy bien, demasiado bien diría yo.
Parece que se lo hayan hecho a medida. Y esa forma de caminar…
Estoy notando mucho calor y estamos en pleno noviembre.
De repente, me doy cuenta de que estoy sola en el pasillo, que no hay ni alumnos ni profesores, lo que quiere decir que ya han empezado las clases y yo estoy clavada aquí, sin que me respondan los pies.
Reacciono y entro en el aula que me corresponde.
Espero concentrarme y poder dar la clase en condiciones.