Eres la razón de mi sonrisa 4
5%

4

Entro en el cuarto de baño para ver cuánto les falta para marcharnos al colegio. No suelen entretenerse mucho, pero si no me acerco, no terminan.

—Mamá, hoy no quiero que me hagas dos coletas para ir al colegio —comenta Delia muy seria después de lavarse los dientes.

—¿Por qué no? Ya sabes que si no te las hago se te viene todo el pelo a los ojos y no te deja ver bien en clase —le explico mientras peino a su hermana.

—Mejor, porque para lo que hay que ver…

—¡¿Qué?! Delia, no me gusta que hables así, ¿se puede saber qué te pasa?

—Nada, es solo que me siento muy infantil con dos coletas, si no, mira a Blanca ahora mismo, ¿no te parece una niña pequeña?

Su forma de expresarse y su gesto al señalar a su hermana me hace reír, aunque trato de que no se me note mucho para que no se moleste.

¡Están creciendo tan rápido! Dentro de nada me empezarán a hablar de chicos y querrán salir hasta tarde. Otra preocupación más que añadir a las que ya se tienen cuando se es madre.

—Pues a mí me gusta llevar coletas —replica Blanca.

—Pues que te las haga mamá solo a ti, yo no sé por qué tenemos que ir peinadas y vestidas igual —se queja Delia.

—Vaya, cómo te has levantado hoy, hija, no sé qué mosca te ha picado —digo guiñándole el ojo a Blanca.

De camino al instituto, voy pensando en mis gemelas y en cómo están cambiando.

Estoy tan metida en mis pensamientos que solo un claxon consigue sacarme de ellos, miro hacia donde ha venido el sonido tan estridente y veo que es de un coche estilo deportivo de color negro, de los que le gustan a Ángel.

El conductor me ha hecho un gesto raro para decirme algo, aunque no entiendo lo que quiere.

—¿Ha pasado algo? —pregunto acercándome a su ventanilla después de aparcar mi coche en el sitio de siempre.

—¿Es que no te has dado cuenta? —espeta de muy malas maneras.

—Pues si te pregunto es porque no lo sé —respondo de la misma forma.

—Iba a aparcar justo ahí —explica, señalando mi coche—, y si no es porque he frenado de golpe, me hubieras dado. Podías mirar cuando conduces.

—¿Perdona? A ver, llevo aparcando ahí desde hace años, no sé a qué viene tanta historia. Así que, si no te importa, tengo que irme.

Me voy dando grandes zancadas y allí lo dejo, maldiciendo con disimulo.

¡Vaya modales que tienen algunos! Es ver a una mujer al volante y ya se creen que pueden decirnos lo que quieran y como quieran.

La verdad es que cuanto más guapos son, peor.

Se creen que por ser muy atractivos pueden ir por la vida haciendo lo que les venga en gana y decir lo que se les antoje.

Porque la verdad es que me ha parecido que estaba como un tren, aunque, bueno, también puede ser que no le haya visto del todo bien, como estaba dentro del coche…

En cuanto entro en la clase de 1.º B, paso lista a los alumnos y comienzo la clase.

Hoy toca los ovíparos y los vivíparos. Tengo unos cuantos niños en la clase que se ofrecen voluntarios para explicarlo, siempre intento hacer las clases amenas y muy participativas, creo que se aprende más con juegos que leyendo el libro de texto.

Aunque muchos de mis compañeros no están de acuerdo, son más de libro y libro; es más cómodo enseñar así, desde luego, pero no me hice maestra por comodidad, sino por vocación.

Me encanta enseñarles cómo funciona el universo y el mundo que nos rodea, y si es de una manera divertida, pues mucho mejor.

Paso la mañana de clase en clase hasta que llega la hora del recreo y voy a la sala de profesores a comerme el sándwich que me he traído de casa.

Vaya sorpresa me llevo en cuanto abro la puerta, ¡no me lo puedo creer!

, don Malos Modos está sentado a la mesa leyendo un libro, no hay nadie más que él y yo.

—¿Me puedo sentar aquí o también es tuyo este sitio? —pregunta mirándome a la vez que alza las cejas.

—Te puedes sentar donde te dé la gana —contesto con chulería porque ya me veo venir otro numerito como el del aparcamiento.

—Perdóname, era una broma, creo que no hemos empezado con buen pie —se disculpa, levantándose de la silla y extendiéndome la mano—. Soy Bruno, vengo a sustituir a Pedro, el profesor de gimnasia.

—Encantada, soy Flora —digo bastante seca y me doy la vuelta para salir de allí lo antes posible.

¡Madre mía! Tiene lo mismo de atractivo que de malos modales, es clavadito a Jason Momoa, pero sin barba, es tan guapo que corta el hipo.

Imagino cómo se van a revolucionar las niñas en cuanto comience a dar las clases.

Yo no recuerdo tener ningún profesor guapo cuando estudiaba, antes era otra época y no nos fijábamos tanto en esas cosas.

Cualquiera que me escuche hablar pensará que tengo sesenta años y solo tengo treinta y cinco primaveras casi recién cumplidas.

He preferido salir de la sala de profesores porque su presencia me incomodaba, y ya no solo por sus malas formas conmigo en el aparcamiento, también por lo guapo que es.

Sí, lo reconozco, me ha intimidado su físico.

Intento distraerme mirando mi móvil un rato, no puedo quitarme su cara de mi cabeza, y su cuerpo también, seré sincera.

El resto de la jornada transcurre con normalidad y no me he vuelto a cruzar con él, casi mejor.

A las tres de la tarde vuelvo a casa y me caliento las lentejas que dejé preparadas ayer.

Ángel ya se ha ido al taller, ni siquiera ha recogido su plato vacío de la mesa ni sus cubiertos usados, debe pensar que soy su criada.

Cuando termino de comer, me pongo a preparar un par de clases para mañana, pero no puedo concentrarme, aparece todo el tiempo la imagen del nuevo profesor de Educación Física en mi cabeza, ¡vaya día que llevo!

Intento centrarme en lo que estoy haciendo y no hay manera.

Sin darme apenas cuenta, ha llegado la hora de recoger a las niñas del colegio, espero que hoy no vengan muy alteradas, que no tengo el oído para muchas flautas.

—¿Qué tal el día, niñas? —pregunto una vez se han metido en el coche.

—Bien, pero mañana tenemos un examen sorpresa de Matemáticas —contesta Blanca con cara de circunstancias.

—No es un examen sorpresa, si lo fuera, no nos lo habría dicho hoy —le contradice Delia resoplando.

—Bueno, si esta tarde repasáis bien, seguro que la nota no será una sorpresa —intento poner un poco de humor.

Por el camino me van contando cómo les ha ido el día y veo que cada una tiene un punto de vista diferente.

Lo que a Blanca le parece entretenido, a Delia le parece lo más aburrido del universo.

Pocas veces están de acuerdo en algo en lo que a las clases se refiere.

Me da que una va a tirar por Ciencias y la otra por Letras.

Cuando acaban de repasar para el examen, les dejo un ratito la tableta para poder yo terminar un par de cosillas o mañana voy a dar la clase improvisando, y eso no me gusta nada.

Me he visto obligada a hacerlo varias veces, cuando las gemelas eran pequeñas y no podía con todo y, aunque di las clases sin problema, no me convence hacerlo de ese modo.

Ángel hoy llega a las nueve menos cuarto de la noche, un poco malhumorado. Seguro que en cuanto cene se le pasa.

—¿Todo el día trabajando y me das para cenar un simple sándwich mixto? —me pregunta de mala manera, dejándome perpleja.

—¿Y qué querías cenar? ¿Pimientos rellenos de gambas y bacalao? —respondo, haciéndole evidente que me ha sentado mal lo que ha dicho.

—Pues tanto como eso no, pero llego cansado de trabajar y me apetece cenar en condiciones, no un sándwich —repite de nuevo.

—Pues lo siento, no he parado en todo el día, no he tenido tiempo ni de ir a comprar, da gracias a que he podido hacer un estofado de ternera para que tengas la comida mañana.

—Hombre, ya lo que me faltaba, llegar a casa y no tener la comida hecha —suelta sin ni siquiera mirarme a la cara.

—¡¿Qué?! No me puedo creer lo que me acabas de decir…

Nos interrumpen las niñas que llegan corriendo del cuarto de baño para saludar a su padre.

—¡Papi! ¡Papi! —gritan las dos a la vez.

—¿Dónde están mis pequeñas diablillas? —Sonríe y les acaricia la cabeza.

—Mañana tenemos examen sorpresa de mates —dice Blanca.

—Que no es sorpresa, que no te enteras… —rebate Delia.

—Seguro que lo hacéis muy bien porque habréis estado toda la tarde estudiando, ¿verdad?

—Hemos estudiado mucho —asegura Blanca.

—Y después hemos jugado con la tableta —apunta Delia, haciendo que me dé la vuelta porque sé lo que va a ocurrir a continuación.

—¿Les dejas que jueguen con eso entre semana? —me pregunta Ángel, levantando las cejas.

—Normalmente no, pero es que hoy tenía que terminar trabajo del instituto y necesitaba estar concentrada —respondo a modo de defensa.

—Pues si no puedes acabar tus cosas, las haces por la noche, no quiero que las niñas estén con pantallas mientras estudian. —Más que decirme parece que me está ordenando.

—No estábamos estudiando, papi, ya habíamos terminado —explica Blanca.

—No te metas, Blanca, cuando discuten no hay que meterse —avisa Delia a su hermana en voz baja.

—Que sea la última vez que les dejas la tableta para así poder estar tú haciendo lo que te dé la gana. —Recalca el «tú» mientras me mira enfadado.

—Te vuelvo a decir que necesitaba silencio para preparar mis clases de mañana.

—Ya, y es más importante eso que hacer una cena decente para cuando llegue tu marido harto de trabajar.

Como están las niñas delante, prefiero no contestarle para no seguir con la conversación, porque le iba a decir cuatro cosas bien dichas, pero no quiero que ellas escuchen lo que tendría que explicarle a su padre.

Cenamos los cuatro. Ellas le cuentan cosas del cole y yo guardo absoluto silencio.

Aún no me puedo creer lo que ha dicho y la forma en que lo ha hecho.

Sé que ha venido enfadado del taller, pero no creo que deba pagarlo conmigo.

En cuanto terminamos de cenar, me voy con las niñas a lavarme los dientes.

Después se acuestan y recojo la mesa, porque Ángel tampoco se digna a ayudarme por la noche; es mucho más importante ponerse a ver la tele mientras se fuma un cigarrillo dejando la peste a tabaco por todo el salón.