Eres la razón de mi sonrisa 3
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Recojo a mis hijas del colegio y nos vamos directas a casa.

Hace unos años, nos íbamos al parque, mi idea era que se cansaran un poco para que en casa estuvieran más tranquilitas, pero la verdad es que no servía de nada porque llegaban con la misma energía o, incluso, más.

Ahora ya son demasiado mayores para ir al parque y demasiado pequeñas para estar jugando con la tableta, aunque reconozco que se la dejo cuando tengo que hacer algo importante del trabajo y necesito un poco de silencio en casa.

Es tener una de esas en las manos y, por una media hora o así, me olvido de que tengo niñas en casa.

En ocasiones de mucho lío por mi parte, hasta se la he dejado algo más de una hora.

Sí, sé que no está bien, que no es lo que recomiendan los expertos, pero ¡qué le voy a hacer!

Yo también necesito avanzar en mis cosas y no veo nunca el momento de tenerlas terminadas.

Hoy traen muchos deberes, con lo cual, paso toda la tarde ayudándolas.

Delia es más independiente a la hora de hacerlos y, también, la que menos ganas le pone; en cambio, Blanca necesita que la mire casi constantemente, desde que escribe un enunciado hasta que lo termina, es muy insegura y cree que si no la miro, no lo va a hacer bien.

En cuanto al físico son como dos gotas de agua, pero cada una tiene su propia personalidad.

Se pelean mucho, aunque tampoco pueden estar separadas mucho rato, y se defienden a muerte en el colegio, según me han contado sus profesores.

En cuanto acaban de merendar y de hacer los deberes, se ponen a jugar.

Hoy pueden, es lunes y no tienen ninguna extraescolar.

Los martes y los jueves Delia tiene gimnasia deportiva y Blanca, baile clásico.

¡Menos mal que tuve la suerte de poderlas apuntar en el mismo polideportivo y a la misma hora, si no, no sé cómo podría haberlo hecho!

Cuando tengo que llevarlas allí, me llevo mis cosas del instituto y aprovecho para hacerlas.

¡Para que luego digan que los profesores no nos llevamos deberes a casa!

Sobre las ocho y media de la tarde, llega Ángel cansado, como siempre, aunque feliz por tener el taller hasta arriba de trabajo. A esa hora las niñas se acaban de duchar y de poner el pijama.

Sobre las nueve cenamos los cuatro juntos, es la única comida del día en la que estamos todos.

Ángel viene a casa a comer a las dos de la tarde y come lo que yo haya dejado preparado por la noche, y luego aparezco yo una hora más tarde tres días a la semana, pero él ya se ha vuelto al taller.

Por lo tanto, comemos dos días solos, sin niñas.

Aunque tal y como están las cosas últimamente, preferiría venir todos los días después de que él ya se haya marchado.

No estamos pasando por nuestro mejor momento.

Terminamos de cenar y otra vez toca hacer el trío para lavarnos los dientes.

Las acuesto, ya no tengo que leerles un cuento como cuando eran más pequeñas, ahora lo que toca es la ronda de preguntas, sobre todo, las de Blanca.

Le ha dado por pensar en la muerte y no para de hacerme preguntas del tipo: «¿Todos nos tenemos que morir?»

, «¿si nos morimos y no nos gusta, nos podemos volver?»

. Y como esas, un montón más que consigo capearlas con un poco de psicología y mucha paciencia.

Delia no es de preguntar, ella es más de observar; se para, mira y saca sus propias conclusiones, que a veces son de psiquiátrico y tengo que disimular para que no me vea reír.

Una vez que consigo que se duerman, recojo la cocina e intento ver un poco la televisión, pero no sé lo que tiene mi sofá que es sentarme y tener sueño, con lo cual, me voy a la cama dejando a Ángel ensimismado con cualquier cosa que emitan.