Eres la razón de mi sonrisa 2
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Estoy convencida de que si hubiera un terremoto o una explosión o sonara una alarma de esas antiincendios, mis hijas no se despertarían.

Les cuesta dormirse, pero una vez que cogen el sueño, ya no lo sueltan.

Mientras ellas se van lavando la cara, yo preparo el desayuno.

Ángel solo se toma un café y sale pitando; el taller es suyo y le gusta ir temprano para adelantar trabajo u organizar lo que tenga pendiente.

La verdad es que el negocio le va muy bien, siempre tiene coches reparando y otros tantos esperando a ser revisados.

Lleva más años con el taller de los que llevamos nosotros juntos, y ya vamos a hacer quince.

Nunca le gustó estudiar. Siempre estaba arreglando las motos de sus amigos y, al final, sus padres se esforzaron mucho por alquilarle un pequeño local donde montar un taller mecánico a cambio de que estudiara un módulo de formación profesional de eso que tanto le gustaba.

Él aceptó y ahora tiene un negocio que funciona muy bien y nunca le falta clientela.

La pega es que no tiene hora de cierre, lo que conlleva que tampoco tenga hora de llegar a casa, aunque lo normal es que vuelva sobre las ocho y media de la tarde.

Antes no me importaba, pero, desde que tuvimos a las gemelas, me supuso un problema porque yo no tenía vida ninguna.

Era todo por y para ellas; y a la larga, de una forma u otra, pasa factura.

Deseaba que Ángel llegara a casa para sentarme un rato o darme una ducha.

Me pasaba el día entre pañales, comidas, mocos, cuentos y juguetes por todos lados.

Entendía a las mujeres que decían que desde que eran madres no tenían tiempo de nada, pero es que lo mío era multiplicado por dos.

Realmente agotador. Aunque no hubiera cambiado a mis gemelas por nada en el mundo, eso siempre lo tuve claro; desde que respiraron fuera de mí por primera vez supe que ese amor era para toda la vida.

Después de desayunar nos lavamos las tres los dientes.

Me los tengo que lavar con ellas porque si no, se los lavan de cualquier manera.

Yo me pongo en el centro de cara al espejo y ellas a cada lado mirándose también, y van imitándome.

No sé cómo no se lo saben ya de memoria después de tanto tiempo, aunque en realidad sé que se comportan así solo por tenerme más rato junto a ellas, absorbiéndome un poco más cada minuto...

En cuanto están listas, cogen sus mochilas y nos vamos en coche hasta el colegio donde están cursando quinto de Primaria.

Ya no aparco y las llevo hasta la clase como hacía antes.

En cuanto las dejo allí, tengo que ir hasta el instituto donde trabajo como profesora de Biología y no puedo llegar tarde.

No es que esté muy lejos, pero debo ser puntual.

Por suerte, se quedan en el comedor del colegio, si no, no sé cómo lo haría para recogerlas, porque tengo clase varios días hasta las tres.

Cuando salgo del instituto me voy a casa, como lo que haya dejado preparado el día anterior y, hasta que voy a recogerlas a las cinco de la tarde, aprovecho para corregir exámenes o prepararme algunas clases, y hacer la comida para el día siguiente.