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Eres la razón de mi sonrisa

Eres la razón de mi sonrisa

Por Rocio G Yuncal

© inepub.com

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Desde que me levanto hasta que me acuesto, mi vida es un no parar. Cuando me voy a la cama por la noche hago un esfuerzo, antes de que se me cierren los ojos por el sueño que tengo, para decirme a mí misma que debo tomarme las cosas con más calma; pero no hay manera, porque si no, no llego a todo.

La verdad es que lo veo tan bien y tan claro cuando lo pienso, que parece hasta fácil.

Otra cosa es cuando suena el despertador y salgo corriendo hacia el cuarto de baño.

Se podría decir que ese es el único momento del día en el que estoy sola y tranquila, quizá porque aún mis ojos no se han abierto del todo.

Después de darme una ducha bastante rápida —no tengo tiempo de más— me seco el pelo deprisa y me visto intentando conjuntar un poco la ropa.

Esto lo hago desde que una vez abrí el armario casi a oscuras y me puse unos pantalones de cuadros con un jersey de lunares, y estuve todo el día preguntándome por qué me miraban tanto mis compañeras en el instituto o la gente con la que me iba encontrando en el supermercado y por la calle.

No me di cuenta hasta que llegué a casa por la tarde y me miré al espejo por primera vez en todo el día.

¡Madre mía, qué ridículo hice! Desde aquella fatídica vez, he colocado una luz dentro del armario, de esas que se encienden cuando lo abres; así me aseguro de que voy a ver lo que elija antes de ponérmelo.

Aunque no sé si echarle la culpa a la luz o a las prisas.

Mi marido entra en el baño en cuanto salgo yo, es nuestra rutina diaria; aunque él se ducha por las tardes cuando llega del taller.

A continuación, despierto a las gemelas.

No sé por qué, pero de lunes a viernes me cuesta la vida que se levanten y, en cambio, los fines de semanas, sobre las ocho de la mañana ya están despiertas y armando jaleo por toda la casa.

Me encanta mirarlas cuando duermen, parecen dos angelitos.

Cuando no están dormidas es otra historia, pasan de ángeles a demonios en cuestión de segundos.

Bueno, tal vez estoy exagerando un poco.

No es que sean malas niñas, pero, para mi gusto y para el de cualquier madre, son demasiado «moviditas», no paran un segundo.

Aún recuerdo cuando eran bebés y me decían otras madres que ellas ponían a sus hijos a ver los dibujos animados en la tele y los tenían entretenidos durante un buen rato.

Yo, por más que intentaba poner todo tipo de dibujitos a ver con cual acertaba, no había manera, no querían verlos; incluso llegué a ponerles anime por quemar todas las posibilidades, pensando que mis niñas tendrían gustos menos habituales. Pero nada de nada.

Me adapté por completo a ellas, tanto que me olvidé de la casa, de las comidas ricas y elaboradas que hacía, de darme baños de sales y espuma, de salir a tomar café con las amigas o a cenar por ahí con mi marido…

y me dediqué en cuerpo y alma —nunca mejor dicho— a criarlas.

¡Hasta pedí una excedencia! Todo por ser buena madre, aunque luego pasa el tiempo y te das cuenta de que todo eso ni te hace mejor madre ni cambia el destino de la vida de las niñas.