Epílogo #2
—Yo también me alegro de verte, hermana —ironizó Bruno—. Y Laura está a punto de echarse a llorar con tu afectuoso recibimiento. De verdad, no nos lo esperábamos. Sé que llevamos tiempo fuera, pero vinimos el mes pasado y…
—Déjalos —le dijo su chica divertida, palmeándole el hombro.
—Para lo que hemos quedado.
Entraron en la vivienda, permitiendo a los tortolitos fundirse en aquel abrazo que parecía que nunca iba a acabar. Alana y Hans continuaron así unos minutos y, cuando él intentó despegarla por segunda vez de su cuerpo, soltó una carcajada.
—¿Te piensas quedar así todo el día?
—Sí.
—Vale. —Aferró su culo con ambas manos y echó a andar hacia dentro de la casa—. Por mí, ningún problema, era solo por saberlo.
Alana sonrió y retiró el torso, fijando su mirada en los ojos algo cansados del hombre.
—Hola.
—Hola, mädchen . ¿Me has echado de menos?
—Apenas.
—Ya se nota. —Sonrió—. Yo no me he acordado nada de ti, ni siquiera en las solitarias noches en el hotel.
Alana se mordió el labio y lo miró con los ojos brillantes.
—Ah, ¿no?
—No. —Pasó la lengua por la comisura de la boca femenina—. Me moría de ganas de verte.
—Y yo a ti.
—Me tienes que repetir lo de la videollamada.
—¿El qué? Quizá necesite que me refresques la memoria con aquel bailecito que me hiciste delante de la cámara…
Hans soltó una carcajada y la besó con ganas. Hundió la lengua en su boca, y Alana gimió en respuesta, enredando los dedos en su pelo. Tras unos segundos así, un carraspeo les hizo separarse reticentes.
—Hay ciertas cosas que una chica de diez años no necesita ver, y esta es una de ellas.
—Hola, Zahara —contestó Hans conteniendo la risa.
—Ve fuera —le pidió su hermana.
—No hará falta que me lo digas dos veces —rebatió poniendo una mueca de asco cuando Hans volvió a besar a su hermana mayor.
Tras unos minutos más, que a ambos les parecieron segundos, Alana inspiró hondo e intentó serenarse. No podía alargar más aquello, había demasiada gente esperando allí fuera.
—¿Vamos?
—¿Es obligatorio? —se quejó él—. Preferiría irme a casa y continuar con esto.
—Después —lo animó divertida—. Antes saludemos a mis padres.
Se bajó de su cuerpo anhelando el contacto con su piel al instante y lo agarró de la mano. Hans se dejó guiar, observando el contoneo de la cintura femenina y aquel trasero prieto cubierto por aquellos minúsculos pantalones.
—Me encanta el verano.
Alana soltó una risita cuando giró la cabeza y lo pilló observándola.
—Viejo verde.
—Niñata descarada —rebatió.
Cuando salieron al jardín, Hans no se percató en un primer momento de nada, concentrado como estaba en pegarse al cuerpo de su chica y restregarse por su trasero.
La había echado de menos y las mejillas de Alana se colorearon cuando sintió todas las miradas de los presentes fijas en ellos, y a él, ajeno a todo, sobándole el trasero y oliendo su cuello.
—Hans… —murmuró—. Para, Hans…
Él gruñó en respuesta cuando se separó y no le dio tiempo a asimilar lo que ocurría antes de que un aluvión de voces gritaran «felicidades».
Oteó la terraza y compuso un gesto confundido. ¿Estaría aún en el avión dormido y soñando? No encontraba otra explicación a aquello, pues en el jardín de sus suegros no cabía un alfiler, y la comitiva la encabezaba alguien que jamás habría esperado encontrar allí.
—¿Vir?
La mujer sonrió y corrió hacia él, turbada. Se fundieron en un abrazo muy conmovedor que emocionó a los presentes.
—¿Vas a llorar? —le preguntó África a Alana.
—Calla.
—Vas a llorar —confirmó, y Alana se fijó en que sostenía a la hija pequeña de Alba entre sus brazos.
—Te pega.
El gesto de horror que África le dedicó, sumado a la rapidez con la que le tendió el bebé a la progenitora, hizo reír a las otras dos.
—No lo digas ni en broma. —Fingió un escalofrío—. Eso os lo dejo a vosotras.
—Conmigo no cuentes —rebatió Alana—. Le he pasado el testigo a mi hermano Bruno.
—Por cierto, ¿no me dijiste que iba a traer a Hans?
Alana frunció el ceño ante la pregunta de su amiga.
—Sí. Estará por ahí. —Rebuscó con la mirada—. ¡Allí!
África siguió la dirección que señalaba, escrutando a su alrededor.
—No veo una mierda —se quejó—. Voy a tener que ligarme a un oculista. ¿Qué edad crees que tendrá Alain Afflelou? Aunque quizá tenga algún hijo. Investigaré…
Alana soltó una carcajada y negó con la cabeza.
—Está allí, al lado de la piscina. Es el que está morreándose con Laura, la chica morena del pantalón amarillo.
—¿Es la misma Laura de siempre?
Ella asintió y el rostro de su amiga reflejó repulsa, sin embargo, no le dio tiempo a pronunciarse, pues el hijo mayor de Alba llegó entonces hasta ellas, y Alana lo cogió en brazos, jugando con él unos segundos.
Para cuando Hans terminó de saludar a toda la familia y a los amigos que allí se reunían, y regresó con Alana, un suspiro mezcla de cansancio y felicidad escapó de sus labios.