Epílogo #3
África le dio dos besos y se excusó separándose de ellos en dirección a la piscina, por lo que su chica le acomodó el pelo algo alborotado, y él le sonrió, agarrándola de la cintura y alejándose unos cuantos metros de la fiesta.
—¿Te ha gustado la sorpresa? —indagó ella.
—Sí, aunque no tendrías que haberte molestado. Me hubiese conformado con un poco de sushi en casa y una peli juntos.
— Sushi y peli, ¿eh? La edad te está cambiando —le contestó divertida—. Este año te merecías un gran cumpleaños.
—Cuarenta y uno no se cumplen todos los días.
—Qué viejo —bromeó, envolviendo los brazos en torno a su torso—. ¿Qué hago yo con un señor tan mayor?
—Muchas cosas indecentes y perversas. —Alana puso morritos y frunció el ceño—. Y también cuidarme y quererme, claro.
—Claro.
—Gracias, mädchen . Me ha encantado la sorpresa.
—No tienes que darlas.
—Sí que tengo. Tú eres la razón de todo esto. —La muchacha lo miró con interés—. Eres la pieza que me faltaba y cuando encajaste en el complicado puzle que era mi vida, llenándolo todo de sentido y de gente, comprendí que no podía dejarte escapar.
—Te quiero.
—Y yo a ti, preciosa.
—Ven, quiero enseñarte algo.
Lo agarró de la mano y lo guio por el camino tan conocido para ambos, el mismo que conducía al lugar en el que compartían tiempo a diario, aunque pasaron de largo el gimnasio.
Hans la miró con una ceja alzada.
—¿A dónde vamos?
—¿Impaciente?
Él soltó una carcajada y asintió, sin dejar de seguirla en silencio, sin embargo, el gesto de diversión se borró de su rostro cuando su chica se detuvo y fue consciente de a dónde lo había llevado y por qué.
—¿Qué? —Enfocó su vista en ella, alucinado—. ¿Cuándo…?
Alana se mordió el labio inferior con ilusión.
—¿Te gusta?
Hans giró todo su cuerpo hasta ella y volvió a torcer la cabeza hacia arriba, sin poder dejar de observar lo que había hecho.
Negó incrédulo repetidas veces y la estrechó por la cintura.
—¿Cómo demonios has hecho eso?
Señaló con su brazo al árbol que tenían frente a ellos, al fondo del terreno. El gran ficus de grueso tronco y denso follaje servía de guía para una sólida plataforma de madera en la que Iris coronaba la cima.
—Me dijiste que de pequeño siempre habías soñado con una casa en un árbol y se me ocurrió que quizá te gustaría tener tu propio centro de mando en las alturas. Sé que no te gusta demasiado tu actual despacho compartido con mi padre.
—Alana… —Su nombre salió de sus labios con la mezcla perfecta de devoción y sorpresa.
—¿Quieres subir?
Hans asintió y no perdieron ni un segundo en salvar los empinados escalones. Cuando llegaron a la plataforma, Alana sonrió agarrándose a la barandilla. Hans pasó por su lado y aferró su mano, entrando juntos en el vehículo convertido en su propia y original casa del árbol.
Se notaba que habían despejado la zona y limpiado todo el interior, pero él no reparó en nada de aquello, concentrado como estaba en llevar a Alana hasta la cama y tumbarse sobre ella.
Por suerte, aquella seguía estando en el mismo lugar de siempre, solo que mucho más arreglada que de costumbre.
Ella, al ver sus intenciones, tironeó con suavidad de su brazo intentando frenarlo.
—Los demás están en la fiesta —expuso.
—No tardaremos mucho.
—Hans…
—Me encantaría demostrarte cuánto me han gustado todas estas sorpresas, mädchen —ronroneó encendido.
—No ha sido solo cosa mía, todos han ayudado a construirla durante estos días. Mi padre no ha dormido tranquilo hasta asegurarse de que ni un huracán pudiese tumbarla.
—Pues ahora mismo me van a perdonar, pero voy a volcar todo mi agradecimiento en ti, espero que puedas sobrellevarlo.
Alana fue incapaz de responder, ya que las palabras se atoraron en su garganta al sentir las manos y la boca de Hans recorrer su cuerpo.
Olvidó que a unos cuantos metros la fiesta continuaba, se esfumó su reticencia a ausentarse más de la cuenta, se concentró en su hombre y en lo que hacía con su cuerpo, y gimió su nombre enloquecida cuando el clímax los sorprendió a ambos: ella, una vez más, con la cabeza colgando de la cama, fruto de los embistes de Hans sobre su cuerpo, y él resollando por el esfuerzo del movimiento frenético de sus caderas y la liberación de la que había sido víctima segundos antes.
La boca femenina suspiró satisfecha cuando Hans desperdigó delicados besos desde sus labios hasta su abdomen, en un camino lento y sinuoso.
—¿Estás bien? —le preguntó divertido al ver que no se movía—. Se te va a ir toda la sangre a la cabeza si sigues boca abajo.
—Creo que no puedo moverme.
Hans soltó una carcajada y la ayudó a incorporarse. Cuando se quedaron frente a frente, despejó la cara femenina del cabello despeinado y besó sus labios.
—Mi corazón no está para estos trotes.
—No digas tonterías. —Se rio ella.
—No lo son. Todos los días me enamoro un poco más de ti y tengo miedo de que un día se colapse de tanto amor.
Ella lo miró conteniendo una sonrisa.
—En el fondo eres un romántico.
—Soy un hombre enamorado y feliz, y estos seis años han sido los mejores de mi vida y ha sido gracias a ti.
Ella lo besó emocionada.
—Te amo, Hans —le dijo con la frente apoyada en la suya.
—Y yo a ti, mädchen . Más que al universo.
FIN
(O hasta que nos volvamos a encontrar en Costa Serena)