Eres la excepción que desmonta mis planes (Costa Serena 2) Epílogo
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Epílogo

… e hicieron una barbacoa

Un momento como aquel merecía una celebración a la altura, y la familia Remo Delgado hacía tiempo que podía presumir de ser experta en organizar fiestas inolvidables.

Alana cerró la puerta de su coqueto hogar y rodó por las calles del pueblo que la había visto crecer, sintiendo un cosquilleo en el estómago. Cuando llegó a la casa familiar, aquel conocido caos le provocó una sonrisa.

—Hola, mamá —la saludó cuando esta pasó por su lado secando una ensaladera.

—Hazme un favor y no dejes a la vista de tu hermana pequeña el monopatín —le dijo bajando la voz—. No tengo ganas de acabar en urgencias de nuevo con otro de sus huesos roto.

Alana sonrió.

—No te preocupes, lo esconderé.

Estrella negó agotada y continuó su camino. Alana, tras guardarlo en el armario de la entrada, decidió salir al jardín y se acercó a su padre, dándole un beso en la mejilla. Este le tendió una cerveza del botellero que ella rehusó con un gesto.

Fede levantó una ceja, mirándola inquisitivo.

—¿Tienes algo que contarme?

—¿Me lo preguntas como padre o como jefe? —rebatió divertida.

—De jefe nada, socio; y lo mismo da.

—Una vez más, papá: no estoy embarazada —alegó sintiendo que repetía demasiado esa frase en los últimos tiempos, sobre todo desde que había cumplido los veintiocho.

¿Qué le pasaba a su familia con el tema bebés?

—¿Has hablado con Müller?

—Sí. Ha llegado hace unos diez minutos a Madrid.

Su padre asintió con la cabeza, y Alana lo observó con detenimiento.

Trabajaban codo con codo desde que ella y Hans habían decidido instalarse en Costa Serena.

Al principio, Alana tan solo se limitaba a ayudarlo en los entrenamientos y poner en práctica algunas de las cosas aprendidas, sin embargo, no pasó demasiado tiempo antes de que todos esos conocimientos e ideas comenzaran a fluir e implantarse en el negocio.

Poco a poco, aquel centro de entrenamiento local, que tan buen nombre y clientela se había ganado, se convirtió en algo más.

En la actualidad contaban hasta con una aplicación de entrenamiento funcional y nutrición que cada vez tenía más adeptos, aunque el punto real de inflexión fue cuando incluyeron a Hans en la ecuación o a Müller, como su padre se empeñaba en llamarlo dentro del ámbito laboral.

Supieron aprovechar su don de gentes, su facilidad para comunicarse en varios idiomas y los contactos que tenía gracias a sus extraños trabajos eventuales por todo el mundo, y dieron un salto más al convertirse en espónsor de eventos deportivos como los X Games, competición que acababa de celebrarse en California y a la que Hans había acudido en calidad de representante y relaciones públicas.

—¿Se huele algo de todo esto?

—Digamos que piensa que vamos a celebrar una sencilla barbacoa familiar para darle la bienvenida, después de estar diez días fuera de casa —contestó ella con una sonrisa.

—Bien —asintió Fede orgulloso de la tapadera.

Su madre la llamó desde alguna de las ventanas de la casa, y ella se despidió de su progenitor, el cual le hizo un gesto con la mano invitándola a abandonar el jardín. Cuando llegó a la casa, su sonrisa se ensanchó.

—¡Virginia! —contestó con verdadera alegría abrazando a la mujer, que se descolgaba en ese momento el bolso del hombro. Había acudido sola, ya que su marido no había podido pedir permiso en el trabajo—. Gracias por venir.

—No tienes que darlas, estoy encantada de estar de nuevo por aquí —rebatió devolviéndole el abrazo—. ¿A qué hora llega?

—Aún le quedan un par de horas.

—Debe de estar agotado.

—Bueno. —Sonrió elevando ambas cejas—. Según me ha dicho, se ha pasado casi todo el vuelo desde Los Ángeles a Madrid roncando. Comodidades de viajar en primera clase, lo ha llamado.

Virginia abrió mucho los ojos, y Alana se encogió de hombros.

—Quién lo ha visto y quién lo ve… Menuda siestecita se ha debido de echar.

—Once benditas horas.

Rieron juntas y, un momento después, su madre las animó para que salieran a la terraza a picotear algo.

Así lo hicieron y estuvieron un buen rato charlando animadas, aunque Alana no paraba de intentar controlar el revoloteo que sentía en su estómago.

En ello andaba cuando una conocida voz llegó hasta ella.

Se giró a tiempo de ver una nube de pelo rubio, casi blanco, volar hasta ella.

África se tiró a los brazos de su amiga, y ambas emitieron unos chillidos ridículos y algo infantiles que hicieron sonreír a los más cercanos.

—¡Alana! ¡Tía! ¡Que estoy aquí otra vez! —repetía la recién llegada—. Costa Serena, ¡i’m back!

—¡Sí! Qué bien que hayas podido venir. —Alana soltó una risa encantada y la agarró de las manos. Aquello provocó que se separasen. La miró con atención—.Guau, estás impresionante.

Y lo estaba. África siempre había sido llamativa, sin embargo, aquellos rasgos aniñados que había podido tener en el cuerpo o en el rostro habían desaparecido por completo, dejando paso a los de una despampanante mujer que vestía una elegante y atrevida ropa de marca, coronada con un generoso escote.

Los veintiocho le habían sentado muy bien.

—Afri… —Alana abrió los ojos como platos fijando la vista en su pecho.

La carcajada de su amiga no se hizo esperar.

—¿Te gustan? Obsequio de mi última conquista. —Se ajustó el busto elevando ambas cejas—. Era cirujano plástico.

—Un regalo muy… ¿interesante? Espera… —La miró con los ojos horrorizados—. ¿Era? ¿Lo has matado o algo así? Por favor, dime que no te lo has cargado.

—No. —Rio—. Solo pertenece al pasado.

—No sé por qué no me sorprende —rebatió Alana.

—Bueno, ¿qué me he perdido durante todos estos años?

—Se agarró del brazo de su amiga y miró a su alrededor—.

Seguro que hay alguna novedad jugosa al margen de lo bueno que sigue estando tu padre.

Dios. —Silbó y se mordió un labio mirándolo con lascivia—.

¿Qué edad tiene ya? Este hombre es como el vino…

—África, por lo que más quieras —le rogó con un gemido lastimero.

—En serio, ¿cuántos años tiene?

—Cuarenta y seis —contestó fingiendo aburrimiento.

—Cuarenta y seis meneos le daba —murmuró, y Alana le dio un empujón que le provocó una risa sincera—. Bueno, ¿qué opinas sobre que nuestra amiga Alba haya decidido seguir los pasos de tus padres y ya tenga tres hijos? Por cierto, vendrá, ¿no?

Alana sonrió enternecida con la mención.

—Sí, más tarde. Te aviso de que la niña es una muñeca preciosa y buenísima.

—Uy, uy, uy… Me da que te está entrando el gusanillo.

—¡No! —Negó con la cabeza—. Estamos muy bien como estamos y no nos hace falta nada más. Ni Hans ni yo queremos niños.

—Ya, ya —contestó no muy convencida—. ¡Hostia! ¿Esa es tu hermana Fabiola?

Los ojos de su amiga se abrieron como platos. Alana siguió la mirada de la otra y se fijó en la joven, que en breve estrenaría su mayoría de edad.

—La misma.

—Madre mía. —Silbó de nuevo—. Y seguro que no le habrá hecho falta tirarse a ningún cirujano cincuentón, que para nada estaba igual de bueno que tu padre, para conseguirlas.

Alana se carcajeó algo horrorizada. Había olvidado lo intensa que era su amiga en vivo y en directo.

—Por supuesto que no.

—Maldita genética la vuestra.

—Entrena cada día —aclaró—. Cuando acabe la carrera quiere prepararse para las pruebas de la Policía.

—No me jodas, ¿pato? ¿Al final lo va a hacer de verdad?

Alana asintió.

—Nadie la llama así ya.

—No me extraña, se ha convertido en un cisne pibón.

Mientras Alana reía pasó por su lado Guille, que se detuvo fijando la vista en el escote de la recién llegada.

Su hermana mayor carraspeó, pero él ni se inmutó.

—Hola, Guillermo.

La mención de su nombre completo en los labios de aquella beldad le hizo sentirse todo un hombre. Elevó la mirada y la observó prendado.

—Guille, ¿te acuerdas de mi amiga África?

—¿Si digo que sí me estrecharás entre tus brazos? —rebatió sin un ápice de vergüenza.

África se echó a reír.

—La última vez que te vi me lanzaste un saltamontes y te empeñabas en tirarme del pelo. Aún te meabas en la cama, de hecho.

—Entonces era solo un niño —le dijo con una sonrisa seductora.

—Justo lo mismo que eres ahora —rebatió su hermana aguantando la risa.

Este la miró con gesto indignado.

—Tengo barba, por lo que ya no soy un niño.

—Creo que papá te llama. Ve, anda.

El preadolescente asintió no muy convencido, no sin antes dedicarle un guiño a la diosa de pelo blanco, y se giró dejándolas a solas.

—Menudo personaje.

—Creo que mis padres lo recogieron de la basura. Barba, dice… Si son cuatro pelos jugando al póquer —bromeó Alana—. Bueno, antes de que alguien más nos interrumpa, ven conmigo.

La agarró del brazo y la guio por el césped hasta una puerta que antes no se encontraba allí.

Alana le explicó que habían delimitado la zona del centro de entrenamiento, creando una entrada anexa a la casa y ampliando el edificio.

La anfitriona le enseñó a su amiga las instalaciones, y África alucinó con cómo había cambiado todo.

Al regresar, se sentaron a picotear algo junto a su hermana Fabiola, y pronto se les unieron Carolina; Zahara; su tía Alicia, y las gemelas, Emma y Diana.

Los nervios en el estómago de Alana no paraban de crecer conforme se acercaba la hora de la llegada de Hans. Bruno, el único que faltaba en la reunión, se iba a encargar de ir a recogerlo, puesto que vivía en una zona cercana al aeropuerto.

Para cuando todos —y ese «todos» englobaba a la numerosa familia y a los amigos— esperaban en el jardín, Alana se retorcía las manos aguardando tras la puerta de entrada.

Sintió el zumbido del coche entrando en la calle e inspiró hondo. El sonido de las puertas al cerrarse la hizo contener el aliento, e intentó serenarse cerrando los ojos y soltando el aire poco a poco por sus labios fruncidos.

—¿Hola? —dijo Bruno abriendo la puerta.

—¡Hola! —saludó ella esquivando a su hermano y echándose en los brazos de un despeinado Hans, que la cogió al vuelo y sonrió enterrando la cara en su cuello mientras la elevaba.

Alana enroscó las piernas alrededor de su cintura y se colgó de él como un koala.