42 La boda
Fueron felices…
La ceremonia de Alba y Soto fue todo lo emotiva que cabía esperar. Los novios lucieron radiantes, hubo lágrimas, sonrisas y mucho amor. Alana se agarró al brazo de Hans, emocionada, cuando se dieron el «sí, quiero», y este apretó la mano que reposaba sobre su antebrazo con cariño.
En un momento en el que las tres amigas se abrazaban animadas y charlaban con complicidad, Fede se acercó a él y se puso a su lado, tendiéndole una copa llena de líquido ambarino.
—¿Cómo va eso?—le preguntó su suegro.
—Incómodo.
Se metió el dedo en el espacio entre el cuello y la camisa, intentando aliviar la molestia. El otro soltó una risotada.
—Estás muy elegante.
—Tú pareces sacado de una película de Marvel.
—Me lo tomaré como un cumplido. —Cuando no le contestó, se extrañó, aunque no insistió.
Dirigió sus ojos al mismo punto que él, que se hallaban posados en su hija y le habló, haciendo que Hans se volviese y lo observase en silencio—.
Hace veinticinco años tomé una decisión que cambió mi vida para siempre.
Por ella dejé todos mis sueños de lado y lo volvería a hacer un millón de veces sin pensarlo.
—¿Por Estrella?
—No. Por Alana —aclaró—. Su llegada fue el motor que hizo que luchase por conseguirles a ella y a mi mujer un futuro mejor. Estaba aterrado, era solo un niño aprendiendo a ser adulto cuando vino al mundo, pero me esforcé por conseguir cada cosa que hoy tenemos.
—Lo hicisteis bien.
—Formas parte de esta familia, Hans —le dijo tras unos segundos—. Y apoyamos a los nuestros en sus decisiones.
—¿Carolina te lo ha contado?
Negó con la cabeza.
—Cuando tienes ocho hijos aprendes a interpretar sus silencios, gestos y miradas. —Hizo una pausa—. ¿Vas a pedirle matrimonio?
Hans abrió los ojos con sorpresa, sonrió a su suegro y palmeó su hombro con cariño.
—Me temo que vas a tener que engrasar tu radar y aplicarte más en eso del análisis, suegro.
Y tras eso, dejando al hombre desconcertado, se marchó en busca de su chica, que los observaba con una sonrisa curiosa.
Durante lo que restó de velada no se separó de ella.
Abrazado a su espalda y estrechando su cintura consiguió despistarla lo suficiente al susurrarle al oído lo que tenía planeado hacerle en el lujoso baño del lugar, por lo que la joven fue incapaz de mover un solo músculo cuando su amiga lanzó el ramo a su espalda.
Pero mereció la pena, ya que cumplió su promesa sobre el fresco lavabo de mármol sin quitarse ni una prenda siquiera.
Aquel vestido había resultado muy aparente para poder hundirse en ella sin dificultades, y sentir los tacones de Alana apretando su trasero se convirtió en un aliciente que le instó a penetrarla con mayor ahínco.
Sin embargo, aunque lo que habían compartido lo calmó en cierta manera y había conseguido desenredar parte del nudo que llevaba días instalado en su interior, supo que no podía posponerlo más, por lo que agarró la mano de Alana y la guio fuera del recinto donde todos bailaban y bebían.
—¿A dónde vamos? —le preguntó extrañada cuando puso la llave en el contacto de la moto y le tendió el casco.
—Es una sorpresa.
Ella lo miró suspicaz y se montó tras él. El efecto del poco alcohol que había ingerido se disipó al sentir el viento sobre sus mejillas y, para cuando se detuvieron, los nervios se concentraban en el estómago de la muchacha.
—¿De qué se trata? —preguntó al bajarse de la moto.
—¿Impaciente?
—Pues sí —admitió—. No sueles darme sorpresas.
—Llevas razón. Mal hecho por mi parte.
La sonrisa de Hans tuvo un deje de culpabilidad que dejó ver cuando aferró la mano femenina y echó a andar hacia Iris. La muchacha entró tras Hans cuando este abrió la puerta y se giró hacia ella con una sonrisa.
—¿Te ha sabido a poco lo del baño? —indagó Alana con diversión.
—Ya sabes que no me canso de ti, pero no estamos aquí para eso. Al menos no en principio.
Sonrieron juntos.
—Habla. Me tienes en ascuas.
Hans se desabrochó el pantalón y lo bajó por su cintura ante la mirada estupefacta de su chica. El brillo en los ojos femeninos al dirigir la mirada al trozo de piel recubierto por una película transparente le dejó claro que había conseguido su fin: sorprenderla.
—Hans…
A Alana se le nubló la vista.
—Lo que llevo pintado en el cuerpo es el reflejo de mi vida y de las cosas que me han importado, y tú no podías faltar en él. Tendría que haberlo hecho hace mucho tiempo, pero nunca es tarde, ¿no?
El dibujo de la misma carta de póquer que ella llevaba en su piel y que se había tatuado años atrás con sus amigas, lucía una ligera variación, ya que el interior de esta albergaba dos corazones rojos en vez del solitario de Alana.
—¿Cuándo te lo has hecho?
—Ayer —aclaró. Ella negó con una sonrisa y lo besó—. Y no es todo.
Alana se separó de él y lo miró con renovado interés.
—¿Más sorpresas?
—En realidad, esto solo era un detalle. —Se llevó la mano al bolsillo del pantalón, y Alana contuvo la respiración durante unos segundos, sin embargo, la soltó de golpe cuando se fijó en lo que le tendía.
Por un momento había imaginado que se arrodillaría allí mismo para pedirle matrimonio y su corazón se había saltado un par de latidos ante la idea.
Lo miró con extrañeza sin atreverse a agarrar aquel trozo de papel doblado—.
He querido que estuviéramos aquí para dártelo porque Iris también forma parte de nuestra historia.
Alana asintió enternecida.
—Sé cuánto la echas de menos.
—En la misma medida que tú extrañas estar con tu familia —apuntó cuando su chica abrió el documento y comenzó a ojearlo. No pudo contenerse por más tiempo—. Es el contrato de alquiler con opción a compra de una pequeña casita que hay cerca del camping .
Los ojos de Alana volaron del papel a los suyos.
—¿Qué?
—Toda mi vida he buscado la felicidad en cada cosa que hacía, en cada lugar que recorría y ciudad que exploraba.
—Agarró las temblorosas manos de ella, que dejaron caer la carta a sus pies—.
Sé que no has tenido problemas en seguirme a través del mundo, de hecho, me pediste que lo recorriésemos juntos y durante estos años me he volcado en eso, sin embargo, ahora soy yo el que te pide que me concedas tener un lugar que podamos llamar hogar.
Un par de lágrimas resbalaron por las mejillas de Alana.
—¿Quieres quedarte?
Él asintió.
—Quiero que los dos seamos felices. Nada tiene sentido si alguno de los dos no lo es del todo, y sé que echas de menos a tu familia.
—Sí —confirmó—. Pero eso no significa que tengamos que quedarnos, podemos buscar la manera de…
—Quiero hacerlo, Alana —la interrumpió—. Jamás habría dado este paso si no estuviera seguro de que quiero echar raíces aquí junto a ti.
—¿No te vas a sentir estancado?
—No.
—¿Ni vas a necesitar huir?
—Espero que no. ¿Tienes pensado hacer algo que me provoque la necesidad de salir corriendo? Espera, creo que siento un cosquilleo extraño en las piernas —bromeó haciendo el amago de salir de la furgoneta—. No voy a irme, Alana. Te lo dije hace tiempo y te lo repito ahora.
—¿Nos quedamos?
—Sí.
—Parece que soy su debilidad, señor Müller.
—¿Alguna vez lo dudó, señorita Remo? —Besó la punta de su nariz, y ella se abrazó a su cuello—. Eres mi excepción.
—¡Eh, eso es mío!
—Deberías sentirte halagada, que te parafraseen significa que eres alguien importante.
—¿Lo soy?
—Para mí sí. Te amo más que al universo, mädchen .
—¿Me lo repites mientras me haces el amor? —le preguntó con un tono más bajo y sensual.
—Te lo repetiré cada día que me regales a tu lado.
Alana besó la comisura de su boca, sintiendo las cosquillas que su barba le provocaba.
—¿Seguro? Porque serán muchos. No sé si me va a poder seguir el ritmo, ya tiene una edad y…
Hans soltó un gruñido ronco que la hizo sonreír.
—Jovencita descarada.
Se fundieron en un nuevo primer beso, y ambos fueron conscientes de que se hallaban en el lugar en el que debían estar, al que de verdad pertenecían, al margen de todo lo demás.
Se encontraban en el sitio perfecto, el uno en los brazos del otro.