41 Morriña
Disfruta del viaje y olvídate del destino
Hans y Alana sumaron tantos kilómetros como sonrisas juntos. Los meses se fueron sucediendo, ella por fin acabó el máster y su relación fue afianzándose y, aunque habían regresado en varias ocasiones a Costa Serena y a Villena juntos, nunca se quedaban más tiempo que unos pocos días.
Llevarían algo más de un año rodando por el mundo cuando, en una de aquellas visitas a casa de los padres de ella, les sorprendieron con un regalo que emocionó a Alana y provocó un nudo en el estómago de Hans.
—¡Sorpresa! —habían gritado todos juntos, incluidas amigas, tíos y abuelos, cuando accedieron al jardín y una flamante y nueva furgoneta camperizada los esperaba.
A Hans, que no le habían importado nunca las cosas materiales, le supuso un esfuerzo considerable despedirse de Iris y dejarla allí, en el camino de entrada a la vivienda.
Poner un pie en la nueva casa rodante le hizo sentir que estaba traicionando a su compañera de aventuras, algo que no pasó desapercibido para Alana, que agarró su mano y la apretó con fuerza cuando la recorrieron juntos.
Sus suegros lo tranquilizaron indicando que cuidarían de Iris y que siempre estaría allí para cuando regresaran a casa, aunque todos supieron que aquello no le resultó nada fácil.
La noche antes de marcharse hicieron el amor por última vez entre sus cuatro paredes, durmiendo juntos y abrazados mientras ambos recordaban los lugares en los que habían estado los tres y le dieron las gracias por haberlo hecho posible.
La siguiente vez que regresaron, con motivo de la celebración de la boda de sus amigos Alba y Soto, Alana fue la que sorprendió a su familia con un aspecto diferente, no solo por el atuendo que lucía, que se asemejaba al de toda una aventurera con sombrero incluido, sino por la manera en la que proyectaba su energía al mundo.
—¿Qué clase de perroflauta eres tú y qué has hecho con mi hermana mayor? —le dijo Carolina, a la que le quedaban tan solo unos cuantos meses para cumplir la mayoría de edad y estaba preciosa.
—Ven aquí.
Alana abrazó a su hermana, y ambas sonrieron mientras sus padres las miraban emocionados.
—Estás guapísima —le dijo Fede al estrecharla entre sus brazos.
—Gracias, papá.
El hombre la separó de él agarrándola por los hombros y le sonrió.
—Parece que la estás haciendo feliz —le dijo a Hans sin mirarlo.
—Ella es la que me hace feliz a mí.
Entraron en la vivienda entre abrazos y sonrisas que se sucedieron durante varias horas. Tras comer juntos, la pareja se marchó al apartamento a descansar.
—Para la próxima vez que vengamos tendremos que buscarnos un hotel o dormir en mi vieja habitación de la planta de arriba —manifestó Alana mientras dejaba las llaves en la isla de la cocina—. Bruno casi no lo ha utilizado, pero Carolina está haciendo ya las maletas.
Hans la observó mientras se desabrochaba el cinturón y abría el primer botón de su pantalón.
El aspecto de él también había sufrido un leve cambio, pues, aunque continuaba utilizando ropa amplia, de telas frescas y de aspecto bohemio, algunas de las nuevas adquisiciones tenían un aire más moderno y actual.
—Ya lo veremos. —Alana se sentó en el sofá y suspiró—. ¿Qué ocurre?
—No lo sé.
La ceja de Hans se alzó y fue hacia donde se encontraba.
—¿Es algo físico? —Ella negó frunciendo el ceño.
—Me siento rara estando aquí, pero para bien —aclaró.
—¿Morriña?
—Es posible.
Hans se mantuvo en silencio y pasó un brazo por los hombros de su chica. Besó su pelo y durante un buen rato se quedaron allí, tan solo compartiendo el espacio y el aire que respiraban, cada uno sumido en sus propios pensamientos.
La tarde antes de la boda, África y Alana raptaron a la futura novia y pasaron varias horas recibiendo mimos y cuidados de manos expertas, mientras no paraban de hablar sobre lo que les había ocurrido en sus vidas.
África hacía ya tiempo que se había marchado a otra ciudad, siguiendo los pasos de uno de sus amores fugaces y, después de romper con él, había decidido quedarse en aquel sitio.
Encontró un trabajo que no la había aburrido a los pocos días, y palabras textuales: tenía un mercado masculino mucho más amplio donde encontrar a sus futuras víctimas.
Alba llevaba meses con la preparación de la boda e inmersa en la reforma de la casa que compartirían una vez fuesen marido y mujer.
Tras un comentario de África, admitió que la utilizaban como nidito de amor, pues lo primero que compraron fue la cama tras un hecho algo vergonzoso.
Rieron juntas cuando les narró la cara de horror que se le quedó a su suegra, durante una semana entera, al abrir con las llaves que le habían dejado de repuesto por si alguna vez surgía alguna emergencia, y los había pillado desnudos en pleno salón, inaugurando la estancia por todo lo alto.
Al llegar el turno de Alana, esta les relató algunos de los lugares que habían visitado en los últimos meses y de los que les había mandado fotografías por el grupo que compartían de mensajería instantánea.
También contestó algunas preguntas sobre su relación con Hans, no pudo evitar echarse a reír cuando África le dijo que si alguna vez se planteaban un trío la llamasen, y se divirtió mucho al ver las caras con las que la miraban alucinadas al contarles que habían pasado unos días en una comunidad nudista que vivían en unas cuevas horadadas en las montañas.
—¿Fuiste capaz?
Alana asintió aguantando una sonrisa.
—Al principio me costó, me moría de la vergüenza, aunque en realidad llamaba más la atención quedándome vestida que desnudándome.
—Madre mía —contestó Alba con los ojos muy abiertos.
—¿Y los tíos estaban ahí, a nabo batiente?
—¡África! —Se horrorizó Alba murmurando—: ¡Baja la voz!
—No te hagas la mojigata, que tu suegra te pilló mientras su adorado y perfecto hijo te hacía un examen rectal. ¿Quién lo iba a decir? Parecían tontos y les va la sodomización.
—¡Calla!
Alana rio.
—Os he echado de menos, chicas.
Y lo decía de verdad. Sentía que en los últimos tiempos la distancia le pesaba más que de costumbre.
Hacía ya tres años que se había despedido de su familia y se había embarcado en aquella aventura y, aunque desde que tenían la nueva furgoneta, a la que Hans se había negado a bautizar, su vida resultaba mucho más cómoda en todos los sentidos, pues tenía todo lo necesario para sobrevivir sin depender de encontrar un baño o una ducha cerca, echaba de menos su tierra y su gente.
Era un tema que había evitado hablar con Hans.
Si de algo se sentía orgullosa era de tener una relación con él en la que podían dialogar de todo.
No solían guardarse nada para sí mismos y utilizaban esa unión que habían decidido crear como catalizador de las emociones que a veces les quedaban grandes, compartiendo el peso y haciéndolo más llevadero, pero con aquello no podía.
Conocía a Hans, sabía que era un hombre al que no le gustaba estancarse, sentía que el mundo tenía mucho por ofrecer y no entendía el concepto de asentarse, por lo que hablar con él de eso era absurdo, porque no la entendería y se frustraría aún más, por lo que se lo llevaba guardando para sí misma desde hacía tiempo.
Ambos habían madurado y crecido como personas, eso era indiscutible, y tenían una relación sana, no obstante, esta no estaba exenta de discusiones.
Hans tenía la sensación de que ese tiempo con ella había sido clave para perdonar a la vida y a sí mismo por un pasado que no supo manejar.
Ese día, aprovechando que Alana pasaría la jornada con sus amigas, se había metido en la furgoneta y llevaba un buen rato sentado en aquel desgastado suelo.
La soledad y el silencio que allí lo envolvía le resultó extraño, pues solía tener siempre cerca a su chica y, aunque estuviesen en silencio, su presencia lo acompañaba.
Respiró hondo y el aroma tan familiar del vehículo le erizó la piel.
Sintió la necesidad de agradecer a la vida por haber jugado sus cartas tanto tiempo atrás y llevarlo hasta Alana.
Palmeó el suelo de la furgoneta sonriendo, recordando aquel día en el que una simple avería se convirtió en su pasaporte para la felicidad.
No había sido un camino de rosas, pues, a pesar de que ambos eran tranquilos la mayoría del tiempo, también tenían sus roces cuando no estaban de acuerdo en algo.
Y debía reconocer que eso estaba sucediendo con más asiduidad que de costumbre.
Alana llevaba un tiempo algo negativa, se aislaba y no habían sido pocas las veces que la había descubierto con la mirada perdida y sumida en sus pensamientos.
Al principio creyó que sería una emoción pasajera, sin embargo, al prolongarse en el tiempo se dio cuenta de que algo no andaba bien, por mucho que ella intentase quitarle hierro al asunto y sonreírle cuando le preguntaba.
En varias ocasiones había intentado hablar del tema con ella, pero Alana insistía en que no había nada mal, que tan solo se sentía más reflexiva que de costumbre y bromeaba con que la visita a aquel templo budista la había calado hondo.
Hans sabía que no era así y, si sus conjeturas no erraban, lo que sentía era nostalgia y añoranza.
Había reflexionado mucho acerca de aquello, del motivo por el que ella no reconocía lo que sentía o, si lo hacía, no lo compartía con él. Conociéndola como lo hacía, no dudaba del porqué, pero le dolía que ella no lo admitiera ante él.
Había llegado a la única conclusión posible una noche, algunas semanas atrás, en la que Alana había caído rendida después de la cena, y él no encontraba sosiego. Se recreó en observarla mientras dormía con placidez y tomó una decisión cuando el sol despuntaba en el horizonte.
El sonido de unos nudillos sobre la chapa lo sacó de sus pensamientos.
—Adelante.
La puerta se abrió con sigilo y una cabeza de largo y bonito pelo rubio asomó por ella.
—¿Hola?
—Hola, Carolina —contestó él sin moverse del suelo—. Pasa.
La joven lo hizo y cerró a su espalda, observando todo a su alrededor.
—Parece más pequeña.
—Tú eres más mayor. —Sonrió y palmeó el suelo a su lado—. Ven, siéntate.
La joven lo hizo y lo miró expectante con esos ojos azules de largas pestañas. Poco quedaba de la niña que él había conocido años atrás, pues tanto su cuerpo como su personalidad hablaban de la mujer en la que se estaba convirtiendo. Una preciosa y de fuerte personalidad.
—Tú dirás.
—¿Cómo te va todo?
La ceja derecha de ella se alzó.
—¿Me has citado aquí a escondidas para preguntarme eso? —Dejó ir un sonido dubitativo de su garganta—. No querrás nada raro, ¿verdad? Estás saliendo con mi hermana y, aunque sé que soy más divertida, carismática y estoy más buena que ella, estaría mal…
Hans dejó escapar una carcajada ante su frase tan directa y tan diferente a como habría reaccionado Alana en su situación.
—Tu cerebro me inquieta, Carolina.
—No eres el primero que me lo dice —rebatió cruzándose de brazos—. Y antes de seguir hablando debo reconocerte que fantaseé contigo siendo adolescente, pero eso no significa que quiera nada extraño. Vamos, que no, ¿eh? Ea, ya lo he dicho.
La muchacha soltó el aire en un suspiro exagerado y la frente de Hans se arrugó al elevar ambas cejas.
—No sé si quiero saber esa historia.
—Pues te lo voy a contar igual.
—Eso me temía.
—Os vi. —Hans la observó con la duda pintada en el rostro—. Os. Vi —repitió componiendo un gesto evidente.
—¿Acostándonos?
—Oh, no. —Negó con la cabeza con un tono irrebatible—. No estabais acostados en realidad.
—No me refería a…
—Sé a lo que te referías, pero me he visto en la necesidad de aclararlo. Creo que nunca más podré mirar la barra de esa cocina sin imaginaros ahí dándole al tema.
Hans volvió a reír.
—¿Lo siento?
—Deberías.
—Necesito tu ayuda —recondujo la conversación.
—¿Entramos ya en materia? Vale. Cuéntame, soy toda oídos.
Él inspiró profundo y le narró el plan que había ido puliendo al margen de Alana, sin escatimar en detalles. Para cuando terminó de exponerlo, Carolina aplaudía emocionada.
—Vale, puedes olvidarte de todo. Bueno, de todo no, claro. Pero mi parte déjala en mis manos, yo me encargo.
—¿Segura?
—Del todo. —Asintió abriendo los ojos con emoción—. Has ido a decírselo a la persona idónea.
—No hagas que me arrepienta —rogó.
—Palabrita.
La joven besó su mejilla, pegó un gritito emocionado y salió del vehículo, dejando a un sonriente Hans dentro. Después de todo, compartir la carga siempre resultaba liberador.
Al día siguiente Alana no reparó en el ánimo de Hans, ya que se vio envuelta en la vorágine de su familia mientras se preparaban para la boda a la que todos habían sido invitados. Todos menos Bruno, que se encontraba fuera del pueblo.
Su cerebro había borrado la sensación de caos que reinaba en aquella casa cuando debían acudir a algún evento, y no pudo decir que lo hubiese echado de menos cuando observó a su hermana Fabiola correr hacia el baño con la mano sobre la boca, presa de los nervios.
Regresó al apartamento abrumada y, apoyándose contra la puerta, cerró los ojos y soltó el aire con lentitud.
—¿Te pillo en mal momento? —Escuchó la voz divertida de Hans frente a ella.
Alana resopló, levantó los párpados y lo observó, quedándose sin habla.
Estaba impresionante. Aquel pantalón fino y oscuro, adornado con un fajín en el mismo tono, pero de una tela más satinada, contrastaba con la camisa blanca ceñida a su atlético cuerpo.
Él la escrutó divertido y expectante.
—¿Estoy ridículo?
—No. —Se mordió el labio sin saber qué decir, pues jamás lo había visto así de elegante—. En absoluto.
—Estás preciosa.
—Gracias, tú también.
Hans sonrió y agarró su cintura, pegándose a ella.
—¿Puedo besarte?
—Hacía años que no me preguntabas algo así.
—Lo digo por el carmín —aclaró—. Hace tiempo que no te maquillas y he perdido la práctica.
—Es permanente.
Aquella palabra fue suficiente para que sus labios se unieran a los de ella. Alana dejó ir un gemido entregado, sintiendo que parte de la tensión se disipaba con aquel beso.
—Te quiero.
—Te quiero —repitió ella uniendo su frente a la de él—. Recuérdame que, si nos pilla aquí el próximo evento, no suba bajo ningún concepto a echar una mano.
Hans sonrió sin despegar los labios y, unos minutos después, se marcharon cogidos de la mano. La mente masculina no registró su petición, pues no podía asimilar más información, ya que estaba centrado, a la par que aterrado, por lo que ocurriría unas horas más tarde.