Eres la excepción que desmonta mis planes (Costa Serena 2) 40 Adiós
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40 Adiós

Volar y acariciar el cielo en tus brazos

La despedida fue más emotiva de lo que Alana imaginó. No pudo evitar llorar al ver a todos sus hermanos y a sus padres diciéndole adiós con la mano en el límite del jardín delantero, y agradeció haberlo hecho del resto de su familia el día anterior en una barbacoa familiar.

Echaría de menos aquellos eventos organizados con cualquier excusa y que reunían a toda la familia y amigos, aunque, en aquella ocasión y debido a la premura de la noticia, tan solo se sumaron los más allegados.

Una mano masculina le dedicó una caricia en el cuello y miró a Hans, regalándole una sonrisa trémula.

—Si no estás segura…

—Vámonos —contestó con rotundidad cuando un par de lágrimas rodaron por sus mejillas.

Hans asintió y apretó el agarre en su pierna antes de llevar la mano a la palanca de cambios. Durante la primera hora se mantuvieron en silencio, sumidos en sus propios pensamientos y lidiando con emociones nuevas a las que debían acostumbrarse.

—¿De qué hablaste ayer con mi padre?

Él sonrió enigmático.

—De nada que deba preocuparte.

—Hans…

Él apoyó la mano en su muslo y apretó con cariño.

—Lo digo en serio, no fue nada. Tan solo me pidió que cuidase de ti, me hizo prometerle que vendríamos cada cierto tiempo a verlos y me explicó los impedimentos que le pusieron tus abuelos maternos cuando tu madre se quedó embarazada de ti.

—¿Te ha contado eso?

—No sé si estaba intentando lanzarme un mensaje encriptado sobre hacerlos abuelos.

Alana soltó una carcajada.

—No te preocupes, no he cambiado de opinión con respecto a eso. Ya te dije que no entra en mis planes convertirme en madre. Tengo ocho hermanos y tendremos multitud de sobrinos en unos años.

El detalle de haber utilizado el plural no pasó desapercibido para ninguno de los dos. A ambos les gustó pensar en el futuro estando juntos.

—Imagino que sí.

—Podemos ser los tíos molones y nómadas que les mandan fotos desde cualquier rincón del mundo y les llevan regalos cuando vuelven de visita.

—No sé yo si Iris está muy contenta con esa frase —bromeó—. Para que eso llegue quedan aún varios años y me da que querrá jubilarse antes.

Alana dejó ir una risa.

—Pobre —dijo a la vez que acariciaba el salpicadero con cariño—. Por cierto, mis padres me han dado dinero. —Hans frunció el ceño y la miró un segundo antes de volver la atención a la carretera—. No he abierto el sobre ni sé si en realidad quiero hacerlo.

—No lo hagas entonces.

—¿No te molesta?

—¿El qué? ¿Que no quieras utilizarlo?

—No, que me lo hayan dado —aclaró sin dejar de observar sus gestos y muecas mientras conducía.

—Se preocupan por ti y por tu bienestar. No me puede molestar algo así. —Hans no esperó a que ella respondiera—. Es normal, Alana. Son tus padres.

—¿Seguro?

—Seguro.

—¿Tan seguro como lo de la furgoneta?

Hans dejó escapar una risotada, recordando el minucioso examen que el padre de su chica había pasado a Iris, más exhaustivo que el de las inspecciones oficiales que esta aprobaba cada año.

Alana aguantó una sonrisa rememorando la cara de circunstancias de Hans que, aunque intentaba disimular ante ella, no pudo ocultar del todo el hecho de no estar cómodo mientras el gran cuerpo de su padre invadía su intimidad de aquella forma.

—Lo dejaremos guardado junto con el tuyo para imprevistos y averías —declaró.

Él asintió conforme.

—Me parece bien.

Volvieron a sumirse en sus propios pensamientos, sin embargo, las ganas de hablar de la joven parecían regresar con la misma rapidez con la que el cuentakilómetros avanzaba en cada tramo recorrido.

—Hans.

El titubeo de su voz al nombrarlo captó todo su interés.

—Dime.

—No te llegué a preguntar algo y sigo con la duda.

—¿El qué?

—¿Cómo supiste dónde estaba el día de la fiesta?

Él elevó ambas cejas y sonrió de lado.

—Magia.

—Hans…

—¿No es eso lo que dice tu madre a tus hermanos cuando sabe algo antes de que ellos lo admitan? He aprendido mucho durante estos días.

—Eso no es magia. —Se rio—. Es la experiencia de tener tantos hijos y estar de vuelta de todo.

Él sonrió. Aquel detalle aún conseguía ponerle los pelos de punta. ¿Qué necesidad había sentido aquella pareja de superpoblar la tierra de esa forma?

No lo entendía, no obstante, para ellos tenía sentido.

Hans llevó la mano a la radio con la clara intención de poner algo de música. Alana lo detuvo entrelazando los dedos con los de él.

—Contéstame. ¿Cómo supiste que la fiesta se celebraba en casa de mi tía?

La comisura derecha de los labios masculinos se arqueó.

—¿Me creerías si te dijese que fui puerta por puerta preguntando por ti?

El manotazo de ella en su brazo le hizo soltar una carcajada.

—¡Venga ya!

—Me lo dijo tu amigo.

Alana se quedó en silencio unos segundos.

—¿Qué amigo? —No había tantas opciones, pues la mayoría se encontraban en la fiesta con ella, aun así, quiso confirmarlo.

—El que trabajaba contigo.

—¿Edu? —Hans asintió con la cabeza a la vez que hizo un sonido con la garganta—. Fui a tu casa y al ver que no había nadie me acerqué al camping, y él me lo dijo.

La joven, que no salía de su asombro, sonrió con cierta nostalgia.

—Es un buen chico.

—Eso mismo me dijo él sobre ti.

—¿Hablaste con él?

—Un poco. Lo justo para que me contase lo que ocurrió, que lo habías perdonado y que llevarme hasta ti formaba parte de su penitencia.

Alana lo miró con los labios apretados.

—Le gustaba.

—Algo que es comprensible y normal, pese a que tú lo digas con ese tono de incredulidad. Lo extraño es que no tengas un séquito tras de ti.

Alana negó con la cabeza.

—No es normal, nos hemos criado juntos.

—¿Y?

—Que jamás lo he mirado así.

—«Así», ¿cómo? —preguntó divertido tirándole de la lengua.

—Ya lo sabes —se quejó.

—¿Como me miraste a mí desde el primer momento en el que me presenté en la recepción del camping ?

La nariz femenina se frunció.

—No te pases, no llamaste nada de nada mi atención ese día.

La carcajada de Hans resonó en el vehículo.

—Seguro que te pusiste a dar saltitos como una fan alocada cuando me di la vuelta.

—No te lo crees ni tú.

—Bueno, un poco loca sí que estás cuando te has fijado en mí, has invadido mi furgoneta con tu ropa y tus cosas, has devuelto tu adorado apartamento a tus padres y me has pedido que te lleve a ver mundo.

Alana sonrió y apoyó su palma sobre la mano masculina, que descansaba en la palanca de cambios.

—Y no pude haber elegido un mejor compañero de locuras.

Hans detuvo la furgoneta al entrar en el área de descanso a la que se había desviado y la miró.

—¿Sabes que te quiero?

La muchacha sonrió emocionada.

—Eso dices.

—Y espero estar demostrándolo también.

—Lo haces —contestó coqueta girando su cuerpo hacia él—. ¿Por qué paramos?

La duda de Alana fue respondida cuando él se desabrochó el cinturón y se acercó a ella.

—Porque no me podía aguantar más las ganas de besarte.

Y lo decía en serio. Alana se había convertido en su debilidad y también en su ancla, en ese lugar seguro al que siempre querría volver y que jamás soltaría.

Él, que toda su vida había sido un tipo que no acostumbraba a esperar por lo que quería, había aprendido gracias a ella que no había nada de malo en parar y escucharse.

También le había regalado un nuevo sentido al concepto «familia» y había conseguido hacerle sentir que pertenecía a algo o a alguien, sanando viejas heridas que aún supuraban.

La joven, al escuchar la necesidad en su voz, dejó ir una risita que murió en el momento en el que los labios de Hans entraron en contacto con los de ella.

El beso, que comenzó siendo delicado y dulce, cargado de veneración, pronto se convirtió en uno mucho más desesperado, presagiando lo que necesitaban.

Cuando, un buen rato después, ambos recuperaban la respiración tirados de cualquier manera sobre el colchón, Alana tuvo la certeza de que había tomado la decisión correcta.

Allí, con la cabeza colgando de forma precaria tras los embistes del cuerpo masculino, lo supo.

No porque el sexo con él fuese siempre apasionado e intenso y le dijese que la quería cada vez que llegaba al orgasmo.

No porque la sorprendiese cada día con su espontaneidad.

No porque hubiese conseguido el respeto y aprobación de sus padres.

Ni tampoco por lo que vivirían juntos durante todos aquellos meses que pasarían rodando por la carretera y descubriendo cada rincón en el que fuesen a parar.

Sino porque, con él, había aprendido que la vida se componía de esos momentos que le daban sentido a todo, que no valía la pena preocuparse en exceso por el mañana y sí por vivir el presente, y porque las reglas siempre tenían excepciones y estas podían resultar muy interesantes si te atrevías a descubrirlas.