Eres la excepción que desmonta mis planes (Costa Serena 2) 39 Irse
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Un deseo no cambia nada, una decisión, sí

Cuando cerró tras de sí, la escuchó murmurar en alguna parte de la estancia, por lo que la buscó con la mirada y dio con ella sentada en el sofá, con las piernas flexionadas sobre el asiento y la cabeza apoyada en las rodillas.

Caminó hasta su cuerpo encogido y se acuclilló delante de ella.

—¿Estás bien? —La cabeza de la joven se movió con una negación, aunque no estableció contacto visual—. ¿Quieres hablar sobre ello?

—No.

La voz fue clara dentro del sonido amortiguado.

—De acuerdo. ¿Te has quedado con hambre? —preguntó levantándose y yendo hacia la cocina—. Apenas has comido. Te puedo intentar preparar algo, eso sí, no me pidas nada demasiado elaborado si no quieres que la cocina salga ardien…

—Hans.

La voz de Alana lo detuvo.

Se giró y observó cómo levantaba el rostro, lo cual le permitió apreciar la humedad en sus mejillas.

Verla llorar era algo superior a él, en general, las lágrimas siempre habían sido su kriptonita [5] , ya que se trataba de otra de las situaciones que no sabía manejar, por lo que contestó con cautela.

—Dime.

—Si quisieras huir ahora, lo entendería.

Aquello lo hizo sonreír y negó con la cabeza, regresando hasta ella.

—No me voy a ir. —Se sentó a su lado y la atrajo hacia sí—. Necesitas algo más que una comida con tu familia para que lo haga.

—Yo… no puedo.

El eco de la derrota tiñó su voz y la nuez de Hans se movió arriba y abajo cuando tragó con dificultad.

—¿A qué te refieres?

—No puedo hacer esto, Hans —añadió y elevó el rostro, uniendo sus miradas—. Yo no soy así. No hago esas cosas.

—Lo sé.

Ella señaló con la mano hacia la puerta.

—¿Has visto cómo me miraban?

—Solo te ha superado la situación, todo el mundo pierde los nervios de vez en cuando, mädchen .

—Yo no.

—No sabía que me había echado de novia a un cíborg [6] —contestó intentando quitarle hierro al asunto.

Alana no se rio y se separó de él. Impuso una distancia que a Hans no le gustó en absoluto, por lo que la miró contrito, temiéndose lo peor.

—No puedo hacerlo, Hans —repitió, y él apretó la mandíbula.

Al ver cómo lo miraba dedujo a qué se refería y se lamentó por no haber sido capaz de demostrarle con cada gesto y palabra lo que significaba para él.

Se arrepintió de estar perdiéndola cuando todavía no había terminado de sentirla del todo suya, sin embargo, no lo dejaría todo sin luchar, no otra vez.

—No me voy a ir.

Alana se mordió el labio y contuvo el movimiento involuntario de su barbilla al sentir de nuevo unas inmensas ganas de llorar.

—No puedo.

—Sí que puedes. Podemos afrontarlo juntos.

Se mantuvieron las miradas durante unos segundos.

—Necesito salir de aquí —imploró la voz rota de ella.

—Seguiré en este mismo lugar cuando regreses —contestó decidido—. No me voy a ir.

Se negó a aceptar aquella derrota. Se negó a renunciar a lo único que le había hecho sentirse completo en toda su jodida vida.

Se negó a renunciar a ella.

—Sácame de aquí, Hans.

La observó con la duda reflejada en el rostro.

—¿A dónde quieres ir? No conozco el pueblo y…

—No quiero que me lleves al pueblo —lo interrumpió y las comisuras de los ojos de él se arrugaron.

Hans sintió un chisporroteo en su interior que presagiaba un estallido de euforia, aunque lo contuvo. No terminaba de entender el giro que estaba dando la situación.

¿No estaba acabando con él después de todo?

—¿Qué me estás pidiendo exactamente, Alana?

—Llévame lejos de aquí. Cojamos a Iris y recorramos el mundo juntos.

Los chispazos comenzaron a prender en su estómago.

—¿Es en serio?

—Sí.

—Alana, adoras a tu familia. —No supo el motivo, pero necesitaba que ella estuviese del todo segura de su decisión antes de tomar él ninguna al respecto—. Puede que cuando todo se calme y habléis de…

Ella agarró su brazo y se pegó a él, mirándolo a los ojos.

—Hans, nunca he estado tan segura de algo —rebatió firme—.

Sigo queriendo a mi familia, aun así, necesito hacer esto.

Siempre he hecho lo que he creído que se esperaba de mí, siempre he pensado en los demás antes que en mí misma.

Siempre. Y contigo siento que puedo saltar al vacío sin importarme lo que me espere abajo, no porque tú puedas salvarme, sino porque sé que, mientras caigo, te reirás conmigo sin importarte que nos estrellemos, siempre y cuando hayamos disfrutado cada segundo de la experiencia.

Aquello lo dejó sin habla. Paseó la mirada por el rostro de Alana y terminó concentrándose en el brillo de sus ojos.

Una sonrisa comenzó a formarse en su masculino rostro, transformando la angustia que había sentido en esperanza, a la vez que su interior estallaba en una supernova de energía.

Se sintió capaz de aquello, supo que podría enseñarle a saltar agarrados de la mano. Ella también le mostraría a él el camino correcto, por lo que, elevando una ceja y mordiéndose el labio con expectación, agarró una de sus manos.

—¿Estás convencida de lo que me estás pidiendo?

—Por completo.

—Quieres que nos vayamos —afirmó.

—Sí.

—¿Cuánto tiempo?

—¿Acaso te ha importado eso alguna vez?

Hans cogió aire y llenó sus pulmones casi en su totalidad.

—Tus padres…

—¿Qué más da?

—Me van a odiar todavía más.

—No te odian.

Hans soltó una risa incrédula.

—Permíteme que lo dude. No dijiste algo así como que me ven como al tipo que ha seducido y secuestrado a su primogénita, le ha robado la honradez y la ha devuelto convertida en toda una mujer decidida y pasional.

Alana soltó el aire por la nariz conteniendo la risa.

—No lo dije así, además, te recuerdo que me contestaste que no estamos en el siglo diecinueve y que yo soy nada de eso.

—¿Te enfadas si te digo que en el fondo me ha gustado verte hace un momento plantándole cara a todos?

—Supongo que no —contestó recuperando el tono divertido y dejando a un lado la angustia de unos minutos atrás.

—Voy a tener que buscar otra forma de llamarte, porque lo de «muchacha» ya no va contigo.

Ella cerró los ojos un segundo.

—Me van a desheredar. —Hans soltó una ronca carcajada ante su lamento.

—No.

—Pues me van a matar.

—Tampoco. —Posó una mano bajo su barbilla y le alzó la cabeza, depositando un escueto beso en sus labios—. No van a hacer nada de eso.

—¿Cómo puedes estar tan seguro?

—Porque te quieren, y porque si yo me he plantado delante de un tipo con el aspecto del primo de Thor, con los brazos del tamaño de uno de tus muslos y dispuesto a romperme uno a uno los huesos y a disfrutar en el proceso, y no me ha hecho nada, ¿cómo lo va a hacer con su ojito derecho?

Alana soltó una risita aliviada.

—Mi padre no haría eso.

—Ya. Díselo a mi mano. Por poco tengo que pedirte que me lleves a urgencias para que me pongan una escayola.

Ella negó divertida.

—Entonces, ¿me vas a llevar contigo?

—Si es lo que de verdad quieres, sí, pero necesito que estés segura y que no sea una decisión tomada a la ligera por lo que ha pasado ahí dentro.

—Estoy segura.

Hans la atrajo por la cintura y la subió encima de él. Alana se acomodó a horcajadas y apoyó ambas manos en sus hombros.

—Pues parece que habrá que hablar con tus padres.

—¿Y exponerte a que el primo de Thor te rompa por fin todos los huesos?

—Espero que me cuides y cures después.

—Puedes darlo por hecho. —Unieron sus labios, sin embargo, ella no permitió que él profundizase el beso—. Se me ha olvidado decirte algo importante.

—¿Qué? —murmuró con los ojos entrecerrados—. ¿Tienes algún otro pariente que pertenezca a la Liga de la Justicia dispuesto a hacerme puré? Con África y tu padre ya estoy bastante acojonado, siendo sincero.

Ella soltó una carcajada y negó con la cabeza.

—No.

—¿Entonces? Mira que a mi edad cualquier cosa me puede provocar un infarto.

—Creo que me enamoré de ti la primera vez que me sonreíste de lado al llamarte señor Müller, aunque no pienso admitirlo ni una sola vez más.

Y la sonrisa que compartieron justo antes de besarse fue el presagio de todo lo que vendría después.