38 Familia
Rompiendo reglas
Alana cerró el mensaje de su hermana y bloqueó el teléfono con una sonrisa de anticipación y de nervios en su rostro.
La imagen que su cerebro había recreado ante las perspectivas que se le presentaban viajó directa hasta la parte baja de su abdomen y provocó que una marejada de calor húmedo descendiese hasta concentrarse entre sus muslos.
—¿Y esa cara? —preguntó Hans con verdadero interés al ver la mirada que le dedicaba.
—Ven aquí.
Lo agarró de la mano y lo instó a seguirla, cosa que Hans hizo con el ceño fruncido. Sin darle explicaciones, Alana abrió la puerta que conectaba con la casa de sus padres con cierto sigilo y asomó la cabeza, llamando sin recibir respuesta.
—¿Qué haces?
—Calla… —le riñó ella.
Hans dejó que lo guiase por la vivienda y también escaleras arriba. Ascendió, divertido e intrigado a partes iguales, sin soltarla de la mano.
—¿A dónde vamos? —indagó cuando subieron a la segunda planta, pero ella lo ignoró entrando con cautela en la habitación de sus padres.
—¿Papá? ¿Mamá?
Les recibió el silencio de nuevo.
Hans soltó un silbido impresionado, pues tan solo aquella estancia era más grande que el apartamento entero de Alana.
—Shh.
—Pero si no hay nadie —rebatió Hans aguantando la risa.
—Calla.
No pudo evitar reírse entretenido por la actitud de ella, que se mantenía cauta y más tensa que su propia entrepierna. Al abrir la puerta del baño elevó ambas cejas con asombro.
—Joder.
—¿Qué?
—Menudo nivel, ¿no?
Alana cerró tras ellos. Esperaba de verdad que su familia no volviera a casa hasta después del almuerzo, tal y como le había dicho su hermana Carolina, aunque no se quiso arriesgar a que llegasen y los pillasen allí, por lo que cerró el pestillo.
Sonrió mordiéndose el labio inferior con anticipación al ver cómo Hans la miraba expectante.
—¿Te apetece una ducha?
Elevó una ceja sugerente, despojándose de la ropa y quedándose desnuda frente a él. Sintió cómo los ojos del hombre recorrían su cuerpo con descaro y caminó hasta la puerta de cristal contoneándose.
—Santa María, madre de Dios.
—¿Eres creyente? —le dijo burlona. Abrió y accionó el caudal de agua que comenzó a manar del techo como si se tratase de una lluvia copiosa—.
En mi baño no cabíamos los dos, así que me he visto obligada a saltarme algunas reglas.
Alguien me dijo una vez que la adrenalina de ser descubiertos puede ser muy estimulante.
—Sería alguien muy sabio.
—Mucho.
Alana soltó una risita nerviosa por el tono grave que Hans había empleado y un grito escapó de su garganta cuando él, que no había perdido ni un segundo y se había desnudado en tiempo récord, la cogió en brazos y la metió dentro con un brillo depredador en los ojos.
Y, aunque no fueron descubiertos en plena actividad acuática, los padres de Alana los interceptaron bajando el último tramo de escaleras que llevaban al salón, con el cabello húmedo y jugueteando como dos niños.
Decir que el encuentro fue algo tenso sería quedarse corto.
El padre de Alana, al que Hans ya conocía, aunque no de manera formal, le dedicó una mirada que le dejó claro que sabía quién era y qué había hecho con su hija, y se habría creído su sonrisa en son de paz de no haber sido porque sintió la mano palpitar tras el apretón de fingida camaradería que le había dado al saludarle.
—Quedaos a comer —les invitó el hombre, y el tono utilizado no dio lugar a réplica.
Alana trató de pedir ayuda a su madre con la mirada, intentando que esta los excusase y así poder librarse de la invitación, pero la mujer se encogió de hombros conteniendo una sonrisa.
La comida resultó una locura para Hans y una tortura para Alana.
—Guille, se come con la boca cerrada —amonestó el cabeza de familia al chiquillo de siete años que, ajeno a toda aquella situación, jugaba moviendo sus piernas en un balanceo nervioso.
—¿Quieres? —murmuró Alana a Hans ofreciéndole más comida. Este negó con la cabeza y le dedicó una sonrisa.
—Estoy bien, gracias.
Ella intentó devolverle el gesto, pero tan solo consiguió dedicarle una mueca forzada. Estaba nerviosa y algo tensa, pues sentía que era demasiado pronto para someter a Hans a una reunión de aquel tipo.
Rezó para que sus hermanos se comportasen por una vez, de lo contrario, si salía huyendo despavorido tendría motivos más que justificados para hacerlo.
Se concentró en su respiración mientras posaba los ojos en un punto cercano, que resultó ser el pelo de Hans.
Este ya se encontraba seco y recogido en su habitual moño de aspecto varonil, no obstante, recordar cómo sus dedos habían tirado de esas hebras mientras gemía ella con la espalda apoyada en las baldosas frías de la ducha de la última planta no fue una buena idea.
Sintió cómo sus mejillas se colorearon.
—¿De verdad vives en la furgoneta que hay aparcada ahí fuera? —preguntó Carolina, a la que no le pasaron desapercibidos ningunos de los gestos y sonrojos de la mayor.
En cierto modo entendía a su hermana, aquel tipo resultaba muy llamativo, aunque fuese un poco viejo, sin embargo, tener el cuerpo plagado de hormonas debido a sus quince años la hacía responder por puro instinto ante lo que su cabeza reproducía una y otra vez desde la noche anterior, momento exacto en el que había espiado la ventana del apartamento de su hermana y había atisbado movimientos sospechosos y mucha carne expuesta.
Hans asintió devolviéndole la mirada con gesto cordial.
—Sí.
—¡Mola! —respondió Guille con el entusiasmo propio de su edad—. ¡Yo quiero vivir en un camión de bomberos, mamá!
—Concéntrate en comer el filete que tienes en el plato y ya después hablamos sobre eso —rebatió la mujer.
—¿No tienes dinero para comprar una casa? —preguntó una de las gemelas.
Alana no pudo evitar una mueca de horror.
—¡Diana! ¿Qué clase de pregunta es esa?
Alana miró con los ojos muy abiertos a sus padres, aunque a estos no les dio tiempo a pronunciarse.
—La verdad es que sí que tengo una —admitió él, y su chica lo miró con un gesto de disculpa—. Pero no vivo en ella desde hace mucho tiempo.
—¿Por qué? —Carolina volvió a la carga.
—Porque no —rebatió la mayor, zanjando el tema.
Sabía que a Hans no le gustaba hablar de su pasado y no iba a permitir que se sintiese más incómodo si es que eso era posible. Ambas, Emma y Carolina, podían ser muy insistentes cuando se lo proponían.
—¿Podéis comportaros? —preguntó su madre.
—Sí, mamá —dijeron al unísono como dos angelitos.
La primogénita suspiró. Bastante tenía con el hecho de haber estado casi obligada a compartir la comida con su familia y con Hans, como para que encima lo sometieran a aquel interrogatorio.
Hans posó una mano en su muslo intentando transmitirle calma y el gesto fue percibido por los mayores sentados a la mesa.
—No pasa nada. —Le sonrió conciliador—. No me importa contestarles.
—No tienes que hacerlo. Son unas entrometidas.
—¡Eso lo serás tú! —discutió la melliza.
—Diana, no empieces —regañó su padre.
—¡Lo ha hecho ella!
Alana resopló agobiada. Por primera vez en su vida se sentía avergonzada de su familia y el sentimiento no le gustó en absoluto.
—Hans ha dicho que a él no le importa contestarnos. —Se escuchó la fingida voz inocente de Carolina, a la que le encantaba avivar el fuego.
—¡Sí que lo ha dicho! Yo lo he escuchado —corroboró Guille.
—¿Sabes que te llamas como el malo de Frozen ? —le soltó Emma, la otra melliza.
Hans negó con un gesto confundido.
—¿ Frozen ?
—¿No la has visto? Es una peli, y es muy guay. ¿Quieres verla luego? Mamá, ¿podemos hacer palomitas?
—Emma, por favor —respondió la matriarca—. Relaja.
—No quiero comer más —murmuró Fabiola con voz trémula—. Tengo ganas de vomitar.
—¡Guille! ¡Ni se te ocurra! —amonestó su padre señalándolo con el dedo—. Suelta ahora mismo esa cuchara llena de guisantes.
—¿Por qué? —respondió el chiquillo con toda la intención de lanzarlos como si de una catapulta se tratase.
—Guille…
—Pasadme el agua. —Se escuchó la voz pasota de Bruno.
—¿Por qué tienes tantos anillos? Los anillos son de chica.
—¿Cuántos años tienes?
—El pelo largo también es de chica.
—¡No lo es! Los chicos también pueden llevarlo así.
Las voces se solaparon entre sí, y a Hans le costó seguirlas.
Alana supo que aquello se estaba descontrolando y también fue consciente de que la única que podía detener tal locura era ella. Hans observaba alucinado la situación, girando su cabeza como si de un partido de tenis se tratase.
Sintió una vergüenza profunda anidar en su interior y, con la respiración agitada, actuó sin pensar en nada más que en sacarlo de allí.
—¡Se acabó! —Se levantó de la mesa arrastrando la silla con ella.
Ante el ruido, las voces cesaron. Todos los allí presentes la miraron con gestos muy variopintos, aunque la expresión que más se repetía era el asombro.
—Tranquila, mädchen … —murmuró Hans, intentando calmarla.
—¡No! ¡No estoy tranquila! ¡Ya está bien!
—Los miró furiosa y señaló a Hans con la mano—.
Sí, vive en una furgoneta. Sí, tiene el pelo largo, anillos, pulseras y tatuajes.
Sí, es mayor, de hecho es trece años mayor que yo.
Tiene treinta y cuatro años. Tiene una casa.
Es vegetariano. Le gusta levantarse temprano y practicar yoga.
Nació en Berlín. Habla alemán, inglés, español y francés, y su color preferido es el blanco. ¡¿Algo más?!
Nadie se atrevió a hablar, ni siquiera su hermana Zahara de tres años, que la miraba con los ojos muy abiertos.
Hans no vio oportuno añadir que también chapurreaba algo de italiano y, lo más importante de todo, que en aquel momento sabía con absoluta certeza que estaba enamorado de ella sin remedio.
—Pequeña…
—¡Pequeña no, papá! ¿Qué os pasa? —les recriminó a sus hermanos—. ¿Tan difícil es que os comportéis como una familia normal?
—Uy, lo que ha dicho —murmuró Carolina, y sus padres, los dos, la amonestaron con la mirada.
La barbilla de la joven tembló cuando las fuerzas comenzaron a abandonarla. Ver los ojos algo dolidos de su madre fue superior a ella.
—Vámonos, Hans.
Él la miró y se levantó, acariciando su cintura e intentando calmarla, no obstante, antes de ir tras ella, que ya dirigía sus pasos hacia la entrada del apartamento, miró de nuevo a la mesa.
—¿Podemos hablar más tarde? —preguntó al matrimonio, dirigiendo la vista hacia la mujer. Esta asintió devolviéndole la mirada—. Gracias por la cena —dijo apaciguador—. Estaba todo muy bueno.
—Ve con ella —lo animó Fede.
Hans le hizo un gesto con la cabeza que sirvió para mucho más que las breves palabras que se habían dirigido hasta el momento y se marchó por la puerta que Alana había dejado abierta.