Eres la excepción que desmonta mis planes (Costa Serena 2) 37 Salchicha #2
85%

37 Salchicha #2

Para cuando este comenzó a balancearse, reclamando su contacto cada vez que lo abandonaba, su entrepierna lucía una erección de campeonato como si esta hubiese olvidado la cantidad de veces que habían hecho el amor.

A su cuerpo parecía darle igual todo, que ella estuviese dormida, que tan solo un par de horas atrás hubiese estado enterrado en aquel cálido y estrecho cuerpo hasta en tres asaltos diferentes o que aún no hubiese amanecido.

La necesitaba. Era tan simple como eso.

—¿Qué hora es? —gruñó ella con voz adormecida.

—Temprano. —Sonrió—. ¿Te gusta esto?

—Uhum.

Hans soltó una risa baja y continuó explorando y acariciando.

La principal diferencia de que Alana se encontrase despierta era que en aquel momento ella gemía y emitía unos ruiditos eróticos muy interesantes cada vez que se acercaba peligrosamente a determinadas zonas que no llegaba a tocar en profundidad.

Aquellos sutiles roces tan solo dejaban más y más ansiosa a Alana, y él lo sabía, por supuesto que lo sabía.

Inspiró hondo a la vez que subió su mano, siguiendo la línea de su columna hasta llegar a su cuello, y utilizó toda la palma para abarcarlo.

Alana lo escuchó gruñir y se meció de nuevo contra su cuerpo, rozando con deliberación su erección. Aquello provocó que Hans afianzase el agarre en su cuello y gimiese en respuesta.

—Me estás volviendo loco. —La voz en su oído le hizo cosquillas.

—Yo no he hecho nada —se justificó en un susurro a la vez que alzaba la cabeza y lo miraba por primera vez desde que había despertado—. Hola.

—Hola —le respondió excitado.

—Continúa.

La orden le hizo reír.

—Me estás esclavizando.

—No te quejes tanto. No parecías estar sufriendo mucho hace un momento.

—Pues te equivocas. —Apresó sus labios hinchados por el sueño y por los besos de la noche anterior, y los devoró—. Estoy pasándolo fatal.

—Oh, qué pena. Quizá se me puede ocurrir algo para remediar esa situa… —Se detuvo con brusquedad y lo miró alarmada—. ¿Has oído eso?

—¿Uhm? ¿El qué? ¿Tu necesidad de mí? —Rebatió con lascivia y volvió a acariciar su trasero.

—Shh. Para.

El cuerpo femenino se enderezó y, justo antes de que pudieran reaccionar, la puerta que conectaba con el interior se comenzó a abrir con sigilo.

Alana miró a Hans con los ojos muy abiertos, sus peores temores se hacían realidad, y su padre iba a descuartizarlo allí mismo, en la cama donde había mancillado el honor de su hija.

Contuvo una sonrisa nerviosa ante su pensamiento absurdo y le hizo un gesto silencioso mientras los tapaba a ambos.

Cerró los ojos, rezando para que él hiciese lo mismo, y no tardaron en escuchar el retumbar silencioso y lento de unos pasos caminando en la misma dirección en la que ellos se encontraban.

El corazón de Alana repiqueteaba contra su pecho por la adrenalina del momento. Sentía la sangre agolpada en sus oídos y dudaba de que su rostro reflejase la tranquilidad de alguien que duerme con placidez, pero no reaccionó hasta que sintió unos golpecitos en su hombro.

—¿Alana? —susurró una voz conocida.

—¿Bruno? —Abrió los párpados de golpe y se sentó sobre el colchón, tapándose con la sábana y observando a su hermano—. ¡¿Qué demonios haces aquí tan temprano?! —exigió saber entre susurros, algo más aliviada.

El adolescente observó la escena y dedujo lo que había ocurrido entre ellos, reparando en el tipo que ocupaba parte del colchón y que continuaba dormido.

—¿Te he despertado? —Imitó su tono.

—¿Tú qué crees? —Fingió un bostezo intentando no darle demasiadas vueltas al hecho de que se encontraban desnudos bajo las sábanas. Técnicamente hacía pocos minutos que estaba despierta, por lo que se concentró en ese hecho para que no se le notase la mentira—. ¿Qué haces aquí?

—Necesitaba contarte algo.

—¿Ahora?

—No, después —ironizó—. Pues claro que ahora, Alana. Si no, no habría venido a las cinco y media de la mañana, ¿no te parece?

—Por Dios —se quejó ella al saber la hora que era—. ¿No puede esperar?

—No.

El tono que utilizó, incluso conteniendo el volumen, le dejó claro que era importante.

Alana rebuscó entre las sábanas y se topó con un par de prendas que se colocó mientras el recién llegado soltaba una risita y se daba la vuelta, marchándose al salón.

—Ahora vuelvo —le dijo a Hans en una voz apenas audible y besó su hombro.

Este le pellizcó el trasero, y ella contuvo el grito que nació en su garganta.

Cuando llegó hasta el sofá, se sentó junto a su hermano.

—¿Qué pasa?

—Acabo de hacerlo —cuchicheó.

—¿El qué? ¿De qué hablas?

—¿Tú qué crees?

El muchacho elevó ambas cejas, y Alana negó con recelo.

—Bruno, por lo que más quieras, acabo de despertarme. No tengo ahora mismo el cerebro para andar con adivinanzas.

—Sexo, Alana. Acabo de hacerlo.

Los ojos de ella se abrieron con estupefacción.

Podía entender que Bruno quisiera contárselo, él siempre había hablado con ella de esos temas, aunque no pudiese ayudarlo demasiado debido a sus escasas y poco provechosas relaciones anteriores, pero ¿por qué hacerlo justo en aquel momento? ¿A qué se debía tanta prisa?

—Ah… Y ¿cómo…? ¿Cómo te sientes al respecto? —le preguntó sin saber bien qué decir.

—Bien. Aunque mal. ¿Mal? No, en realidad mal no, pero raro…, sí. Raro.

Ella lo miró y frunció los labios. Soltó lo primero que le vino a la cabeza.

—Habréis usado protección, ¿verdad?

—Alana, si hubiese querido una charla de ese tipo habría ido a contárselo a mamá o a papá, o al abuelo, ya puestos.

—Vale. Perdón.

Se mantuvieron en silencio y se fijó en cómo Bruno se llevaba la mano a los ojos y los presionaba.

—Joder.

—¿Qué pasa? —Se preocupó y agarró uno de sus brazos—. Bruno, sabes que puedes contarme lo que sea. ¿Qué ha ocurrido?

—No puedo. Esto no puedo contártelo.

—¿Por qué? Si es porque te da vergüenza por ser tu hermana mayor piensa que me has pillado desnuda en la cama. —Intentó quitarle hierro al asunto, ya que su hermano parecía bastante agobiado.

—¿Él también está en bolas ahí dentro?

—No te desvíes del tema —lo regañó—. ¿Qué es lo que te tiene tan preocupado?

Bruno titubeó.

—Creo que no debería haberlo hecho con esa chica.

—¿No te gusta?

—Sí, a ver, está muy buena y sabía hacer unas cosas con la lengua que…

—Espera, espera —musitó frenando su frase—. ¿No estamos hablando de Laura?

Bruno negó con la cabeza.

—No.

—Vaya —contestó Alana asombrada, pues su hermano tenía una especie de relación con aquella muchacha desde hacía unos meses—. ¿Y qué ocurre? ¿No te ha gustado? ¿Te arrepientes?

—Fue la leche, creo que jamás nadie ha tenido una primera vez como la mía, en serio. La. Leche —dijo entusiasmado y al momento forzó un gesto serio—. Aunque debería arrepentirme, sí.

—Pero no lo haces.

El chico elevó ambas cejas.

—No mucho. ¿Sabías que el porno no es muy fiel a la realidad? Al menos ella no se puso a chillar como en las películas, aunque hizo sonidos que…, uff…

—Madre mía —se lamentó la mayor cerrando los ojos y pinzándose el puente de la nariz con los dedos. Tendría que hablar con sus padres para que diesen una charlita a sus hermanos con carácter urgente—. ¿Te has preocupado al menos de complacerla? ¿Le has preguntado si ha disfrutado?

—Alana, por lo que más quieras. ¡No! ¿Cómo le voy a preguntar eso? ¿Quieres que piense que soy un pringado virgen e inútil?

—A veces pareces un poco inútil, sí. Y eres virgen —evidenció—. O lo eras, al menos.

—Una información en la que no tenemos por qué recrearnos. No he sido el primero con el que se ha acostado y seguro que se estaría mofando de mí hasta que se me cayese el pelo de viejo.

—¿Quién es?

—Nadie.

La rapidez en su respuesta la puso en alerta.

—Bruno…

Su hermano se levantó como si un enjambre de abejas hubiesen tomado su culo como diana y se puso a caminar hacia atrás sin detenerse. Ella lo siguió, con la cabeza ladeada y sin dejar de observarlo.

—No es nadie importante. No la conoces y no tienes de qué preocuparte. Solo quería compartirlo contigo. ¡He follado! Bueno, me voy a dormir, es tarde.

Antes de que Alana pudiese reaccionar, el muchacho se abalanzó hacia la puerta que conectaba con la vivienda y la abrió, escapando de allí.

Ella soltó el aire retenido.

—¿Qué demonios ha sido todo eso? —preguntó a nadie en particular cuando regresó al lado de Hans y se metió en el colchón, despojándose de los pantalones masculinos y el top con los que se había vestido.

—Ni idea.

—Estaba demasiado raro…

—Olvídalo por ahora y ven aquí, mädchen . Necesito asegurarme de que disfrutas de mis atenciones. Lo intentaré varias veces para que no me quede ninguna duda.

Para cuando Bruno acabó de subir las escaleras y se encerró en su habitación, conteniendo una sonrisa de perplejidad por lo que acababa de vivir, la pareja se entregaba de nuevo a un baile apasionado entre sus bocas y sus cuerpos, destinado a recuperar el tiempo perdido.