37 Salchicha
No cambies por nadie, pero mejora para quien lo merezca
Aparecieron de la mano compartiendo sonrisas y miradas cómplices en el jardín de su tía, lugar en el que se estaba celebrando la fiesta.
—¡Hola! —dijo un torbellino de pelo rojo con entusiasmo, interceptándolos—. Hagámoslo oficial. Soy África, y tú debes de ser Hans.
—Lo soy. —Él sonrió—. Encantado, África.
La chica le regaló dos besos entusiastas y lo miró de arriba abajo al separarse, asintiendo conforme con lo que veía.
—Confirmado: mucho mejor en persona.
Hans dejó escapar una risa.
—Gracias, supongo.
—¿Me puedo saltar el discurso o necesitas que te lo diga?
Él la miró frunciendo el ceño y, al no recibir más respuesta que un levantamiento de cejas por parte de la menuda muchacha, dirigió sus ojos a Alana.
Su chica se encogió de hombros.
—¿Qué discurso? —preguntó intrigado a la recién llegada.
—El que incluye palabras como «cadáver», «amiga» y «la próxima vez que le hagas daño te corto tu preciada schwans [4] y se la echo de comer a mi perro».
—¿Hablas alemán?
—Lo necesario para no pasar hambre.
Alana sonrió y negó con la cabeza.
—Mensaje captado —respondió Hans.
—Estupendo. —Le dio unas palmaditas en el hombro—. Y, ahora, me voy a bailar. Por cierto, Alana, ya que te has pasado al irresistible bando de los maduros follables , me gustaría que supieras que es posible que le haya dicho a tu padre que, si alguna vez tu madre lo abandona, no dude en llamarme.
—¡África! —la amonestó la joven, mirándola con gesto enfadado—. ¡Deja de hacer eso!
La aludida se encogió de hombros e hizo un gracioso gesto con la cara.
—Pero ¿tú lo has visto bien? —Giró la cabeza y dirigió la mirada al padre de su amiga, que observaba con mal disimulada curiosidad hacia donde se encontraban—.
Si parece la reencarnación de un dios nórdico caído del cielo, todo lleno de músculos, con ese pelo rubio, esas arruguitas de maduro interesante, esa sonrisa quemabragas...
La hija del susodicho resopló, y Hans soltó una risa entretenida.
—Vete —exigió Alana.
—Adiós —canturreó.
Cuando la alocada joven se marchó, y los dejó a solas, él se giró hacia Alana con una expresión de incredulidad.
—No preguntes —resopló ella.
—Me gusta. Ah, y tiene el mismo tatuaje que tú.
Aquella frase la tomó por sorpresa.
—Sí, lo tenemos las tres, aunque no son iguales del todo.
—Ni los tenéis en el mismo lugar. El tuyo me gusta más.
Se mantuvieron la mirada durante unos segundos y la piel bajo el pecho de Alana pareció arder cuando él posó la mirada en el punto exacto.
—¿Podemos irnos de aquí? —rogó Hans.
—Aún no —susurró ella con dificultad, aguantando las mismas ganas.
La boca masculina cogió aire con fuerza.
—Está bien. —Asintió y cambió el gesto, separándose de ella a una distancia prudencial que evitase que le devorara la boca allí mismo, delante de todas aquellas personas.
No obstante, no perdieron el contacto de ambas manos entrelazadas—.
Tú mandas. ¿A quién me vas a presentar ahora? África va a ser complicada de superar.
Hans le sonrió, sin embargo, Alana no contestó y tampoco dejó de observarlo. Cuando sintió el peso de su mirada sobre su persona, este se volvió hacia ella.
—¿ Mädchen ? ¿Estás bien? Pareces sofocada —le dijo con verdadera inquietud.
—He cambiado de idea. Vámonos.
Las cejas masculinas se alzaron por la sorpresa.
—Pero ¿no habías…?
—Ya —lo interrumpió y tiró de su mano, sacándolo de allí.
Él no opuso resistencia. No cuando había entendido el azoramiento de ella y deducido que la forma en que lo miraba estaba cargada de necesidad.
Le costó interpretar el deseo que emanaba de sus ojos, y dedujo que tenía que ser un fiel reflejo de los suyos, porque se moría por estar con ella de nuevo.
Su erección presionó contra la tela de los pantalones y agradeció no encontrarse a la vista de todos, pues no podría haberlo disimulado.
Anduvieron unos cuantos metros por la calle sin pronunciar palabra y, cuando llegaron a la puerta del apartamento de Alana, esta se giró y lo sorprendió echándole los brazos al cuello. No perdió ni un segundo en unir sus labios a los de él, que soltó un sonido mitad sorpresa, mitad gemido.
—Te necesito —murmuró Alana en una pausa para coger aire—. Mucho.
Él desplazó las manos desde la estrecha cintura a su trasero, elevándola con ímpetu. Las piernas de Alana se enredaron en sus caderas sin perder un segundo, como si aquel lugar fuese el sitio natural al que pertenecían.
Hans sintió la presión y el calor de la entrepierna femenina mientras se entretenían en enredar sus lenguas y fue más de lo que pudo soportar.
—Abre la puerta.
A Alana no le quedó claro si era un ruego o una exigencia. Apresó el labio inferior masculino y tiró con la fuerza justa hacia atrás.
—Uhm —gimió entregada.
—Alana, abre la maldita puerta.
—¿O qué? —preguntó juguetona en un pasatiempo descarado y novedoso para ella. Le gustó la sensación de ser una chica mala—. ¿Me vas a castigar por ser desobediente?
Él dejó escapar una risa que sonó como el ronquido que haría un depredador antes de saltar y devorar a su presa.
—No.
—¿No? —preguntó con algo de desilusión.
—No. Yo no, pero estoy seguro de que te castigaría alguien de tu familia si viene y nos descubre haciéndolo contra la pared, que es justo lo que va a pasar si no abres ahora mismo.
Alana cogió aire con fuerza.
—¿Hablas en serio? —Se mordió el labio con sumo interés—. ¿Lo harías?
—¿Me estás poniendo a prueba? —Sonrió y la apretó contra él—. Abre. Ya.
La joven giró el pomo, que se encontraba desbloqueado.
—Estaba abierta.
Él puso los ojos en blanco y negó con la cabeza a la vez que sonreía.
No perdió ni un segundo en entrar y, una vez en el interior, utilizó lo primero con lo que se toparon para depositar el trasero de Alana, lo cual resultó ser la pequeña isla de la cocina, lugar del que cayeron algunos objetos a los que no prestaron ninguna atención.
Aferró la nuca femenina mientras devoraba su boca con ansia.
La respiración de ambos, desacompasada y superficial, habló de la necesidad que sentían por el otro. Necesidad que estaban a punto de satisfacer con el poder de las ganas acumuladas.
—Te he echado de menos —admitió él separándose hacia atrás lo justo para observar el regalo de tenerla allí, entregada y ansiosa por él. No perdió el contacto de sus manos en aquel delicado cuello—. ¿Tú me has echado de menos?
—No voy a inflar tu ego —rebatió y se quejó cuando sintió la mano de él descender y pellizcarle un pezón.
—No llevas sujetador —apreció él—. Interesante.
—Ah, ¿sí?
—Mucho —admitió—. Me gusta ver cómo se te marcan los pezones contra la tela cuando me necesitas.
—También lo hacen por el frío.
—No es eso lo que sienten ahora mismo —rebatió pretencioso.
—¿Cómo lo sabes? —murmuró Alana apoyando ambas manos en la superficie tras ella, lo que provocó que su pecho se alzase ante él.
—Porque es lo mismo que siento yo y porque sé que, si meto la mano aquí —añadió al mismo tiempo que colaba una de ellas por debajo del vestido y ascendía rozando la piel de su muslo—, te encontraré mojada.
—Hans.
Su nombre en los labios femeninos sonó como un ruego cuando acarició sobre la tela de su ropa interior.
—Equilicuá —musitó colando un dedo.
No se contuvo y acercó la boca al cuello femenino, que se exponía ante él tras haber dejado caer la cabeza hacia atrás. Besó y lamió la dulce piel, notando en sus labios el retumbar de los gemidos que ella dejaba escapar por su garganta, rendida a sus atenciones.
Ardía por ella y, a pesar de estar disfrutando, le urgía avanzar.
Ya tendrían tiempo para recrearse, toda una vida si con suerte no volvía a cagarla, por lo que, sin dejar pasar un segundo más, subió la suave tela de aquel delicado vestido hasta sus caderas y la instó a levantar el trasero, despojándola de la ropa interior.
Cuando estuvo expuesta ante él, este se relamió los labios de anticipación, se mordió el inferior con saña mirando a Alana y agachó la cabeza.
Ella contempló con suma atención cómo los labios masculinos tomaron contacto con su sexo y, solo entonces, cerró los ojos y se entregó a él y a sus atenciones.
Hans lamió, mordió y succionó todo lo que se encontró a su paso, se dedicó por entero a hacerla perder el control, a regalarle un placer que nunca antes hubiese experimentado, pues sentía que era lo único que dominaba y que podía hacer bien sin estropear nada a su paso.
Cuando la muchacha notó una presión conocida y desquiciante de anticipación, llevó las manos hasta el pelo de Hans y se lo aferró con fuerza, instándole a apretarse contra su cuerpo justo antes de liberarse.
No obstante, él no permitió que Alana se recuperara de aquel rápido orgasmo. Cuando quiso darse cuenta, ya la había enganchado de nuevo por el trasero e iba hacia la cama con premura, dispuesto a pasarse las siguientes horas venerando cada centímetro de su anatomía.
Y adorarla fue justo lo que hizo hasta caer rendidos en el sueño más reparador que habían tenido en días.
Alana se despertó unas horas después, desconcertada y boca abajo en la cama.
No había sido consciente de haber comenzado a contonear su trasero, ya que este se movía con descaro, y ella se sentía ajena a estar enviando aquella orden desde su embotado cerebro.
Sin embargo, la desorientación que pudo sentir, fruto del sueño y de la embriaguez de placer que sentía, se esfumó al sentir la mano de Hans recorrer la curva de sus glúteos y ascender por su espalda, para luego descender de nuevo.
Aquella caricia la hizo ronronear de placer.
—Por fin te has despertado —susurró él en su oído, elevando la cabeza hasta ella.
Cuando Hans había abierto los ojos, un rato antes, no había podido resistirse a la tentación de verla allí, desnuda y con ese bonito culo expuesto ante él, por lo que comenzó a acariciar su espalda.
El gesto pronto se le quedó corto, pues a los pocos minutos sus dedos sintieron la necesidad de descender un poco más en sus atenciones y resiguió el contorno de su redondo y prieto trasero.