Eres la excepción que desmonta mis planes (Costa Serena 2) 36 Sorpresa #2
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36 Sorpresa #2

Alana bajó la vista a sus manos, estas permanecían envueltas por las de él.

Se mordió el labio, afectada por su discurso.

La visión de sus dedos nervudos y morenos llenos de anillos, esas muñecas plagadas de pulseras, la tinta que salpicaba la piel de sus antebrazos a la vista bajo esa camisa remangada de cualquier manera…

La ropa holgada y algo ajada, pero a la vez masculina que utilizaba.

Las arrugas que adornaban la comisura de sus ojos de tantas sonrisas como había regalado al mundo, aunque en aquel momento ninguna ocupase su rostro.

Escrutó al hombre que parecía mirarla con adoración y prometía venerarla, y lo examinó ahondando más allá y buscando con ahínco la veracidad de sus palabras.

Y en cierto modo sintió que era patética por perdonarlo tan pronto, pero ¿quién en su sano juicio diría que no a una declaración así de la persona de la que está enamorada?

—¿Cuándo?

—¿A qué te refieres? —cuestionó él a su vez con cautela.

—¿Cuándo te has dado cuenta de que quieres todo eso? De que me quieres a mí. ¿Cuándo? Si la última vez que nos vimos no podías ni estar en el mismo lugar que yo de lo acorralado que te sentías. ¿Cómo sé que eso no va a volver a pasar?

Hans dio un paso al frente, propiciando un acercamiento físico con precaución, pero a la misma vez con decisión. Ella no se retiró cuando las manos masculinas se posaron en su cintura y aquel logro le dio el impulso que necesitaba.

—Cuando te marchaste y fue demasiado tarde.

—Yo no me fui.

—No —rectificó con una sonrisa triste—. No lo hiciste. Yo te eché de mi lado, una vez más.

Ambos se perdieron en los ojos del otro, compartiendo un silencio sanador que significó muchas más cosas que las que se habían dicho con todas aquellas palabras.

Él quiso transmitirle con su mirada todo el amor que sentía por ella, aunque no supo si lo estaba consiguiendo, pues resultaba algo nuevo para él.

Se había dado cuenta tarde de sus sentimientos, quizá demasiado, sin embargo, quiso agarrarse al brillo que desprendían los ojos de la joven, aferrándose a aquel resquicio de esperanza con todas sus fuerzas.

—Lo siento, mädchen . Perdóname, por favor.

—No me llames así —rogó sin fuerzas rompiendo el contacto visual con él.

Hans llevó la mano a su barbilla, que acarició con cariño instándola a mirarlo de nuevo. Cuando sus ojos conectaron con los de él, curvó los labios con un mar de promesas surcando en ellos.

—Lo hice todo mal porque todo en mí estaba mal.

Tenía miedo de dejarme llevar y atarme a ti; vincularme emocionalmente y sentirme de nuevo vulnerable si alguna vez te perdía.

Alana, sé que mi comportamiento ha dejado mucho que desear, pero ¿crees que podrías darme una oportunidad para intentar ser menos gilipollas esta vez?

Te prometo poner todo de mi parte para hacerte feliz.

Ambos compartieron un silencio expectante.

—¿Qué me estás pidiendo, Hans?

—Ni yo mismo lo sé. No sé gestionar esto ni lo que debo hacer o decir para no cargarla de nuevo, pero lo que sí tengo claro es lo que siento por ti y que no me pienso ir de aquí sin que me perdones, así tenga que rogarte todos los malditos días de lo que me queda de vida —admitió.

—Y, si no lo hago, ¿dejarías de dar vueltas por el mundo por mí?

Hans pensó que la incredulidad en su tono estaba más que justificada. Mentiría si dijese que no estaba aterrado ante la posibilidad de parar y asentarse, ante la perspectiva de echar raíces. Aunque, si tenía que hacerlo, no le cabía la menor duda de que quería que fuese con ella.

—Sí. Si es lo que quieres, sí. —Y aquella simple respuesta hizo que la muchacha derramase una primera lágrima que él recogió con cariño—. ¿Por qué lloras?

El tono que utilizó, cargado de ternura y con una preocupación real por ella, abrió la compuerta que había estado conteniendo y, sin pensar en nada más, se echó a sus brazos, soltando todo lo que había acumulado desde que se separaron.

Alana sollozó, sumida en un llanto desconsolado, y él no supo cómo detener aquella tortura o si debía hacerlo, pues él mismo sentía una congoja en la garganta y un escozor tras los párpados difíciles de contener.

Hans no quería provocarle más dolor; sabía que Alana no lo había pasado bien, aquella mujer que le había interceptado en la entrada, que había conseguido sonsacarle hasta la última de sus palabras y que había resultado ser la abuela de la muchacha le había dejado claro que su nieta había sufrido por él.

Por su maldita culpa.

Lo supo desde el primer momento, desde que en aquel restaurante la miró y pudo ver cómo su bonito corazón se hacía añicos por sus crueles palabras, aunque no se había parado a meditarlo, no cuando se sentía tan asustado que en lo único en lo que pensaba era en salir corriendo y huir una vez más.

No obstante, aquella sensación pronto se tornó en desesperación una vez que entendió que no podía vivir sin ella, que con su simple presencia se había convertido en una adicción para él y en una necesidad de la que no podía ni quería prescindir, y que la había perdido por comportarse como un cretino cobarde e inmaduro antes incluso de poder tenerla.

Echar la vista atrás no había sido fácil y comprendía los recelos que ella sentía.

Entendía cada una de las lágrimas que derramaba, y se odió por no poder hacer nada para detenerlas.

Se aborreció a sí mismo por hacerla sufrir de nuevo, cuando lo que en realidad quería y por lo que se moría de ganas era por besarla y recomponer cada pedazo que él se había encargado de romper.

—Perdóname, Alana. Por favor, perdóname.

—¿De verdad quieres estar conmigo? ¿No te vas a marchar? —gimoteó ella contra su pecho.

Hans sonrió y besó su coronilla. Un repentino escozor hizo que cerrase los ojos y un par de lágrimas cayeron sin previo aviso al bajar los párpados, pillándolo desprevenido, pues hacía mucho tiempo que no lloraba.

Respiró hondo aguantando un sollozo antes de poder hablar de nuevo.

—Sí. Quiero estar contigo. Te quiero, Alana, aun así, no puedo prometerte que no me comportaré alguna vez como un gilipollas de nuevo, te quiero con toda mi alma. ¿Me perdonas? —Ella hizo un gesto con la cabeza—. Necesito escucharlo de tus labios, por favor.

—Te perdono.

—Y ¿me prometes que me agarrarás si, en un lapsus mental, intento volver a escapar?

La joven sorbió por la nariz y lo miró con el rostro surcado de lágrimas, dándose cuenta de que él lucía el mismo aspecto. Aquello la impactó.

—No —dijo rotunda.

—¿No?

—No puedo obligarte a permanecer a mi lado si no es lo que quieres.

Aquella respuesta hizo que sus sentimientos por ella crecieran un poco más.

—¿Se lo tendré que pedir a tu padre?

—No, si no quieres perder las piernas.

Hans sonrió sin separar los labios.

—Mírame. —Con sus manos en ambas mejillas, elevó el rostro de la muchacha. Esta lo observó con los ojos enrojecidos—. No llores más, por favor.

—No puedo evitarlo —admitió ella con franqueza—. No llores tú.

—¿Me dejas hacerte feliz? —Alana asintió al mismo tiempo que sorbía por la nariz—. Voy a intentarlo, Alana. Con todas mis fuerzas y, aunque no estoy acostumbrado a abrirme a nadie, tú lo mereces.

—Nos lo merecemos.

—Nos lo merecemos —repitió—. Voy a intentarlo.

—Te quiero —le dijo por primera vez.

—¿A pesar de que no tengas una edad que la sociedad consideraría aceptable para mí?

La chica soltó una risa por la nariz.

—Los estudios a veces se equivocan. Por eso existen las excepciones.

—¿Yo soy tu excepción?

—Sí. —Sonrió justo antes de unir sus labios y apreciar el sabor salado de las lágrimas de ambos en aquel nuevo primer beso—. Eres la excepción que desmonta todos y cada uno de mis planes.