36 Sorpresa
Si el amor no es una locura, no es amor
—No me llames así —contestó con los dientes apretados y los ojos cerrados.
Su corazón se saltó dos latidos al escuchar ese conocido apelativo cariñoso.
Odió haber echado de menos su voz. Detestó haberlo extrañado tanto.
Se giró y el impacto que provocó su visión la dejó sin respiración.
—¿Podemos hablar? —preguntó Hans, que compuso una mueca intentando aparentar tranquilidad cuando en el fondo se sentía presa de unos nervios que nunca antes había experimentado—. Por favor.
Alana titubeó y se fijó en él durante unos segundos.
Aún no podía asimilar el hecho de tenerlo delante.
Había soñado con volver a verlo durante todos esos días, había fantaseado con la imagen de él frente a ella y se había amonestado al imaginar que se disculparía por sus acciones y le declararía su amor eterno, algo del todo absurdo y basado en una alucinación que para nada se correspondía con la realidad.
No obstante, en aquel momento compartían el mismo espacio, por increíble que aquello pudiera parecerle y, si su loco corazón no se equivocaba, se encontraba allí por ella. ¿Por qué o por quién sino?
Se tuvo que recordar que no debía ponérselo fácil.
Hans, por su parte, sentía el peso de sus actos junto a la animadversión de varias miradas posadas en su espalda. Debía importarle el resentimiento que emanaban algunas de ellas, aunque a decir verdad no era así, puesto que tan solo le afectaba de verdad la mujer que tenía delante.
Y sí, se había referido a ella como a una mujer, porque eso era lo que le había demostrado ser.
No una joven inexperta o una chica inocente, sino una mujer que sabía admitir sus limitaciones, humilde ante lo que no sabía y curiosa por descubrirlo.
Una mujer que había conquistado poco a poco su corazón, ese órgano que él creía incapaz de sentir.
Incapaz de dar o recibir algo de valor. Incapaz de amar.
Era consciente de que no se la merecía, pero no podía imaginarse un día más sin ella, por eso, cuando Alana habló de nuevo, su corazón se saltó un par de latidos y redobló su carrera, enviándole la sensación de que quería salírsele del pecho.
—Ven conmigo —le respondió ella con gesto serio, animándolo a seguirla fuera del alcance de todos aquellos que los miraban con curiosidad y recelo.
Comenzaron a caminar, y él permitió que ella tomase la delantera, bordeando la casa.
No pudo evitar que sus ojos se centraran en la figura femenina que se contoneaba ante él.
Sabía que ella no tenía ninguna pretensión de reclamar atenciones, sin embargo, captaba la suya en su totalidad.
Esas curvas que él había besado y recorrido con su lengua le provocaron una sensación de hogar inédita y la mirada que se concentró en su persona cuando se encontraron a solas le dio la bienvenida.
Hostil, pero bienvenida, al fin y al cabo.
—Estás preciosa.
Alana suspiró.
—¿Qué haces aquí, Hans? —Se cruzó de brazos, intentando no sucumbir a sus palabras e imponer con ello algún tipo de barrera entre ambos.
—Necesitaba verte. —La mejilla de la joven realizó un movimiento, y él supo que se estaba mordiendo el carrillo—. No sé qué me has hecho, Alana, pero necesitaba verte, de verdad.
—¿Por qué? Creo que todo quedó bastante claro en Francia.
Hans sacudió la cabeza, inspiró llevando la vista al cielo y, tras unos segundos, la miró de nuevo.
—No sé cómo hacer esto.
—¿Hacer qué? ¿Hablar?
Él dejó ir una risa nerviosa, afirmando con la cabeza. Alana intentó mantenerse impasible, aunque le estaba costando horrores.
—Absurdo, ¿verdad? Pues así es justo como me siento: absurdo —repitió—. Alana, ¿cómo has podido provocar esto? ¿Acaso eres consciente de lo que me has hecho?
La joven lo observó con el ceño fruncido.
Sintió un fuego crepitar en su interior y dejó que vagara libre por su cuerpo, expulsándolo por los ojos.
Volcó en él toda la rabia que había ido acumulando desde la primera vez que él había golpeado su corazón, se concentró en su mirada y dejó que esas llamas volaran sin ninguna contención hasta él.
Deseaba reducirlo a cenizas y a la vez consolar esa desazón que veía en él, y tal contradicción de sentimientos la estaba volviendo loca.
—¿Estás de broma? —le espetó—. ¿De verdad me estás acusando de haberte hecho algo yo a ti?
—Sí, así es.
—Tienes… Eres… —La furia que sentía le impedía hablar con claridad.
Tras inspirar hondo, y no encontrar sosiego en ello, estalló—.
¿En serio tienes la poca vergüenza de venir hasta aquí, interrumpir un momento tan especial con mi familia, contarle a mi abuela no sé qué historia sobre nosotros y plantarte delante de mí, para echarme en cara que yo te he hecho algo?
Eres más gilipollas de lo que pensaba, de verdad —le espetó incrédula—.
Y, como sonrías de nuevo, te mato con mis propias manos y te echo de comida a los perros de la vecina, que son cinco y siempre tienen hambre, aunque sea de carne putrefacta.
Él contuvo sus labios apretando uno contra el otro.
Rio en su interior, fruto de los nervios, algo del todo ilógico, puesto que con la actitud de la muchacha sus esperanzas se reducían a un número tan bajo que resultaba ridículo, aunque no pensaba dejar de luchar, todavía no.
Soltó el aire con lentitud, pero no pudo evitar sonreír, pues le tenía bien calado.
—¿Serías capaz de matarme?
—No me pongas a prueba, ahora mismo estoy muy cabreada y podría hacer cualquier cosa, créeme.
—Me gusta tu agresividad.
—Estás mal de la cabeza. —Negó pasmada.
—No, Alana. No lo estoy. O sí, pero ¿qué más da? —Encogió los hombros restándole importancia—. Lo que sí sé es que estoy loco por ti.
Aquella confesión dejó a la joven sin habla. ¿Había dicho lo que ella creía haber escuchado? No, no podía ser real. Que Hans admitiera algo así era tan increíble como que su padre no hubiese irrumpido aún allí para molerlo a puñetazos.
—¿Qué…?
—Estoy loco por ti —repitió—. No sé qué clase de vudú me has hecho o qué artes has empleado, pero me has vuelto adicto a ti. No me mires así, te juro que soy el primer asombrado con todo esto.
—No estás hablando en serio. Después de cómo te has comportado y las lindezas que me dedicaste, no me creo que digas esto, Hans.
—Sé que soy un capullo. —Rio con pesar—.
Y ahora ni siquiera me reconozco. Si te soy sincero creí que iba a olvidarme de ti en cuanto salieses de mi furgoneta, supuse que lo que me obligaba a comportarme como un idiota era el resultado lógico de que hubieses invadido mi vida y mi intimidad, e imaginé que todo eso desaparecería en cuanto te fueses. Sin embargo, no fue así.
Hans sacudió la cabeza sin dejar de observarla, y Alana contuvo el revoloteo que sintió en su interior, sin querer darle rienda suelta a la sensación burbujeante que comenzaba a nacer en sus entrañas.
Estaba enfadada con él, debía tenerlo presente.
No podía olvidar cada una de las lágrimas que había derramado y el dolor sordo de su pecho desde entonces, sin embargo, le estaba resultando mucho más difícil de lo que había imaginado, porque tenerlo allí delante, mirándola como si fuese un ángel caído del cielo y diciéndole aquellas cosas tan poco propias de él, le estaba calando hondo.
—Puedes follarte a cualquiera de esas mujeres que mencionaste, no te hacía falta venir a buscarme para eso —soltó como último recurso, queriendo protegerse de lo que su pecho comenzaba a sentir.
—No solo quiero follarte, Alana —rebatió y se encogió de hombros con un gesto vulnerable.
Alana cogió aire y lo soltó despacio.
—Entonces, ¿qué demonios quieres, Hans? Me estás volviendo loca. Estuve a esto de dártelo todo. —Gesticuló con los dedos marcando una medida ínfima—. Me he entregado a ti, he intentado comprenderte, escucharte, tratar de entender tus silencios y tu forma de desvincularte de mí cada vez que…
Se detuvo, y él la animó a proseguir.
—Continúa, por favor.
—Me hiciste daño cada vez que te alejaste de esa forma.
Cada. Jodida. Vez. Y vale que no me prometiste nada, admito que quizá me monté una película en mi cabeza y quise dármelas de algo que no era.
Discúlpame si me excedí en las funciones que se me permitían como orificio de entrada y salida y confundí las cosas —le dijo sin sentirlo en realidad, siendo cruel con sus palabras—.
Pero estuve a un solo beso de regalarte hasta mi alma.
—Suspiró y, tras desviar la vista unos segundos intentando encontrar algo de calma, volvió a mirarlo—.
¿Qué es lo que quieres, Hans? Y por una vez sé sincero conmigo y contigo, por favor. Deja de hacerme daño.
La pregunta tuvo un deje derrotado que caló en él e hizo justo lo que le pedía.
Por primera vez en muchísimo tiempo se abrió en canal, dejando salir todo lo que tenía dentro.
Se expuso ante ella con todo lo que era y había sido, con todas sus cicatrices y miedos, esperando que Alana lo comprendiese y lo ayudase a sanar.
—A ti, Alana. Te quiero a ti. Volviéndome loco.
Haciéndome mil preguntas. Mirándome con atención cuando te cuento los lugares en los que he estado, las cosas que he visto y vivido, los sitios que aún me quedan por recorrer.
Te quiero a ti riendo conmigo, contándome tus planes de futuro, riñéndome por no tener ninguno, por ser una bala perdida, pobre y sin más ropa que cuatro prendas viejas, pero limpio, eso sí.
—Alana sonrió sin poder evitarlo—. Te quiero despertando conmigo, acostándote cada noche a mi lado, haciéndome mejor persona y recorriendo el mundo juntos.
Te quiero sanando cada trozo roto de mi pasado, ayudándome a convertirme en mejor persona y enseñándome a amar sin reservas.