35 La fiesta
Cuando tienes un lado dulce y sientes la obligación de comértelo
—¡Chicas! ¿Podéis abrir la puerta? —chilló Alana a sus amigas desde el baño, tratando de difuminar las sombras de sus párpados.
No debería haber permitido que África la maquillara.
Su amiga solía decantarse siempre por looks más exagerados que para nada eran su estilo, pero no había podido decirle que no.
Sus amigas, tanto Alba como África, llevaban en su casa atrincheradas desde la tarde anterior y se habían negado a marcharse.
Le insistieron tanto en peinarla y prepararla para ese día que terminó claudicando.
—¡Chicas! —repitió y salió del baño con el pincel en la mano.
Se detuvo y miró con sorpresa al recién llegado.
—¿Qué haces aquí? —le preguntó con hostilidad.
—¿Puedo pasar? —Ante su tono de cautela, Alana asintió una sola vez con la cabeza, sin embargo, no se movió de donde estaba.
Alba cerró con sigilo la puerta una vez que el cuerpo masculino atravesó el umbral y se acercó al sofá desde donde África no perdía detalle—.
Estás muy guapa —halagó el muchacho con cierta timidez.
—¿A qué has venido, Edu?
Él titubeó y giró la cabeza en dirección a sus amigas. Alba intentó hacerles ver que no estaba pendiente de la conversación, aunque disimuló bastante mal fijando la vista en un cuadro de la pared. África, por el contrario, continuó observándolos expectante sin un atisbo de incomodidad.
—Adelante —lo animó esta—. Somos sus amigas y sabemos toda la historia. Nosotras también queremos enterarnos de por qué estás aquí.
El chico cogió aire y miró hacia abajo.
—No tuve la ocasión de disculparme contigo —comenzó—. Cuando vine ya te habías marchado con él.
Él…
Alana sintió un nuevo pellizco en las entrañas.
—Regresé hace más de dos semanas.
—Me enteré ayer —se excusó y la miró a los ojos—. Alana, quiero pedirte perdón por lo que te dije y por lo que hice aquella noche en el camping . No sé qué fue lo que me pasó, te prometo que yo no soy así. Tú me conoces.
—Creía hacerlo.
—Estuve días escuchando hablar de ese tipo a todas las demás, y cuando insinuaron que tú y él… No sé, sentí que me hervía la sangre y el cerebro. Fue una sensación horrible.
—Lo que hiciste sí que fue horrible, Edu.
—Lo sé —admitió—. Sé que no tengo perdón, me comporté como un cretino y me arrepentí desde el mismo momento en el que te miré a los ojos y me vi como un monstruo.
—Te merecías que te mirase así —añadió África, y Alana la instó a mantenerse en silencio con una mirada.
—Sí, me lo merecía —corroboró él—. Lleva razón y, aunque no quiero que suene a excusa fácil, me cegaron los celos. Yo… —titubeó bajando el tono de voz—. Yo siempre he sentido algo por ti. No es fácil llevar tantos años enamorado de tu mejor amiga y escuchar esas cosas.
—Oh, por favor —susurró Alba enternecida, agarrándose el pecho.
Alana las volvió a amonestar con un gesto y regresó su atención al chico que tenía frente a ella, aquel muchacho que conocía desde hacía tanto tiempo.
La conmovió, en cierto modo, con lo que le decía.
A pesar de que siempre supo que Edu la trataba de un modo especial, jamás pensó que albergase unos sentimientos tan profundos, no obstante, si era tal y como él decía, comprendía que no le hubiese resultado sencillo estar oyendo a saber qué cosas sobre ella y Hans, pues había experimentado una sensación parecida cuando, en la furgoneta, Hans le mencionó las proposiciones de varias de sus compañeras e insinuó algunas experiencias pasadas con otras mujeres, y eso que en aquel momento no sabía siquiera que estaba enamorada de él.
Al pensar en Hans un nudo se formó en su garganta.
—Edu, yo no…
—¡Lo sé! —la cortó—. Sé que no sientes lo mismo por mí, ahora lo sé, aunque no te niego que siempre mantuve la esperanza de conseguir tu amor.
—Voy a vomitar —murmuró África fingiendo un acceso de tos, y Alana no se molestó siquiera en mirarla.
—Siento no corresponderte, Edu. Sé lo que se experimenta estando en tu lugar.
Sé lo que es querer a alguien y que ese sentimiento no sea correspondido.
—Llevó la mano a la de él y la aferró con afecto—.
Te prometo que lo siento. Lo siento de verdad, pero no puedo forzarme a sentir algo que no me nace de dentro, no contigo —se sinceró, anteponiéndose a ella misma frente a los demás, tal y como sabía que debía empezar a hacer—.
Siempre te he visto como un buen amigo y siento si alguna vez te he dado falsas esperanzas.
—No lo has hecho, tranquila.
—Aun así, eso no excusa lo que hiciste. Estuvo muy mal y no puede volver a ocurrir.
—Endureció el tono de voz como hacía con sus hermanos pequeños cuando realizaban alguna trastada—.
No puedes dejar que algo así te afecte de tal forma que te conviertas en alguien horrible.
Tú mismo lo has dicho antes: no eres así.
—Lo sé.
—Prométeme que no volverás a hacer algo parecido con nadie, Edu.
—Te lo juro, Alana.
La respuesta del chico fue inmediata y sonó sincera, por lo que ella asintió, dedicándole una escueta sonrisa.
Una vez terminada la conversación, la joven se excusó, ya que debía arreglarse para llegar a tiempo al evento que tenía a toda su familia revolucionada, y las tres amigas volvieron a quedarse a solas cuando él se marchó.
Alba y África comentaron lo ocurrido, por supuesto, no iban a dejarlo pasar, no obstante, Alana se mostró callada y pensativa.
Sí, le alegraba haber arreglado las cosas con Edu, aunque rememorar aquel día había sido el detonante para que todos los demás pensamientos que desfilaban por su cabeza en aquel momento se sucediesen sin descanso.
Porque fue Hans el que la encontró al borde de un ataque de ansiedad cuando ocurrió.
Porque fue el pecho de Hans en el que lloró cuando no pudo contenerse.
Porque era a Hans al que ella le profesaba esos sentimientos no correspondidos y que entendía tan bien.
Y siempre era Hans…
La opresión ya conocida en el pecho la acompañó durante varias horas.
Intentó disfrutar de aquel bonito día en el que sus abuelos celebraban sus bodas de rubí, festejando esos cuarenta años de vida en común junto a toda su familia y amigos.
Se obligó a sonreír y a olvidar todo lo que ennegrecía sus pensamientos, sin embargo, cuando su abuela se sentó junto a ella en la mesa, agarró su mano y le dedicó una mirada sabia y comprensiva, supo que no lo había conseguido.
—Tienes buenas amigas —comenzó la mujer.
—Sí. —Sonrió—. Son las mejores.
Observó con una sonrisa cómo Alba bailaba con Soto, y ambos reían con complicidad, eran una pareja perfecta y se alegró por ellos, aunque también sintió algo de envidia por el vínculo que habían forjado.
Frunció el ceño al ver la forma en la que África hablaba con su padre y bebía de un vaso que, a buen seguro, contendría bastante proporción de alcohol. Resopló al ver cómo, una vez más, flirteaba con él ante la cara de pasmo y diversión del hombre.
—Nadie ha querido decirme qué te pasaba. —Alana giró la cabeza al escucharla y la observó en silencio—. Aunque con tantas décadas a las espaldas una tiene sus trucos para averiguar lo que quiere.
—Abuela…
—Llevo cuarenta años casada con un policía, algo habré aprendido, ¿no crees?
La joven soltó una risita.
—Estoy segura de que sí.
Su abuela se puso seria de repente, y Alana tragó saliva.
—¿Sabes? Cuando te miro llena de vitalidad y juventud pienso en cómo sería mi vida si me hubiese tocado nacer en esta época.
Las cosas ahora son muy diferentes a cuando yo tenía tu edad y la verdad es que no estoy segura de cómo me las hubiese arreglado.
—Alana asintió y sonrió, interesada en su discurso.
Adoraba a su abuela y le encantaba cuando le contaba cosas de su pasado—.
Con todas las cosas que tienen los jóvenes de hoy en día: oportunidades, tecnología, libertad, placer…
debería ser una vida fácil, pero me temo que la realidad es que se trata de una vida llena de imposiciones.
—La boca de su abuela realizó un sonido parecido a un chasquido, y Alana no se atrevió a interrumpirla—. Tienes dos buenos referentes.
La cabeza de la mujer apuntó en una dirección, justo donde estaban su madre y su tía, que charlaban animadas.
—Son un buen ejemplo de a quiénes quiero parecerme en unos años.
—Lo son, pero debes entender que hoy en día las mujeres sienten presión por muchas cosas, ellas también la padecen y la luchan a diario.
—¿Presión?
Toñi asintió.
—Así es. Se les impone ser la madre perfecta, la esposa perfecta, la amiga perfecta, la trabajadora perfecta… La sociedad os obliga a ser mujeres fuertes y exitosas, y a veces olvidáis que hay que disfrutar de la vida.
—Ellas parece que lo consiguen, ¿no?
—La mayoría del tiempo sí —admitió y sonrió, apoyándose en el respaldo de la silla con expresión cansada—.
Si pudiera darle atrás al tiempo, concentraría todos mis esfuerzos en disfrutar de las cosas a las que, en su día, no les presté la suficiente atención, pero que hoy sé que fueron importantes.
Daría lo que fuera por alargar los besos de buenas noches que les daba a mis niñas, en vez de ir a la carrera, porque debíamos cumplir con unos horarios y madrugar cada mañana.
—Los ojos de Alana se humedecieron por el tono que su abuela estaba utilizando.
»Daría lo que fuera por tener otra vez a mis bebés entre mis brazos y olerlas, besarlas y abrazarlas antes de que se hicieran mujeres adultas que no necesitan que su madre las sostenga.
—Pero las disfrutaste, abuela.
—Lo hice, mi niña. Pero a veces me perdí en el día a día, como ser humano e imperfecto que soy. Y la clave está justo ahí, en esas palabras. ¿Sabes cuál es?
La joven se quedó pensativa un momento.
Terminó negando con la cabeza.
—No, no lo sé.
—El secreto de todo está en ser, Alana. Nos equivocamos como humanos. Lloramos y reímos como humanos, experimentamos como humanos, pero no debemos olvidar «ser».
—Creo que lo entiendo —admitió.
—No quiero que llegues a vieja como yo y pienses que has perdido tu tiempo haciendo y no siendo.
—¿Tú no estás satisfecha con cómo ha sido tu vida, abuela?
—Sí con mi vida, pero me entristezco cuando pienso en que no me perdí en esos momentos especiales por intentar ser perfecta y correcta; en que a veces no estuve en paz con el mundo.
Me pone triste pensar que, a veces, no fui amable conmigo misma o con los demás y me arrepiento de no haber sido capaz de salirme de la carrera que es la vida y sentirme orgullosa por hacerlo, por contemplarla desde el arcén.
Ambas se mantuvieron en silencio unos minutos.
—¿Cómo se sabe cuáles son esos momentos especiales, abuela? ¿Cómo te das cuenta de que los estás viviendo?
La mujer sonrió enigmática, con la vista centrada en algún punto a su alrededor.
—Gírate, mi vida, y observa —la animó.
Alana frunció el ceño, extrañada, y obedeció a lo que le decía.
Oteo a su alrededor, fijándose en conocidos y familiares, que disfrutaban y charlaban animados.
Su tía Alicia reía mientras su marido Adriel le manchaba la nariz con algo parecido a la nata.
Observó a sus amigas bailando; lo estaban pasando bien y divirtiéndose.
La mayoría de sus hermanos y primos correteaban entre carcajadas, alguno también lloraba.
Sonrió enternecida al ver que sus padres bailaban abrazados y…
Su respiración y su corazón se detuvieron. La sonrisa se le heló en los labios.
Aturdida, giró la cabeza con brusquedad, dándole de nuevo la espalda a lo que sus ojos habían captado.
—¿Qué hace él aquí? —murmuró sin aliento para sí misma, no obstante, la mujer la escuchó.
—Ha venido a por ti, mi vida.
Su nieta la miró con los ojos muy abiertos.
—¿Cómo…?
—Cuarenta años casada con un policía, ¿recuerdas?
—se justificó con diversión—. Mírame, Alana, y escúchame bien.
No busques lo correcto. La presión que sientes es inconsciente y natural en ti, pero debes resistirte a ella.
Tienes que permitirte vivir y ser imperfecta, tienes que entender que él también lo es y que…
—Abuela, él es… —No pudo continuar.
—Sé quién es. Me lo ha contado todo. —La muchacha la miró asombrada.
«¿Cómo que se lo ha contado todo? ¿Cuándo?», pensó aturdida.
—¿Tú…? ¿Él…?
—Sí. ¿Dónde crees que he estado hace un rato?
La mujer le sonrió, y Alana se sintió tan enajenada que tartamudeó al responder.
—El abuelo… Él dijo que te mareaste con tanta música y estabas dentro descansando un poco —contestó con vacilación.
—Adoro la música —rebatió su abuela con una sonrisa, dándose cuenta de que el joven que había llegado con un claro propósito vinculado a su nieta avanzaba hacia ellas.
Miró de nuevo a Alana—. Antes me preguntaste cómo puedes saber qué momentos son especiales —le susurró con complicidad—.
Este, mi vida, es uno de esos momentos. No te olvides de ser.
Y, después de eso, se levantó ante la cara alarmada de la joven y le guiñó un ojo a él, que le sonrió e hizo un gesto con la cabeza en señal de deferencia.
Alana sentía que le costaba respirar, no podía creer que él se encontrase en la fiesta y se preguntó qué demonios hacía allí.
Temió por la integridad de Hans, ya que su padre podía descubrirlo en cualquier momento y no estaba segura de que fuese una broma o en sus planes más estudiados se encontrara partirle las piernas de verdad a su atractivo trotamundos.
Intentó llevar oxígeno a sus pulmones, lo cual le resultó imposible. Lo encontraba demasiado denso al entrar en su cuerpo, a la vez que sentía el corazón martilleando con fuerza en el pecho.
No obstante, instó a su espalda a enderezarse y se armó de valor para girarse, ir hasta él y pedirle explicaciones, pero se detuvo con brusquedad en mitad de una inspiración cuando él habló a escasos centímetros de su cuerpo.
—Buenas noches, mädchen .