34 Tonto
Fingir que no duele, duele el doble
Las piernas de Hans se hallaban enredadas en un mar de extremidades. Sintió la cabeza embotada y un pitido sordo inundó sus oídos cuando la conciencia regresó a él. Frunció el ceño, dolorido y desubicado, justo antes de abrir los ojos.
Un gemido femenino y somnoliento llegó desde algún lugar a su izquierda.
Giró el cuello hacia el sonido y parpadeó repetidas veces intentando despejarse y sintiendo la boca demasiado pastosa. Trató de tragar saliva, observando la piel morena y llena de marcas de la mujer que yacía dormida a su lado.
Aferrada a ella se cernían unos brazos tatuados. Conocía esos tatuajes.
Su cerebro estableció la conexión y una serie de imágenes desfilaron por sus ojos, haciéndole recordar cómo había acabado en aquella situación.
Recordó haber llegado sintiéndose más perdido que nunca a las cuevas donde se encontraba, las mismas que descubrió tiempo atrás gracias a un colega con el que se había topado sin pretenderlo.
Él vivía allí en comunidad con otras personas, mujeres, hombres y niños, que practicaban aquel estilo de vida bohemio y antiautoritario que llamó tanto su atención.
En el pasado recordaba haber disfrutado del tiempo que estuvo allí, y era consciente de que experimentar ese modo de vida había enriquecido de alguna manera su realidad.
De eso ya hacía algunos años y, aunque en su día se despidió de ellos y continuó su camino, por alguna extraña razón había vuelto.
En realidad no le era tan extraño ese motivo, pues, desde que Alana lo había abandonado, se había ido sintiendo más y más perdido a cada kilómetro que recorría y tan solo fue a la deriva hasta llegar allí.
Era la primera vez que no conseguía disfrutar de la improvisación como modo de vida. Esa sensación que le había llenado en el pasado en aquel momento se le antojaba vacía y poco apetecible, y eso lo asustaba.
«Te falta ella», le dijo una voz en su cabeza.
Ella.
Esa chica inexperta, con unos principios férreos, metas claras en la vida y responsable hasta decir basta, que había vuelto del revés su alocada vida con sus expresivos ojos azules, esa nobleza de espíritu y la forma que tenía de mirarlo, como si él tuviese todas las respuestas a las dudas de su existencia.
Maldijo el momento en el que se coló en su furgoneta sin darse cuenta de que, en realidad, hacía días que había entrado en su interior sin intención inmediata de marcharse.
Inquieto con el curso que volvían a tomar sus pensamientos, se levantó con cuidado para no molestar a ninguna de las cinco personas que dormían en aquella cueva y se dirigió al exterior, percatándose de que aún no había amanecido.
Observó el cielo plagado de estrellas. Las pudo apreciar en toda su extensión al encontrarse en aquel lugar entre las montañas, retirado de la civilización, y cogió aire con fuerza llenando sus pulmones hasta que casi los sintió explotar.
Lo dejó salir con lentitud por sus labios entreabiertos a la vez que cerraba los ojos.
Las preguntas que lo atormentaban desde que habían discutido se sucedieron una vez más, y de nuevo fue incapaz de encontrarles respuestas.
Sentía que no era el mismo de antes, se encontraba perdido, aunque sus pies descalzos tocasen la tierra.
Suspiró frustrado cuando, tras varios minutos intentando conectar con su interior, no lo consiguió. Desesperado, se decidió por lo único que podía aportarle un poco de solaz, aunque con ello tuviese que dar más explicaciones que nunca.
Con un propósito más claro, y aferrándose a un pequeño rayito de esperanza, recogió sus escasas pertenencias del lugar donde las había dejado la noche anterior.
Con decisión agarró la camisa, sucia y arrugada, que había corrido peor suerte que los pantalones que llevaba puestos, y junto con las llaves de la furgoneta, aún sin haber despuntado el sol en el horizonte, se marchó del lugar sin despedirse.
Un revoloteo en su estómago lo acompañó durante todo el trayecto. Evitó detenerse, ya que el depósito estaba lleno, e Iris tendría que aguantar hasta llegar a su destino o al menos eso esperaba.
—Bien hecho, campeona —felicitó al vehículo cuando aparcó frente a la fachada y detuvo el motor.
Acarició el capó con cariño y dirigió sus pasos hasta la vivienda, con los nervios atenazando su pecho.
El hombre que abrió la puerta lo miró asombrado.
—¿Qué haces tú aquí?
—Vaya. Yo también me alegro de verte —contestó sin demasiadas ganas de bromear—. ¿Puedo pasar? Necesito verla.
Recibió una mirada desconfiada como respuesta inicial, aunque terminó por asentir.
—Cariño, tienes visita —anunció el anfitrión cerrando la puerta tras de sí.
La figura menuda y conocida que salió de la cocina con una tostada en la mano a medio comer se detuvo en el vano de la puerta, con expresión de miedo y estupefacción.
—¿Hans? ¿Qué haces aquí?
Él soltó una risotada, pero la alegría no llegó a inundar su rostro.
—Os repetís. ¿Me invitas a un café? Tenemos que hablar.
Virginia asintió frunciendo el ceño, extrañada, y se dio media vuelta, dándoles la espalda. Hans la siguió, sintiendo la presencia de Juan Carlos a su espalda, pero, justo antes de acceder a la estancia, este se excusó y los dejó solos.
Al entrar, ella terminaba de servir el líquido marrón y humeante.
—¿Azúcar?
—No. —Se lo tendió expectante—. Gracias.
La mujer tomó asiento en uno de los taburetes altos frente a la isla de la cocina. Hans se entretuvo en remover su bebida caliente con la cucharilla y, cuando levantó la vista, no le sorprendió descubrir que lo observaba como si pretendiera leer su mente.
«No quieras entrar ahí, Vir», pensó.
—Parece que hayas visto un fantasma.
—Estaría menos sorprendida si alguno se cruzase en mi camino, te lo aseguro —rebatió la mujer—. ¿Qué has hecho? Tienes un aspecto horrible. ¿Necesitas dinero?
Hans frunció el ceño.
—¿Es que acaso os lo he pedido antes?
—Para todo hay una primera vez.
—No. —Corroboró sus palabras con una negación de su cabeza—. No necesito dinero.
—Entonces, ¿qué haces aquí?
—Si mi visita os molesta me lo puedes decir y me marcharé por donde he venido —contestó a la defensiva.
—¿Tú eres tonto?
—Tu cariño me abruma.
—Lo que te va a abrumar va a ser el guantazo que te voy a dar si sigues comportándote como un gilipollas.
—Deja de insultarme. —La escrutó apretando los dientes.
—Deja de merecer que lo haga.
Ambos se retaron con la mirada.
Virginia bebió un sorbo de su bebida ya fría y, tras componer una mueca de repulsa observando el contenido del tazón, lo observó y elevó una ceja.
—¿Y bien? ¿Me vas a explicar por qué tienes toda la pinta de un vagabundo al que ha arrollado un tren? ¿Dónde está Alana?
La mención del nombre de la chica le comprimió el corazón y la expresión que cruzó por su rostro dejó claro a la mujer que algo malo había ocurrido.
Hans suspiró y depositó la taza sobre la encimera con cuidado.
—Soy gilipollas.
—¿No me digas? Si ya lo decía yo… —Él bufó, y la mujer contuvo una sonrisa—. Vale, perdón. Ya me callo. Continúa.
Y Hans lo hizo.
Durante casi una hora habló y habló, explicándole todo lo que ella no sabía de su relación con Alana, de las cosas que habían iniciado el acercamiento en aquellos primeros días, lo que compartieron después y cómo terminó todo.
Virginia se mantuvo callada en un ejercicio de contención digno de admirar, ya que más de una vez le hubiese gustado vociferarle e insultarlo, sin embargo, le permitió desahogarse y sacar todo lo que llevaba dentro antes de hablar.
Cuando Hans sintió que no podía añadir nada más, que no encontraba nada digno de mención, ella cogió aire y lo soltó sonoramente.
—Deja que reorganice un poco mi cabeza —le pidió llevándose la delgada mano a la frente.
—Si das con la clave para hacerlo, compártela conmigo.
La mujer puso los ojos en blanco.
—A ver. —Se recolocó en el asiento e intentó comenzar a hablar hasta en dos ocasiones, pero cerró la boca sin emitir sonido alguno.
Hans rio.
—¿Te has quedado sin palabras? No me lo creo.
—Es que estoy tan sorprendida que no sé ni qué decirte —se excusó.
—No hace falta que digas nada, en realidad.
—¡Y un cuerno que no!
—No recordaba que fueras tan agresiva —contestó con tono divertido.
—No lo era, hasta hace un momento. De hecho me había despertado de muy buen humor gracias a mi marido y a sus atenciones, estaba disfrutando de un agradable desayuno hasta que un cenutrio ha venido y ha demostrado cómo de imbécil se puede llegar a ser con una chica adorable, dulce y educada, que no merecía que la tratasen así.
—Me encanta cómo te pones de mi lado —ironizó.
—No puedo hacer eso, Hans —se justificó la mujer y cambió el tono por uno más pacificador—. No puedo, aunque sea lo que más desee en el mundo. Te quiero, bien sabes que lo hago como habría querido a un hijo, pero eso no significa que apruebe lo que has hecho.
—Créeme, lo sé.
—No te voy a mentir, va a ser difícil que lo arregles.
Hans se pasó la mano por la cara.
—No sé si quiero arreglarlo, la verdad.
Ella dejó ir una risa incrédula y lo miró suspicaz.
—Si no quisieras, no habrías venido a verme. Estás aquí porque necesitabas desahogarte, dejar salir todo lo que llevas dentro y recibir el consuelo de alguien que te conoce.
—Cosa que no estás haciendo.
—No, por supuesto que no. No niego que me dé pena la situación en la que te has metido tú solito.
Tu vida ahora mismo es el reflejo de lo que hay en tu cabeza y en tu corazón, y me entristece ver lo roto que estás.
Para mí no es agradable darme cuenta de que el dolor que llevas dentro desde la muerte de tu madre te ha convertido en alguien así, incapaz de reconocer un sentimiento tan magnífico como el amor.
Él la miró entre asombrado y escéptico. No habían mencionado a su madre en ningún momento, pero Virginia conocía toda la historia y solo le había hecho falta sumar dos más dos.
—¿Y cómo sabes que es amor?
—¿Cómo sabes tú que no lo es? —rebatió ella—. Has tenido relaciones con más mujeres antes, ¿experimentaste lo mismo que sientes ahora por Alana?
—Con ellas solo tuve sexo.
—Con Alana también, ¿no? Según lo que le dijiste, solo te la estabas follando.
Le causó rechazo escuchar aquella palabra en los labios de Virginia, pero sobre todo le provocó repulsa saber que justo así era como se lo había dicho a ella, la forma exacta en la que había rebajado lo compartido y se lo había escupido a la cara.
—Sí, es cierto que lo dije.
—Aunque no es verdad —se opuso—. Si no sintieras nada por ella no estarías aquí, lamentándote y sintiéndote así de mal, por algo que ha pasado hace ya dos semanas. Si no sintieras nada por ella te habrías ido a cualquier esquina del mundo a divertirte, disfrutar, comer y practicar solo sexo.
«Solo».
La imagen de Alana mirándolo con esos ojos que lo tenían obnubilado provocó que observase con interés a la mujer, a la vez que procesaba sus palabras.
—¿Estoy enamorado de ella? —le preguntó sin terminar de creérselo.
Virginia le sonrió con cariño.
—Yo no te puedo contestar a eso. Tan solo te digo lo que sé y lo que veo, lo que has hecho siempre hasta ahora —argumentó—.
Las relaciones no son fáciles, Hans. Muy pocos están dispuestos a sufrir y sí a gozar.
Debes valorar si la necesidad que sientes de estar con ella es mayor a tu miedo a exponerte.
Piensa si el cariño que le tienes es desinteresado, si sientes una alegría genuina por verla conseguir sus logros, si crees que es tan especial que el mero hecho de imaginarla lejos de ti te rompe por dentro.
—¿Y si ya estoy roto?
—No lo estás —le aseguró—. Pregúntate si serías capaz de anteponer tus propias necesidades egoístas a lo que sabes que la hará feliz. Si tu contestación es que sí, entonces, ahí tienes la respuesta.
Interiorizó todo lo que le dijo Virginia y recordó las últimas palabras que le había dedicado Alana, con la sensación de tener un nudo en la garganta.
«Está claro que la madurez no está relacionada con la edad».
«No soy yo la que tiene complejo de Peter Pan ni la que tiene miedo a hablar de su pasado.
¿Te cuento un secreto, Hans? Algún día dejarás de huir de todo y, cuando ese día llegue, vas a estar tan solo que te darás mucha pena a ti mismo por lo gilipollas que estás siendo».
—Ella lo supo —murmuró para sí mismo, y Virginia curvó los labios encogiendo levemente los hombros—. Es curioso que, sacándole más de una década, me haya calado tan bien.
—Es una chica lista.
—No tanto si se fijó en mí.
Virginia acarició su mejilla, dándole un par de golpecitos en ella.
—Necesitas descansar. Tienes que estar despejado para decidir qué vas a hacer a partir de ahora. Deberás tener claros tus siguientes pasos antes de volver a cruzarte en los de ella.
—Lo sé.
—Puede que su familia te odie.
—Estoy seguro de que ya lo hace.
Jugueteó con uno de sus anillos, metiéndolo y sacándolo del dedo. Virginia apreció la vulnerabilidad en sus gestos y sintió cómo su corazón se ablandaba.
—Hans, aunque te haya dicho todo esto, recuerda que ninguna opinión en el mundo vale más que tu propia conciencia, solo tienes que escucharla de verdad y sabrás el camino.
—Lo intentaré, aunque en los últimos tiempos no me caigo demasiado bien y creo que me podría sabotear a mí mismo.
—Ve a darte una ducha y descansa un rato, anda. Tu habitación está preparada.
«Siempre lo está», le faltó añadir.
—Sutil manera de decirme que apesto —contestó él levantándose. Le dio un beso en la mejilla y llevó ambas tazas al fregadero.
—Hans —lo nombró cuando se dirigía hacia la puerta, dispuesto a cumplir su orden—.
Utiliza tus cicatrices del pasado para que sean tu impulso ahora.
La vida a veces parece difícil de sobrellevar, pero todos tenemos dentro una reserva de fuerza que no imaginamos y que emerge cuando se nos pone contra la espada y la pared.
—Le guiñó un ojo—. Esta es una de esas pruebas, así que no vuelvas a cagarla o te mato.
La mujer se giró, entretenida en vaciar los restos de la cafetera por el desagüe. Antes de marcharse, Hans llamó su atención.
—Vir, nunca te he dado las gracias por ser una madre tan increíble.
Ella soltó una risa forzada.
—No he parado de insultarte —rebatió emocionada—. Soy pésima en ese papel.
—No. Eres la mejor.
Se giró y se marchó escaleras arriba, por lo que no pudo ver cómo una lágrima corría por la mejilla de la mujer y una sonrisa trémula se dibujaba en sus labios.