33 Volver
El silencio también es una respuesta
La preocupación que sintieron Fede y Estrella al descubrir que su hija se había marchado no fue nada en comparación con la que les invadía desde que regresara.
La muchacha intentaba disimular su estado, procuraba hacer lo mismo de siempre, se volcó en el cuidado de sus hermanos e incluso hacía unos días que había empezado el máster.
No obstante, a sus padres no podía engañarlos.
La conocían tan bien que sabían que algo muy malo había ocurrido.
—¿Cómo está? —preguntó Alicia, la tía de Alana, al matrimonio.
—En apariencia, bien, pero si te paras a observarla un rato te das cuenta de que no es así —contestó Estrella.
—¿Y sigue sin querer hablar?
La madre de la joven negó con pesar al tiempo que su marido apretaba la mandíbula y desviaba la vista de su hija a los platos que estaba secando para la cena.
El hombre había respetado el silencio de Alana y, desde entonces, contenía las ganas de estrangular con sus propias manos al imbécil que se la había llevado.
Porque sabía que el causante de que su primogénita anduviese como un alma en pena por la casa y de que el brillo de sus ojos se hubiese apagado no era otro que él.
Tarde o temprano lo haría, si la vida le concedía una nueva oportunidad frente a él le devolvería una a una cada lágrima que sabía que ella estaba derramando en soledad y, cuando ese día llegase, se tomaría la venganza por su propia mano.
—¿Y tú qué? Le vas a abrir un agujero al pobre plato de tanto frotar.
Fede levantó la cabeza y miró a las dos mujeres, que lo observaban con fijeza.
—Voy a avisar a los niños para que bajen a cenar.
Se escabulló de ambas y se perdió escaleras arriba.
Estrella suspiró con pesar.
Sabía que su marido adoraba a cada uno de sus hijos, sin embargo, con Alana sentía una conexión especial y aquella situación lo tenía desquiciado.
Hacía varias semanas que no lo reconocía, y eso que llevaban juntos toda una vida.
La mujer intentó concentrarse en lo que su hermana le decía sin mucho éxito.
Alana, ajena a la tormenta que se cernía en torno a sus progenitores, ayudó a Zahara a encajar una nueva pieza en el rompecabezas de formas geométricas de madera y aplaudió con entusiasmo al ver la alegría de la pequeña.
—Y lo sigue celebrando como si fuese la primera vez… Qué absurdo —dijo su hermana Carolina, que las miraba tumbada en el sofá con la tablet en las manos.
—Pues como hacías tú cuando tenías su edad.
—Permíteme que lo dude —rebatió—. Me niego a creer que era tan simple.
Alana giró la cabeza y negó observando a su hermana de quince años.
—Simple no lo sé, pero parece que la estupidez te viene de serie.
La aludida abrió los ojos con asombro y fascinación, girando la cabeza en su dirección y mirándola con una sonrisa sorprendida.
—¿Quién eres tú y qué has hecho con mi perfecta hermana mayor?
Y aquella pregunta desató la tormenta.
—¡Dejad de decir eso de una maldita vez! —chilló Alana sin poder contenerse, sobresaltando a la pequeña, que comenzó a llorar al momento.
Se levantó, algo aturdida por su propio estallido de furia, y se marchó corriendo a su apartamento con la cara desencajada. Al entrar, cerró el pestillo y se dejó caer con la espalda contra la puerta.
Rompió en un llanto desgarrador, dejando salir todo lo que llevaba días sintiendo.
Aquello quebrantaba la promesa que se había hecho a sí misma en el tren de vuelta a casa, en la que se había prohibido derramar una sola lágrima más por Hans después de haberlas dejado salir sin restricciones durante todo el trayecto.
No se las merecía. Hans, en ningún momento, tuvo intención de ir más allá con ella y debía asumirlo de una vez por todas, porque si él lo hubiese querido, si tan solo un atisbo de intención hubiese asomado por algún resquicio de su amurallada personalidad, cubierta por aquella fachada de hombre alegre y despreocupado, ella lo habría notado.
Pero no, tan solo fue un pasatiempo para él, alguien con quien charlar y entretenerse; una más con quien follar.
Aquella palabra la repugnaba, porque rebajaba lo que habían compartido y también porque él la había utilizado para referirse a lo que hicieron, menospreciando sus encuentros y convirtiéndolos en algo vulgar.
Sin embargo, debía grabárselo a fuego, porque eso representaba para él; un cuerpo caliente más donde enterrarse y disfrutar.
Y debía superarlo.
Debía borrar de su cerebro todas las cosas que sentía, el revoloteo en su vientre cada vez que le dedicaba una sonrisa o le guiñaba un ojo con complicidad; las risas compartidas, el apelativo cariñoso que le dirigía y que, tras haberlo buscado ella misma al ser consciente de que él jamás se lo explicaría, había descubierto que significaba «muchacha».
Eso había sido para él, una simple y absurda muchacha.
Sabía que debía pasar página, pero no sabía cómo hacerlo, la situación la superaba y se sentía incapaz de pensar con coherencia.
Sumida en su llanto, no fue consciente del sonido de la puerta exterior al abrirse ni el de unos pasos acercándose a su posición, por lo que se sobresaltó al sentir unos brazos rodeándola.
Al momento, el olor de aquel cuerpo calmó su alarma y se dejó ir.
—Pequeña… —La voz compungida de su padre redobló la intensidad de sus sollozos.
Fede sintió el corazón palpitar con fuerza y tragó saliva con dificultad. Los brazos de la muchacha rodearon el cuello masculino y lloró sin reprimirse, dejando salir la pena y la frustración que sentía, expulsándolo todo y hundiendo la cabeza en su pecho.
Permanecieron así durante un buen rato, padre e hija abrazados. La mano de él acariciando su cabeza en un movimiento hipnótico destinado a sanar, la cabeza de ella descansando en su reconfortante cuerpo. Poco a poco la respiración femenina se fue relajando, acompasando el ritmo a la de su padre.
Sintiéndose arropada por el único hombre que la quería, y que la había adorado desde que llegó al mundo veintiún años atrás, reunió las fuerzas para iniciar la conversación.
Con el corazón hecho añicos le hizo una breve narración de lo que había ocurrido desde que conoció a Hans, saltándose las partes obvias y que jamás compartiría con su padre, aunque a Fede no le hizo falta rellenar los huecos vacíos.
Por más que le pesara el paso del tiempo comprendía que su hija ya no era una niña, aunque la idea de lo que ello conllevaba le resultara igual de incómoda que si alguien hubiese metido la mano dentro de su cuerpo y se afanase en apretar su hígado hasta hacerlo puré.
—¿Te arrepientes? —Aquella pregunta encogió el corazón de Alana, haciéndola rememorar el último día, la última conversación que Hans y ella habían mantenido, esas mismas palabras en unos labios que ella veneraba. Negó con la cabeza—. Pero te duele…
—Mucho, papá.
Él agarró ambos lados de su cabeza y se la alzó, observándola con cariño y preocupación.
—Te has enamorado de él —afirmó y las palabras rasgaron un poquito su garganta al salir.
Alana, con el rostro surcado de lágrimas, los ojos enrojecidos y la cara congestionada, asintió haciendo un puchero.
—Pero ya no importa, papá. Él no siente lo mismo por mí y ya no está ni estará en mi vida. Cuanto antes lo asuma, mejor.
Aquellas palabras se clavaron en su herido corazón.
—Tu familia sí que está —contestó él con rotundidad—. Te queremos. No importa lo que hagas. No importan los errores que cometas. No importa nada, cariño. Te querremos siempre y nada va a cambiarlo.
—Lo sé.
—Te he echado mucho de menos, pero ahora que te tengo me mata verte así.
—Lo siento. —Sorbió por la nariz.
—Mamá me ha dicho lo que ha pasado con Carolina —añadió, y ella lo miró con cautela—. No pasa nada, tu hermana entiende que estás mal y te perdona. Todos sabemos que tú no eres así.
Alana se removió en su postura sentada en el suelo y se limpió las lágrimas, que aún mojaban sus mejillas.
—¿Y cómo soy, papá? ¿Responsable? ¿Obediente? ¿Predecible? —Fede la observó en silencio, y ella redobló los esfuerzos por contenerse, aunque no lo consiguió—. ¿Perfecta?
—Para nosotros sí lo eres.
—Pero ¡es que no es verdad! —estalló—. No soy perfecta, ¿es que no lo veis? —decirlo en voz alta hizo que se sintiese en parte liberada—. Me he escapado con un hombre trece años mayor que yo…
—No importa —murmuró Fede.
—He cambiado de país, he bebido con desconocidos en plena calle, podrían haberme encerrado en un calabozo francés por colarme en un castillo… —exageró.
Su padre la miró estupefacto un segundo.
—No pasa nada, estás aquí ahora. Eso ya no importa.
—¡Sí que importa, papá! ¡Me he acostado con él! ¿Es que no lo entiendes? ¡Se lo he dado todo, le he dado hasta mi primera vez, y él ha tirado mi corazón a la basura como si no valiese nada!
Aquella confesión hizo que se quedaran en silencio, observándose lo que pareció una eternidad.
Alana, turbada por su estallido, se fijó en que su padre cogió aire con pesar antes de hablar y lo soltó en un suspiro.
—Nada de eso importa, cariño. Te queremos con todo ello; pese a todo ello.
Para mamá y para mí eres inmejorable. Tú y todos tus hermanos lo sois.
—Acarició su mejilla—. Completáis nuestra vida, la volvéis caótica y desquiciante, pero la convertís en maravillosa.
Y sabemos que no lo sois, por supuesto. Sabemos que no eres perfecta, Alana, que has hecho cosas que no se merecen un título así, pero eso no hace que te queramos menos o que nos hayas defraudado, porque somos conscientes de primera mano de que, cuando amas a alguien, lo haces con todas las consecuencias. Con todos los errores, dudas y miedos.
—Papá…
Alana supo que hablaba de su historia, de lo que habían vivido su madre y él hasta llegar a donde habían llegado.
Él negó con una sonrisa.
—No quiero que sientas esa presión sobre tus hombros, pequeña.
Tienes que entender que no es a nosotros a quien debes impresionar o contentar con cada cosa que haces, sino a ti misma.
Siempre te has desvivido por hacer felices a los demás, pero te tienes que anteponer.
Tu felicidad tiene que ser lo primero para ti.
Sabía que su padre era un hombre comprensivo, pero jamás imaginó que se mostraría tan tolerante con sus errores, que no eran pocos.
—No sé si soy capaz de hacer eso —admitió con humildad.
—Tienes que intentarlo, cariño. —El hombre apretó con afecto su mano—. Tienes que tomar decisiones que te lleven hacia lo que de verdad quieres tener en tu vida y no solo me refiero a la parte amorosa.
—¿Hablas del máster? ¿No quieres que trabaje para ti? —La vulnerabilidad en su tono de voz fue más de lo que Fede pudo soportar y la abrazó.
—No. No quiero que trabajes para mí. Quiero que trabajes conmigo, que es diferente.
Pero lo que de verdad quiero es que solo tomes ese camino si es lo que de verdad va a hacerte feliz —aclaró besando su coronilla—.
Decidas lo que decidas, nosotros siempre estaremos a tu lado, apoyando cada una de tus decisiones.
Alana inspiró y asintió, comprendiendo el mensaje que su padre quería transmitirle y sintiéndose bastante más ligera, aunque su corazón estuviese igual de roto.
—Gracias, papá.
—Y si alguna vez ese tipo…
—Hans —lo interrumpió, y él la examinó alzando una ceja, gesto que hizo sonreír a Alana—. Se llama Hans —murmuró.
—Si alguna vez Hans vuelve por aquí, le partiré las piernas.
—¡Papá!
—Solo si eso te hace feliz, cariño —aclaró con diversión, y ambos rieron con complicidad.