32 Lo nuestro #3
—He leído que existe una regla para calcular la edad mínima o máxima aceptable que debería tener la persona con la que estás.
—¿Qué?
—Hay un artículo de una psicóloga que lo explica. Tienes que restar siete a tu edad y multiplicarlo por dos.
La incredulidad de Hans quedó patente en su cara.
—¿Me estás hablando en serio? Sí, claro que hablas en serio. Me juego la furgoneta a que incluso has calculado las nuestras.
Con el tono que había empleado y la forma en la que había llamado a su vehículo: furgoneta, no Iris, Alana se sintió cohibida al responderle.
—La mínima tuya es veinticuatro y la máxima mía, veintiocho. Lo nuestro es una excepción, me temo —respondió sin mirarlo a los ojos.
Por supuesto que lo era, pensó Hans. Él jamás había permitido que nadie alterase su vida y su interior de aquella forma.
«Lo nuestro».
Un pavor conocido atenazó su cuerpo ante las palabras de la joven y lo que llevaban implícitas, ante sus propios sentimientos.
Notar cómo algo revoloteaba en sus entrañas le provocó tanto miedo que no supo cómo gestionarlo, por lo que una vez más hizo lo único que sabía hacer: huir y arrasar con todo lo que dejaba atrás.
—Y ese estudio, ¿habla de relaciones sexuales o sentimentales?
—Sentimentales —murmuró.
—Por lo que no dice nada de que alguien de mi edad pueda follarse a alguien de la tuya, ¿verdad?
—No esperó ninguna respuesta ni Alana hizo el amago de contestar—.
En ese caso, no debemos preocuparnos. Podemos seguir haciendo todo lo que queramos siempre que no haya sentimientos de por medio, solo intenta no enamorarte de mí, ¿eh?
Soltó una risotada cínica, y Alana apretó la mandíbula al escuchar la humillación en su tono de voz.
Intentó callarse, hacer como siempre y tragarse la reacción que le nacía ante aquello, pero se sintió sobrepasada.
La furia que sintió al escucharlo hablar tan a la ligera de los sentimientos que albergaba hacia él la superaron, sumado a todo lo que ya llevaba días arrastrando, por lo que soltó la servilleta de tela sobre la mesa con brío.
—Está claro que la madurez no está relacionada con la edad.
—¿Eso qué es? ¿Una especie de golpe bajo? —le preguntó elevando una ceja con gesto de fingido pasotismo.
Alana se encogió de hombros.
—No soy yo la que tiene complejo de Peter Pan ni la que tiene miedo a hablar de su pasado. ¿Te cuento un secreto, Hans? Algún día dejarás de huir de todo y, cuando ese día llegue, vas a estar tan solo que te darás mucha pena a ti mismo por lo gilipollas que estás siendo.
Hans dejó ir el aire en un sonido que se asemejó a una risa escéptica, y Alana agradeció que las personas a su alrededor no hablasen su idioma.
—¡Vaya! Si sabes ser cruel y todo. —Rompió el contacto visual con ella, llamando la atención de la camarera y haciéndole un gesto con la mano—.
Y dime, chica perfecta y madura, ¿hay algo más que quieras decirme ahora que parece que estamos hablando con sinceridad?
Estoy seguro de que una niña tan fantástica y ejemplar como tú, que ha vivido mucho, tiene tanto mundo y no está para nada sobreprotegida por su familia, tiene un montón de cosas que enseñar y lecciones que impartir a alguien tan superficial, gilipollas y vacío como yo.
—No. Tú te lo has dicho todo. —Se levantó—. Hazte un favor a ti mismo y crece de una puta vez.
Con esa última frase se marchó, dejándolo atrás y reprimiendo las ganas que le nacían de echarle las manos al cuello y zarandearlo para que espabilase de una vez.
Borró de un manotazo el par de lágrimas que descendían por su mejilla justo antes de acceder a la furgoneta. Cuando Hans entró unos minutos después, ella cerraba su mochila.
Se volvió hacia él con ímpetu sin importarle la humedad que surcaba su rostro. El hombre se detuvo en el umbral sintiéndose incapaz de dar un paso más.
—Todo esto ha sido ridículo, pero, por suerte, ya se acabó. Por fin me vas a perder de vista, es eso lo que querías, ¿no? —le dijo con rabia—. Soy idiota, debí haberte dicho que sí cuando quisiste llevarme de vuelta a casa. Que te vaya bien en la vida, Hans.
Pasó junto a él sin dirigirle ni una mirada más, y él no hizo nada por impedir que saliese de la furgoneta y de su vida.
No hizo nada, una vez más, por sanar su interior y reconciliarse con sus sentimientos, aunque con ello hiciese daño a la persona que había conseguido colarse en su corazón mientras él luchaba por apartarla de su lado de manera inconsciente.
Cuando registró el silencio de la furgoneta, dándose cuenta de lo que había hecho, soltó un bramido de pura frustración y lanzó la pequeña figura de cristal que aferraba en su mano y que había comprado en un puestecillo en la calle para entregársela en son de paz.
Esta estalló sobre uno de los armarios y se hizo pedazos, cayendo al suelo con un ruido sordo. La observó durante unos minutos y se dio cuenta de que aquella metáfora era del todo apropiada para cómo sentía su corazón.
Se dejó caer contra la superficie a su espalda y se echó a llorar como no había hecho desde que, siendo niño, su madre lo abandonase.