32 Lo nuestro #2
—Mi chica de las preguntas.—Alana intentó no prestar demasiada atención a la pertenencia que desprendían aquellas palabras e insistió en saber la respuesta—. El castillo está alquilado para una boda y no puede dejarnos pasar.
—¿Y el idioma?
Hans sonrió y la atrajo de nuevo hacia él con su brazo sin dejar de caminar.
—Hay cosas que aún no sabes sobre mí, mädchen .
—¿Me vas a decir al menos qué significa eso de mädchen ? —le recriminó.
Él le dio un beso en la mejilla.
—Algún día.
El gruñido de Alana en respuesta lo hizo sonreír. Ella le dio un manotazo en el pecho, aunque terminó pasando el brazo por su cintura, incapaz de no curvar los labios ante el sonido de su risa.
A Hans le gustó aquella respuesta femenina, pues hasta entonces había sentido que Alana guardaba las distancias en público, a pesar de que él se afanase por tocarla y besarla en cualquier lugar.
Pasearon por la zona un buen rato más y, cuando el hambre los visitó, buscaron un lugar donde comer.
—Vamos allí —dijo ella—. Es precioso.
—De acuerdo.
Hans supo con solo mirarlo que el lugar no iba a ser barato, pero se fijó en el brillo en la mirada de Alana y quiso complacerla; era lo mínimo que se merecía después de tener que aguantar sus continuos cambios de humor, por lo que decidió que podía hacer una excepción y sentarse en aquella coqueta terraza en la que lo más seguro es que les cobraran hasta por respirar.
Comieron disfrutando de la compañía del otro y del lugar, Hans se maravilló por la sonrisa de Alana, y ella sintió que su corazón se contraía cada vez que él tenía un gesto tierno hacia ella.
—Gracias —murmuró la chica mirándole después de que él le hubiese puesto un mechón de pelo tras su oreja y hubiera pellizcado su nariz.
A Hans le gustaba tocarla, a todas horas y de todas las formas posibles.
—¿Por?
—Por todo. Por traerme a este sitio tan especial, por estos días, por dejar que viajase contigo…
—No me quedó más remedio —bromeó—. Para cuando me quise dar cuenta, salías de debajo de mi cama.
Ella sonrió.
—Podrías haberme llevado de vuelta y no lo hiciste.
—¿Cómo iba a ser capaz? —rebatió sin perder el buen humor, masticando un trozo de pimiento braseado de su plato—. Tus ojos parecían los de un cordero que sabe que va derecho al matadero, y ya sabes que no como carne. No pude resistirme a salvarte, me lo estabas pidiendo a gritos.
Alana frunció el ceño sin perder la sonrisa.
—No es verdad.
—Deberías haberte visto. —La señaló despreocupado con el tenedor—. Casi te estaba dando un ataque de ansiedad. Parecía que en cualquier momento ibas a vomitarme en los pies de los nervios y salir corriendo de vuelta a Costa Serena.
—¡No iba a hacer nada de eso!
—Te aseguro que sí.
—Que no —repitió—. Acepto que estaba nerviosa…
—No solo nerviosa.
—Vale, estaba un poco histérica —admitió—. Aunque tenía una buena razón. No te conocía de casi nada y me había colado en tu furgoneta; había dejado una triste nota a mi familia, me había liado la manta a la cabeza y no sabía ni a dónde ibas ni qué podías hacerme cuando me descubrieras allí abajo.
Hans la observó durante un instante. A Alana la sonrisa se le fue congelando al advertir su mirada.
—¿Te arrepientes?
—No.
—¿De verdad?
—No me arrepiento de haber venido —reafirmó sus palabras con un gesto de la cabeza, pues sintió que no estaba resultando convincente.
—Sin embargo, hay algo que te reconcome.
Hans hurgaba en su interior sin ser consciente de que con ello se estaba arriesgando a que ella hiciese lo mismo con él, a que aquello pusiese cosas sobre la mesa; algo para lo que, a todas luces, no parecía estar preparado.
Alana dejó el cubierto sobre el plato, bebió de su copa y apoyó los antebrazos en la superficie de la mesa.
—Todo lo que hice me ha llevado hasta este momento —comenzó, sin dejar de mirarlo—.
Desde aceptar tu invitación para acompañarte en la playa cada mañana, sabiendo que no debía tomarme tantas confianzas con un huésped, hasta colarme de polizón en tu furgoneta y casi obligarte a llevarme contigo.
No te voy a negar que tuve mis dudas y sigo pensando que, cuando vuelva, esto va a tener alguna consecuencia que no voy a poder controlar; con mis padres, con el trabajo.
—«Con mi corazón», añadió sin palabras—.
Quizá entonces me lamente por no haberlo gestionado todo de otro modo, porque me he embarcado en algo que sé que no tiene el futuro que yo deseo; pero no, Hans.
No me arrepiento de nada de lo que hice ni me pesan mis decisiones, porque gracias a ellas hoy estoy aquí, en Francia, frente a un hombre que despierta en mí sensaciones y sentimientos que nunca había experimentado y con el que he hecho cosas que jamás hice con nadie.
El silencio que siguió a la declaración de Alana fue tenso, sin embargo, la joven no se desdijo. Se alegraba de haber sido franca, tanto con él como consigo misma, y lo hizo porque sintió que había llegado la hora de ser honesta con lo que sentía.
—Entiendo.
Él desvió la vista y no añadió nada más. Alana frunció el ceño.
—¿Sí? —le preguntó con escepticismo—. ¿De verdad lo haces, Hans? ¿Comprendes lo que siento por ti?
Alana sintió pasar cada segundo mientras no dejaba de observarlo.
—Estás sugestionada. Puedo recordar cómo se siente uno al descubrir ciertas cosas por primera vez, y esa fascinación puede ser muy intensa y confusa a veces.
La aludida desvió la vista y reprimió el repentino escozor que sintió en los ojos al percibir cómo sus sentimientos eran menospreciados. Soltó lo primero que se le vino sin pensar. Necesitaba escapar de aquella conversación.