Eres la excepción que desmonta mis planes (Costa Serena 2) 32 Lo nuestro
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Envejecer es inevitable pero madurar es opcional

—¿De qué te ríes? —Hans la escrutó divertido, contagiándose del buen humor de ella.

—África, que ha soltado una de sus burradas habituales.

Con el brazo alrededor de su hombro fijó la mirada en el teléfono al que Alana prestaba atención y leyó por encima.

Ella había enviado al grupo de amigas una fotografía de ambos frente a un castillo.

En la instantánea, un selfi hecho sin demasiada preocupación por el encuadre y más interesado en inmortalizarlos a ambos juntos en aquel paraje, él aparecía por detrás de ella y la proximidad entre ambos dejaba clara la familiaridad y la confianza que sentían en aquel momento.

Hans leyó en voz alta.

África:

Tenéis cara de recién follados. De MUY bien follados, para ser exacta. Amiga, ¿estás bien? ¿Tienes algo que contar?

Soltó una carcajada a la vez que Alana sonreía poniendo los ojos en blanco.

—¿Puedo?

Ella asintió, le tendió el teléfono, y él llevó su pulgar hasta el botón de grabación de voz, a la misma vez que, con la otra mano, la que se posaba en la clavícula femenina, recorría en círculos la piel a su alcance.

Ese contacto le seguía resultando nuevo y a la vez familiar; la conexión entre ambos cuerpos y el recuerdo de lo que podían llegar a hacer juntos le hizo rememorar diferentes momentos que habían vivido durante los dos días anteriores, horas y horas en las que tan solo habían salido de la furgoneta para las necesidades más básicas, regresando a ella y utilizando cada rincón del reducido habitáculo para darle rienda suelta a esa necesidad acuciante de conocer cada gesto, reacción y gusto del otro.

Alana ya había perdido la cuenta de los orgasmos que había tenido entre sus brazos y de las cosas que había hecho con y por él.

No se arrepentía de haberlo asaltado aquella tarde mientras dormía, pese a que un regusto amargo aún copase el final de su garganta, pues todavía no habían abordado el tema del fantasma que parecía pulular sobre la cabeza de Hans y que empañaba un poco todo.

—Hola, África. Hola, Alba —comenzó y su deje grave llamó la atención de Alana y de su cuerpo, que se puso en alerta, solo que en aquella ocasión esas palabras no iban dirigidas a ella, por lo que tuvo que llamarse a la calma—.

Me alegra que Alana tenga amigas que se preocupan tanto por ella.

Está bien o al menos eso creo, pero ¿me hacéis un favor?

Si en algún momento no la trato como merece, tenéis permiso para torturarme como queráis.

Cuando tendió el aparato en dirección a Alana, aún grabando, esta sonrió.

—No sabes lo que acabas de hacer. No conoces a África —le advirtió—. Estoy bien, chicas. No os preocupéis, nos vemos pronto. Os quiero —se limitó a añadir.

Enviaron el mensaje, y Alana supo que la acribillarían sin descanso hasta sonsacarle la última palabra, aunque eso sería cuando estuviese a solas. De momento, se entretuvieron durante unos minutos con las reacciones de ambas al audio.

Alana soltó una nueva carcajada con una respuesta de África, y su reacción hizo sonreír a Hans. No obstante, este la miró poniéndose algo más serio de lo habitual.

Ella, al darse cuenta de su escrutinio, frunció el ceño.

—¿Qué pasa?

—¿Estás bien de verdad?

—Claro. ¿Y esa pregunta? —respondió sin querer empañar el bonito momento que estaban viviendo.

Después de darle muchas vueltas había tomado la decisión de no pensar en nada más.

Era consciente de que todo aquello tenía fecha de caducidad, ella volvería a Costa Serena, Hans regresaría a su vida ambulante, y jamás volverían a encontrarse, por lo que se había propuesto no atormentarse o preocuparse de arreglar los descosidos que parecía tener en su alma nómada. O al menos era lo que intentaba.

—Simple curiosidad —respondió Hans modificando el tono a uno más despreocupado y pícaro—. No es que hayamos hablado mucho durante las últimas cuarenta y ocho horas, ¿verdad?

Alana sintió un repentino calor ascender por su cuello y negó con la cabeza.

Por supuesto que no habían hablado demasiado, pero no solo por lo que él insinuaba, ya que si bien era cierto que se habían entretenido en actividades más lúdicas y físicas, Hans había repetido en cierta manera el patrón tras cada encuentro sexual, interponiendo una distancia entre ellos que a Alana le pesaba como si se tratara de un abismo que no pudiera atravesar.

La única diferencia había sido que, tras aquella primera vez, no había vuelto a ser tan cruel con sus palabras.

En realidad, ella tampoco le había dado pie a serlo, ya que no le había seguido en ninguna de las ocasiones que él se había alejado; había aprendido que hacerlo no servía de nada, sino más bien todo lo contrario.

Cuando Hans se encontraba acorralado se volvía una persona hiriente, ofensiva y cínica, por lo que se centraba en preocuparse por ella misma y en recuperar la respiración tras cada encuentro, aleccionando a su corazón para que siguiese los pasos de su cabeza y no se involucrase en todo aquello, mientras él murmuraba cualquier pobre excusa y tomaba distancia.

—Estoy bien —se limitó a repetir y se obligó a sonreír.

Hans besó su sien y, satisfecho, dirigió la vista hacia la edificación que tenían delante. La robusta construcción de piedra, con numerosas ventanas y aspecto eterno, se alzaba ante ellos en toda su gloria, como mudo testigo de la tormenta que se fraguaba en la mente de ambos.

Alana silenció el teléfono y lo dejó olvidado en su bolsillo trasero e, imitando a Hans, prestó atención al paisaje.

—Es precioso.

—Sí que lo es. ¿Quieres entrar?

La joven lo miró extrañada.

—¿Es que piensas colarte?

—No. —Rio ante el tono horrorizado de ella—. Tenía la idea de llamar a la puerta y preguntar si podíamos hacer una visita, por eso de no cometer un delito… ¿Por qué? ¿Prefieres que infrinjamos algunas leyes?

—Por supuesto que no.

—Mejor. Créeme, no te resultaría agradable pasar la noche en un calabozo.

Alana lo miró con los ojos muy abiertos.

—Hablas como si supieras lo que es.

—Mejor no preguntes. —Le sonrió despreocupado—. Entonces, ¿qué? ¿Nos colamos?

—¡No!

—¿Segura? —insistió bajando el tono y dotando a la conversación de un ambiente más íntimo—. La adrenalina de ser descubiertos puede ser muy inspiradora.

Alana lo observó con una expresión horrorizada a la par que divertida.

—No me hace falta más inspiración, estoy servida, gracias.

—Me lo tomaré como un halago.

—Tú mismo —rebatió, y Hans soltó una carcajada—. ¿Crees que nos dejarán pasar?

—No perdemos nada por intentarlo.

Se encaminaron hasta la entrada manteniendo el contacto del brazo masculino alrededor del cuerpo femenino.

Alana oteó a su alrededor intentando disimular su nerviosismo, pues no estaba del todo segura de que Hans no fuese a cambiar de planes en el último momento e instarla a meterse por una de las ventanas abiertas.

No le extrañaría lo más mínimo, era un tipo impulsivo, sin embargo, ella no quería acabar arrestada.

Hans sentía el nerviosismo irradiando por todo el cuerpo de la joven. Se planteó esconderla tras uno de aquellos arbustos podados con formas ridículas y hacer que se desprendiese de toda la tensión que parecía tener acumulada con su técnica infalible.

La pudo visualizar gritando su nombre en medio de un orgasmo y haciéndola callar con su boca para no ser descubiertos, aunque algo en los ojos de la joven le dijo que la idea no iba a ser bien recibida en aquella ocasión.

Lástima, pues la imagen que había recreado en su imaginación fue tan suculenta que su cuerpo ya se encontraba más que preparado para llevarla a cabo.

Con aquello solo corroboró lo que más se temía: se había vuelto adicto a ella.

Cuando la mano de Hans pulsó el moderno timbre, poco propio de un castillo tan antiguo, pero del todo práctico, lo sintió volverse contra ella e invadir todo su espacio vital.

Alana echó la cabeza hacia atrás, observando su atrayente rostro.

—Dame tu boca —exigió él.

—¿Ahora?

—Sí —respondió sin darle tiempo a pensar en nada más e impactando sus labios contra los de ella.

Alana intentó resistirse a aquel asalto tan poco apropiado. No esperaba una reacción así estando en medio de aquella situación, pero, cuando la lengua de Hans insistió por segunda vez en penetrar su boca, se sintió incapaz de negarse por más tiempo.

Gimió con los ojos cerrados, las manos masculinas se enredaron en su pelo y tironeó de él con posesividad, no obstante, antes de poder abandonarse por completo y pedirle que se la llevase de allí, él se separó, y ella, anhelando el efímero contacto, se sintió necesitada y hambrienta de mucho más.

— Bonjour. —Escuchó la voz de Hans cargada de amabilidad tras el sonido de la enorme puerta abriéndose.

Entornó los ojos e inspiró hondo, intentando serenarse.

¿Cómo era posible que sintiese ese deseo si habían hecho el amor una vez tras otra hasta saciarse tan solo unas horas atrás? No lo entendía, pero era tan cierto como el dolor sordo que sentía entre sus piernas.

Un señor con cara amable respondió al saludo, y ambos hombres se enfrascaron en un breve cruce de palabras en francés del que Alana no pudo distinguir ningún mensaje claro.

Podría estar preguntándole si les permitía pasar a visitar el castillo, rogándole por una cama donde llevársela a continuar lo que habían empezado con aquel beso o utilizándola como moneda de cambio para conseguir dinero en efectivo.Tanto daba, pues ella no se iba a enterar, aunque si podía elegir prefería la cama.

Tras unas cuantas palabras más, Hans sonrió y habló con una pronunciación que a Alana le pareció perfecta.

— Merci Monsieur. Je vous souhaite une belle journée. Au revoir.

Él giró sobre sus talones, instándola a hacer lo mismo, y ella se apresuró en despedirse con un gesto de cabeza hacia el hombre, que los observaba ocultando una sonrisa.

—¿Qué te ha dicho? —susurró mirando de reojo cómo este cerraba la puerta—. Y ¿cómo es que sabes hablar tan bien francés?